Convocatoria de artículos

CONVOCATORIA PARA LA RECEPCIÓN DE MANUSCRITOS

 

Azafea. Revista de Filosofía, vol. 29 (2027)

Monográfico: Dialéctica y crítica en la estela de Hegel
Coordinadores: Valerio Rocco (Universidad Autónoma de Madrid) y Berta M. Pérez (Universidad de Valencia)

 

El pensamiento de Hegel, tanto para sus seguidores como para sus detractores, representa simultáneamente el momento de culminación y de desmoronamiento de la modernidad filosófica. En ese doble movimiento –de culminación y de ruptura– se cifra su carácter liminar: Hegel es el pensador que, al llevar la modernidad hasta su máxima autoconciencia, abre a la vez el horizonte de la filosofía contemporánea. Esta ambigüedad estructural –ser el final y el comienzo de una época– explica el carácter igualmente ambiguo, por no decir paradójico, de algunos de sus textos, así como la ambivalencia de la relación que con él han mantenido sus grandes herederos, desde Marx hasta Adorno.

 

En la cúspide de la modernidad Hegel introdujo la dialéctica como el enfoque filosófico y, a la vez, el modelo ontológico que permite dejar atrás la premisa fundamental de la modernidad: la rígida dicotomía de sujeto y objeto, o de razón y mundo, que acababa de ser definitivamente sancionada por el planteamiento trascendental kantiano. La dialéctica es para él, en efecto, la forma en la que se relacionan los opuestos con los que ha lidiado toda la filosofía moderna y, en consecuencia, la condición bajo la cual estos deben ser repensados. Ella es, por tanto, la responsable de que Hegel pueda afirmar, por primera vez en la historia de esa época filosófica, que la razón es ya siempre en un mundo, o, lo que es lo mismo, que el espíritu (o el sujeto) es en sí mismo objetivo: la responsable, en definitiva, de que Hegel haya podido escribir una filosofía del espíritu objetivo.

 

Es por esto por lo que la tradición crítica contemporánea –de Marx a la escuela de Frankfurt– encuentra su primera condición de posibilidad en la dialéctica hegeliana. Tal y como señaló Adorno, solamente cuando el planteamiento dialéctico ha logrado reducir la distancia que separaba la razón de lo real, cuando la ha despojado de su carácter abstracto y de su consiguiente impotencia, se ha abierto la posibilidad de transformar la realidad a través del pensamiento, es decir, de una crítica efectiva del mundo existente. De manera que no puede extrañar que la filosofía contemporánea que se comprende como crítica de la ideología, como la denuncia –hecha desde la razón– de la irracionalidad de lo real, reconozca ella misma hundir sus raíces en la dialéctica hegeliana.

 

Sin embargo, en un primer acercamiento, el mismo descubrimiento que hace posible la crítica parece, en Hegel, amenazar su viabilidad. Si el sujeto y la sustancia –la razón y la realidad social– sólo se constituyen en su relación recíproca, si cada uno de ellos tiene su ser en el otro, se vuelve forzoso reconocer el carácter necesariamente “enmarcado” del sujeto o la razón y asumir la inexistencia de cualquier “afuera” desde el cual juzgar la sustancia ética del presente. La dialéctica disuelve, pues, la ilusión de una mirada imparcial o de un deber ser ajeno a la realidad histórica. De ahí que Hegel pueda afirmar que la filosofía no tiene por tarea “indicar cómo debe ser el mundo” y que rechace el punto de vista de la “moralidad”, especialmente en la versión exacerbada que, en su tiempo, se expresaba en la absolutización romántica de la reflexión y la convicción subjetivas. Y se entiende entonces que esta liquidación del “afuera” crítico haya provocado que, hasta finales del siglo XX, el conservadurismo filosófico de su pensamiento resultase poco menos que indiscutible (recuérdese, por ejemplo, el veredicto de Tugendhat todavía en 1986) y que incluso la propia tradición crítica, reconociendo en Hegel su punto de partida teórico, proclamase también la necesidad de poner la dialéctica “cabeza abajo” (Marx) o de cambiar su signo radicalmente, sustituyendo su carácter “positivo” por una determinación “negativa” (Adorno).

 

Resultado de todo ello es que, en el siglo XX, la filosofía de Hegel, cuando no era desechada de un plumazo como la expresión del racionalismo moderno más totalizante, aparecía como una figura bifronte de la que cabía salvar el método dialéctico, pero en ningún caso su resolución en un sistema cerrado, que inevitablemente acabaría por sancionar el statu quo. Y es esta forma de resolver las paradojas que entraña el pensamiento dialéctico la que explica que todavía a día de hoy parte del pensamiento crítico de raigambre hegeliana, referido a cuestiones de tanta actualidad como el feminismo, la ecología, la situación poscolonial o el carácter globalizado y “cansado” del capitalismo tardío, confiese valerse de “herramientas” hegelianas mientras se cuida, a la vez, de marcar su distancia respecto al punto de vista hegeliano como tal (piénsese, por ejemplo, en Jameson, Honneth, Butler, Fanon, Buck-Morss, entre otros).

 

Sin embargo, las últimas décadas han modificado profundamente este diagnóstico. Un amplio movimiento internacional de relectura de Hegel –protagonizado, desde diferentes tradiciones, por autores como Pippin, McDowell, Malabou, Brandom, Hösle, Vieweg o Žižek– ha contribuido a liberar la dialéctica de la sospecha de conservadurismo y a recuperar su potencial genuinamente crítico. Todos ellos se han esforzado por reanimar el punto de vista general de su pensamiento y, en este sentido, por repensar su dialéctica como una ontología y no como un mero método que podría ser utilizado más allá, e incluso en contra, de Hegel.

 

Son estas lecturas –o, al menos, buena parte de ellas– las que han dado a ver que el conservadurismo filosófico (y no sólo político) atribuido a Hegel durante más de siglo y medio depende directamente de la asunción infundada de que el sujeto que él sitúa en una relación dialéctica con la realidad objetiva constituye un principio positivo, dotado de un contenido determinado –concretamente, el que la filosofía moderna pre-hegeliana le ha asignado a la razón–, que guía con absoluta soberanía el movimiento dialéctico hacia su propia realización. De semejante prejuicio se deriva, en efecto, que, aun cuando esa razón, en tanto que dialéctica, resulte determinada como histórica y lingüística, su contenido positivo será lo que constituya el “concepto” de la realidad y que, por eso mismo, una vez que –en el tiempo y en la filosofía de Hegel– éste resulte sabido y realizado como tal, no habrá ya motivo alguno para pretender transformar el mundo. Deconstruyendo, pues, esta interpretación, el reciente movimiento reanimador de la filosofía hegeliana ha reconocido que es solamente la negatividad –entendida como una fuerza ya siempre vuelta contra sí misma– lo que constituye su (no-)principio y que desde ella se ha de descifrar la redeterminación del sujeto y de la “racionalidad” de lo real que Hegel, rompiendo con la modernidad, llevó a cabo (pensemos especialmente en el caso de Žižek, Ruda, Dolar, McGowan o Johnston).

 

Desde aquí se puede entonces entender que el hecho de que la dialéctica niegue cualquier “más allá” desde el que juzgar externamente lo real, lejos de redundar en la exclusión de toda forma de crítica, determina antes bien a la filosofía misma como un ejercicio ya siempre crítico que, en el puro describir la realidad, hace que ella misma se mida consigo y ponga al descubierto las contradicciones que –dado que su último fundamento no es más que la propia negatividad– necesariamente la atraviesan (recordemos en este sentido los trabajos de Duque, Zupancic, Moss y Illetterati entre otros). Estas relecturas, en definitiva, no se limitan a reconocer en la dialéctica hegeliana el germen de una filosofía crítica, sino que la descubren a ella misma como un trabajo ya de por sí radicalmente crítico.

 

Ahora bien, semejante crítica no sólo está desprovista de criterios ajenos a la realidad examinada, importados al modo de una vara de medir que, en verdad, vendría a dar voz a los intereses o convicciones subjetivos de quien la ejerce, sino que está también liberada del presupuesto –persistente todavía en la forma clásica de la crítica de la ideología– de que la propia realidad ha de ser en sí misma –en su fondo al menos– consistente y coherente. Y que, por tanto, habrá de ser posible, antes o después, remontarse a su principio (positivo) y acceder así a su verdad. Por eso, no extraña que esta crítica, que se ancla directamente en Hegel, pretenda estar en mejores condiciones que el pensamiento marxista o adorniano para responder a las objeciones planteadas a la tradición crítica en general desde el pensamiento posfundacional que –partiendo de Heidegger y llegando, a través de Nancy, Laclau o Lefort, hasta Marchart– interpreta lo político desde una nada originaria y concibe la filosofía como pura deconstrucción.

 

El debate que así se abre entre la crítica dialéctica y la deconstrucción se juega fundamentalmente en torno a la cuestión de determinar qué concepción de lo negativo podrá responder adecuadamente a la crisis del presente o al presente como crisis, como un tiempo que solicita la crítica porque quiere ser dejado atrás.

 

Líneas temáticas sugeridas

 

  • La actualidad filosófica de la dialéctica hegeliana.
  • Revisión crítica de la recepción historiográfica de Hegel.
  • Negatividad, contradicción y totalidad en Hegel y en sus relecturas contemporáneas.
  • Dialéctica y crítica: de Marx a la Teoría Crítica y sus desarrollos recientes.
  • Hegel y la tradición posfundacional: entre dialéctica y deconstrucción.
  • Reconocimiento, libertad y normatividad: herencias hegelianas en la filosofía práctica contemporánea.
  • Naturaleza, vida y espíritu: la dialéctica en los debates ecológicos actuales.
  • Feminismo, poscolonialismo y relecturas críticas del sujeto hegeliano.
  • Ontología de la negatividad y crítica de la razón moderna.

 

Todos los originales recibidos deberán adaptarse a las normas de publicación de Azafea (https://revistas.usal.es/dos/index.php/0213-3563/about/submissions) y serán sometidos a evaluación por el sistema de doble ciego.

 

Abierta la recepción de artículos hasta el 15 de noviembre de 2026.

 

Valerio Rocco y Berta M. Pérez