CANFORA, Luciano. Guerra y esclavos en Grecia y Roma. El modo de producción bélico. Traducción de Álida Ares. Madrid: Punto de Vista Editores, 2025, 112 pp. [979-1387624118]

Dos años después de la edición italiana (Guerra e schiavi in Grecia e a Roma. Il modo di produzione bellico, Palermo: Sellerio Editore, 2023), ve la luz en lengua castellana este breve libro de Luciano Canfora, un veterano (nacido en 1942) en estas lides de estudios sobre el mundo clásico, de griegos y romanos, que aún sigue muy activo. Ambas culturas se reúnen aquí bajo el tema o lema de la guerra (o mejor, de las guerras) y la esclavitud que estas generaban. El autor es bien conocido por los lectores españoles, pues muchos de sus libros se han vertido a nuestro idioma, con bastante éxito, y lo mismo ocurrirá posiblemente con este nuevo, aun teniendo en cuenta que este libro es un ensayo científico y que, por tanto, tiene un público limitado, al contrario de los éxitos logrados por la novela histórica, con la que no admite parangón en ningún sentido.

He estado realmente interesado en adquirir este libro para leer cómo un declarado comunista abordaba, en su madurez, la vexata quaestio del imperialismo y una de sus secuelas naturales en aquellos tiempos: la esclavitud. Como en otros de sus libros, “lo social” es importante en Canfora, en la perspectiva de los tiempos últimos: es decir, que “lo social” solo corresponde a los pobres, a la plebe, a los esclavos y libertos, a las mujeres. La aristocracia romana, por ejemplo, no es “social” sino, más bien, “antisocial” porque dirige el Estado, las instituciones, la guerra y se beneficia de las conquistas, en sus latifundios privados. En fin, se trata de dibujar una pirámide social desequilibrada en la proporción asignada a los distintos ordines sociales/jurídicos (un grupo muy reducido de nobleza en la cúspide, un segundo escalón de senadores, terratenientes, que ocupan los altos puestos políticos y militares, un tercero de los llamados caballeros, equites, dedicados principalmente a la administración y que ocupan los mandos medios del ejército, y un cuarto grado, que ocupa la mitad de la pirámide, hasta su base, que lo forman la gente común, libre o no, los esclavos, extranjeros, etc.), una pirámide que, para requilibrar las fuerzas y deje de ser una pirámide, había que hacer estallar mediante la “lucha de clases”, o, mejor, de la lucha de las clases menos favorecidas contra los más ricos, o, en otras palabras que todo el mundo comprende: hacer la Revolución, que suele ser sinónimo de involución. Ha sido esta una de las lecciones de la Historia a través de los siglos, aunque no compartida por todos.

Esta división por estratos sociales romanos está menos definida para el mundo griego, porque los griegos son muchos mundos. Pero la distinción “maniquea” permanece: los nobles dirigen la guerra, los libres la hacen, y los prisioneros, ya víctimas y privados de su condición ciudadana, la pierden si son derrotados y capturados: unos, son condenados a la esclavitud, otros son ejecutados. Así era la guerra en el mundo antiguo desde que tenemos registros escritos en Mesopotamia. Y así ha sido hasta tiempos modernos. En el reino de España cabe señalar, para su loor, que la reina Isabel la Católica, fue la primera que en julio del año 1.500 abolió/prohibió la esclavitud para los indios del Nuevo Mundo capturados en las guerras de exploración y ocupación llevadas a cabo en nombre de la corona española, si bien estas normas no fueron definitivas, y tanto en España, como en Inglaterra, o los nuevos Estados Unidos de América la abolición total se produjo hacia 1860-1870. Pero no todos los países civilizados actuaron así, y menos aún los más atrasados culturalmente. Esta reflexión viene a cuento de que, al mirar con ojos actuales, el fenómeno de la esclavitud existente entre griegos y romanos, no hay reproche moral alguno que hacerles particularmente a aquellos antepasados que actuaban según las leyes vigentes, de la guerra y de la paz. La historia de la esclavitud es la historia de la condición humana.

Por eso, pensar sobre la esclavitud en el pasado tiene algo de “examen de conciencia” de nuestra propia cultura. Y nunca está de más el hacerlo. Pero tampoco hay que aprovecharse de la desgracia de aquellas víctimas para situarnos hoy, desde la comodidad de nuestras cátedras, en un plano de superioridad moral. Hay temas, de ayer y de hoy, que conciernen a los derechos humanos tal como los concebimos actualmente –¡no los antiguos!– y que tienen una fuerte carga ética. Son delicados, como el de la esclavitud. Y no siempre el historiador sabe o quiere apartar de sus estudios su visión subjetiva, pues es difícil renunciar a sus propios valores, a su formación o a su pensamiento político. Esos sesgos, cuando afloran explícitos, restan valor a todo estudio histórico que ha de ser impecablemente objetivo.

En este libro, pues, el autor no sale indemne. En el capítulo primero, muy corto, las reflexiones sobre la esclavitud de unos pocos autores clásicos (¡Homero!) y actuales, Lenin entre otros, son insuficientes, y parecen precipitadas. Se viene a concluir que las sociedades antiguas basaron su poder en la fuerza de los esclavos, previa guerra, rapiña y botín: en el imperio de Roma aparece claramente (como el autor trata de desarrollar luego en los capítulos 7, 8, 9 y 11), pero también la guerra contribuyó al “milagro griego”, intelectual y artístico, citando esta idea nietzscheana como explicación tautológica que dice corresponderse con una “voluntad de dominio”. Para las diversas tendencias historiográficas sobre el esclavismo griego, no hubiera estado de más recordar el libro de Moses I. Finley, Ancient Slavery and Modern Ideology, New York: Viking Press, 1980 (disponible en español: Esclavitud antigua e ideología moderna, Barcelona, Crítica, 1982), u otros libros que este eminente autor dedica al asunto; y más recientemente: Noel Lenski and Catherine M. Cameron (eds.), What is a Slave Society? The Practice of Slavery in Global Perspective, Cambridge; New York: Cambridge University Press, 2018, con varias contribuciones interesantes, como la de Peter Hunt, “Ancient Greece as a Slave Society” (pp. 61–85).

El primer texto aportado por Canfora para documentar la guerra como fuente de aprovisionamiento de esclavos es el fragmento 53 Diels-Kranz, de Heráclito, que dice: “La guerra (pólemos es sustantivo masculino) es el rey de todo y el padre de todas las cosas. Es la guerra la que determina el destino de algunos: unos, ser dioses, otros hombres; y la guerra es la que ha hecho esclavos a algunos y a otros libres”. Este pensamiento surgido de la experiencia bélica librada para sofocar la revuelta jónica hacia el 500 le sirve a Canfora como punto de partida en el universo griego para mostrar los males de la guerra, pero también le concede algún beneficio (quizás, menor, pero inevitable) derivado: el uso obligatorio y forzado de los esclavos como motor económico. El argumento, pues, encaja perfectamente con la idea motriz de mostrar la guerra como factor de enriquecimiento, pero también de explotación. ¿Y por qué no de progreso?

En los siguientes capítulos el autor hace un intento de cuantificación de los prisioneros capturados en algunos episodios bélicos griegos. No es un estudio estadístico o cuantitativos, como los que hicieran en su momento M.I. Finley para Grecia, o Keith Hopkins para Roma, particularmente en su libro Conquerors and Slaves, New York: Cambridge University Press, 1978 (edición española: Conquistadores y esclavos, Barcelona, Ediciones Península, 1981), ambos obviados voluntariamente, sino que, en Canfora, son meras citas, que prestan más atención a diversos episodios de la Guerra del Peloponeso tucididea: los esclavos vendidos tras Platea en 427 (3.68.2-3), la venta como esclavos y esclavas de los niños y mujeres apresados en Melos tras el ataque represor ateniense en 416 (5.116, 4), y luego la venta en masa como esclavos de los habitantes de Icara, en Sicilia, en el 415 (6.62.3-4), hechos a los que siguen otras noticias proporcionadas por Jenofonte, por Hipérides, u otras fuentes más tardías, como Ateneo, Deipnosoph. 6.272, que habla de unos 400.000 esclavos en Ática hacia el año 336. Por su parte, el capítulo 4 trata de la “fuga de los 20.000” esclavos que se escaparon de Ática, pasando a territorios controlados por los espartanos en los primeros tiempos de la llamada “guerra de Decelia”, en 413 y siguientes. Este capítulo, al ser más monográfico, está desarrollado con más detalle tanto en la explicación como en la aportación de fuentes. Se continúa de la mano del relato de Tucídides en el brevísimo capítulo 5, relativo a otros episodios de fuga de esclavos y cómo se establecieron contactos a nivel “internacional”, particularmente con la isla de Quío, aliada de Atenas que, en el caos de 412/411, pasó a Esparta e intentó restaurar un régimen oligárquico (Thuc. 8.5-6), con el fin de detener la hemorragia que ciertamente dañaba a Atenas más que a ninguna otra polis.

Las derrotas de Atenas en Sicilia desembocaron en una crisis que provocó la decadencia de su imperio marítimo, y tuvo graves consecuencias que se hicieron más evidentes con la muerte de Pericles en 429. Las instituciones se resintieron y de ellos se hacen eco, no sin humor trágico, autores como Aristófanes en Acarnienses, obra representada en 425. El propio Tucídides se hace eco en algunos pasajes del desánimo ciudadano y de sus perspectivas, que solo podían conducir a un enfrentamiento con sus seculares enemigos, como se apunta en los capítulos 6 y 7 de este libro, que no ponen el foco precisamente en los esclavos, sino en la situación tensionada que condujo a la guerra.

Y así pasa el autor al mundo romano, obviando absolutamente el asunto de la esclavitud en los reinos helenísticos, salvo una ojeada a la perspectiva judía que se aborda en el capítulo último, el 13, sobre la opinión que (algunos) judíos tenían del “imperialismo” romano.

Una “estrella” del movimiento liberador de esclavos, el celebérrimo Espartaco, es despachado en un par de páginas al principio del capítulo 8. Este gladiador rebelde “que puso en jaque a la República”, ha sido protagonista de libros y películas de distinto pelaje, pero siempre con la etiqueta de que su lucha –fracasada finalmente, para disgusto de muchos– fue “una guerra justa” y necesaria contra los odiosos romanos esclavistas, de ahí que la historiografía soviética convirtiese a Espartaco en un modelo social a imitar. A tal fin, remito, sin duda, al extenso, y muy desconocido, estudio de W.Z. Rubinsohn, Spartacus uprising and Soviet Historical Writing, Oxford, Oxbow Books, 1987 (que es la traducción al inglés del original alemán publicado en la serie Xenia: Konstanz Essays and Studies in Ancient History, volumen editado por Wolfgang Schuller, en 1983).

Los tres siglos de expansión romana por el Mediterráneo, las Guerras Púnicas, y la ocupación de las Hispanias, y las conquistas del reino seléucida, quedan reducidos a anécdota en este libro en el capítulo 8, donde el autor se limita a un par de citas de Diodoro y de Floro sobre los horrores de la guerra, como ejemplos totalmente inauditos para ilustrar el enunciado del capítulo, “El gigantismo de la economía esclavista romana”, pasando sin escrúpulo, en el capítulo siguiente, el 9, a tratar de la conquista romana de Dacia, narrada aquí de forma asistemática, sin más criterio que dar a entender que el motivo de estas guerras fue apoderarse del oro de los dacios, abundando en el tópico del botín, pero sin tratar en absoluto el asunto de los esclavos capturados por los romanos en estas guerras, desviando el foco del tema principal.

En el capítulo 10 de nuevo asistimos a una voltereta cronológica para ilustrar lo que se pretende tratar en el mismo, “Las revueltas”, el antiguo “Komintern”; otra vez a vueltas con el marxismo decimonónico y el comunismo del siglo XX aplicado a los tiempos antiguos. La evocación de la Internacional Comunista, sinceramente, chirría, y solo puede ser tomada como una broma en estos tiempos, o una pose intelectual del autor, pero que le define. Las pocas páginas de este capítulo tratan únicamente de comentar algunos ejemplos de cómo los esclavos tratan de organizarse, en diversos episodios del siglo I a.C., con alusión de pasada a Espartaco, de nuevo, y a las guerras contra Mitrídates. Similares casos –siempre insuficientes– del primer siglo del Imperio se tratan en el capítulo 11, enunciado de nuevo con otro título provocativo: “la anti-Roma en Roma”. Es decir, otra ficción.

De ningún modo se puede despachar en las pocas páginas que tiene el capítulo 12 el tema del “genocidio”, que Canfora solo trata, ahora, en el caso romano. ¿Y qué pasa con los griegos? El asunto es demasiado serio como para despacharlo a la ligera, y merece aquí algo de esmero y de reflexión seria. A todas luces el término genocidio es aquí inapropiado. Una vez más, el autor quiere sembrar otra idea d’enfant terrible para provocar al lector, innecesariamente. Al menos podría haber encabezado el capítulo con una interrogación: ¿Genocidio? Pero no. En este punto sus argumentos son su flaqueza. Hace un alegato antibelicista siguiendo algunas ideas del epicúreo poeta Lucrecio que es, en muchos casos, también, un “antisistema”, un pacifista bien instalado en el sistema. Pero la paz, en Roma, era una utopía. Y, honestamente, la opinión de los poetas, en este sentido, carece de relevancia y, además, son excepción los que ofrecen este veredicto subjetivo filosófico. Otras noticias recogidas para defender la hipótesis, como Casio Dion (50.6.4), Josefo (Bellum, 6.420-421) o Valerio Flaco (Arg. 1.13-14), son meras reflexiones sobre el horror de la guerra que cualquier alma sensible puede tener al narrarlas. No hubo genocidios (exterminios masivos programados de gentes por razón de su raza o de su religión) en la Historia de Roma, ni siquiera en sus excesos de conquista, en el uso extremo de su imperium, de su fuerza militar.

Como indiqué antes, en el capítulo último, Canfora se interesa por la opinión de los judíos sobre el “imperialismo” -sic- romano. Una vez más se privilegia la opinión de un pueblo (ethnos) externo, el de los judíos, sobre cualquier otro en la historiografía reciente, por el solo hecho de que dispongamos de los dos libros de los Macabeos, reproducidos en el AT, siendo estos episodios de las guerras macabaicas los únicos mencionados –y solamente eso, en un par de páginas– por Canfora para tratar el trasfondo helenístico del imperialismo. Pero podríamos preguntar, irónicamente, ¿cuál es el papel de Roma en la represión de los Macabeos para encuadrarlos en el imperialismo romano? Y ¿por qué, entonces, silenciar a Josefo? Y aún más, ¿por qué hablar, en todo el libro de “imperialismo”, que es un concepto moderno y que ni un ateniense ni un romano hubiera entendido por no estar en su vocabulario?

Lo que aparece anunciado como subtítulo de este libro, “El modo de producción bélico”, es una idea sugerente, pero inexacta, o falsa, en todos sus términos. La guerra no es un modo productivo, de ninguna de las maneras. Aquí, la terminología clásica marxista ha cautivado al autor hasta el punto de llevarlo a la portada del libro, pero que no atiende al contenido. Recuerdo a varios autores soviéticos, como V.V. Struve para la Historia de Grecia, y S.I. Kovaliov o V. Diakov para la Historia de Roma, por citar solamente a algunos autores traducidos al castellano. La obra de Kovaliov fue traducida en la década de 1970 en la Cuba castrista, y difundida desde allí al público castellano hablante. En España, la editorial Akal, entonces tan inclinada a la difusión de los libros de historia antigua escritos en la Unión Soviética, los publicó. Esos nombres pueden ponerse como ejemplo de una historia populista que defiende las acciones de la plebe, del pueblo, del hombre (esclavo) como factótum de la producción agrícola e “industrial” en el mundo romano, evidenciando su condición de oprimidos en el “sistema” opresor romano. A pesar de ese pasado (historiográfico) sombrío, al menos formalmente periclitado, este libro de Canfora parece aspirar a ser un reactivo de sus estudios soviéticos que, a mediados del siglo XX inundaron las librerías y las bibliotecas de muchos de nosotros, aquellos libros que el renacido comunismo y socialismo españoles, por ejemplo, acogieron con voracidad, y lo difundieron en la medida en que muchos profesores universitarios de entonces fueron capaces, sembrando por doquier estas ideas marxistas que se presentaban como nuevas en España, por el hecho de haber sido prohibidas o clandestinas, pero que eran tan viejas como la propia revolución rusa de 1917 o la trilogía El Capital, que vio la luz en 1867 (I), 1885 (II) y 1894 (III). En este libro de Canfora, la alusión al modo de producción esclavista es un reclamo tópico, comercial, pero en gran medida anacrónico, una secuela de las ideas y libros del británico Perry Anderson, uno de los principales pensadores marxistas contemporáneos no ruso, aún activo, y conocido en España por su libro, Transiciones de la Antigüedad al Feudalismo, Madrid, Siglo XXI, 1979, y otras ediciones en castellano (Original: Passages From Antiquity to Feudalism, London: New Left Books, 1974). Anderson fue otro de los autores tótem de la new age marxista que tuvo su auge en España hacia 1975-1985, aproximadamente.

En el presente libro los estudios modernos, solo están citados puntualmente –nunca discutidos– y son muy pocos: Jérôme Carcopino (un estudio de 1934), Paul Cartledge (del que se menciona una voz en Der Neue Pauly, 2001), Francesco Della Corte (del que no se menciona siquiera la obra a la que el autor se refiere), Harald Fuchs (un estudio de 1938), Hans-Joachim Gehrke (del que se menciona una voz en Der Neue Pauly, 2001), Ulrich Kahrstedt (del que no se menciona siquiera la obra a la que el autor se refiere), Camille de La Berge (un libro de 1887), Vladimir Il’ič Lenin y su El socialismo y la guerra (obra de 1915, ¡inspiradora!), Theodor Mommsen (su Historia de Roma, decimonónica), Friedrich Nietzsche (en obra no citada), y Jacques Schamp (en obra tampoco citada). Este es elenco de las autoridades modernas mencionadas en la presente obra. Hacer una relación de estudios recientes que tratan del asunto del Imperialismo romano, o del ateniense, y de la esclavitud antigua, no procede, por ser legión, aunque sirva como ejemplo el amplio trabajo de Paul J. Burton, “Roman Imperialism”, en Lee L. Brice (ed.), Brill Research Perspectives in Ancient History, 2(2), Leiden/Boston, 2019, pp. 1-114. Pero es verdad que el autor, Canfora, en este libro nunca deja al albur el citar las fuentes antiguas en su explicación. De ahí que yo me refiriese antes, de pasada, a esta obra como un “ensayo”, casi como un discurso largo, un patchwork de textos antiguos electos, aderezados con una simple doxología poco consistente, incompleta.

En resumen, viejos vinos en odres nuevos, con tintes nostálgicos y con ecos de modelos marxistas (explícitamente reiterados en los conceptos de modos de producción, esclavitud, explotación) y los estudios “de clase” –de clases sociales y economía– ya prácticamente superados, salvo alguna excepción, tanto en la historiografía sobre la Antigüedad como en la vida actual en la Europa más culta y avanzada.

Sabino Perea Yébenes
Universidad Nacional de Educación a Distancia
sperea@geo.uned.es