Cristina Rosillo López, catedrática de Historia Antigua en la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla, presenta una obra de divulgación que, frente a otros acercamientos, incide en la posibilidad de escribir una historia contada por la propia voz de aquellas mujeres que habitaron el mundo controlado por Roma. La profesora Rosillo es, actualmente, una de las mayores especialistas en mujeres en la sociedad romana dentro de nuestro país, siendo Investigadora Principal del Proyecto “De sva pecvnia: Mujeres y riqueza en la Roma republicana y augustea” (PID2023-149830NB-100) y habiendo sido, en los últimos años, autora de importantes monografías como Political Conversations in the Late Roman Republic (Oxford University Press, 2022) o editora, junto a Silvia Lacorte, del libro en Open Access titulado Cives Romanae. Roman Women as Citizens during the Roman Republic (Prensas de la Universidad de Zaragoza, 2024). Este libro no es, tampoco, su primera incursión dentro de la divulgación científica. En 2025 publicó, dentro de los Cuadernos Libera Res Publica, un pequeño volumen titulado Propietarias en el que visibilizó un aspecto a menudo silenciado dentro de la historiografía, y que también se aborda al final de la presente obra: la “visualización” de las mujeres de otras épocas en tanto que propietarias que manejan, a menudo con gran sabiduría, sus “activos” financieros.
Estructuralmente, el libro se divide en cinco capítulos precedidos de una Introducción en la que la autora se presenta a sí misma (y a sus lectores/as) como una detective en busca de unas fuentes a través de las que reconstruir las experiencias de las mujeres que habitaron el antiguo mundo romano. Pero a Cristina Rosillo no le interesa hacer otra historia más acerca de las mujeres. Le interesa escuchar su propia voz. Por ello, lejos de utilizar cualquier tipo de testimonio, aquí se analizan, principalmente, aquellos que no se encuentran mediatizados por la opinión masculina. Esta decisión, aunque ha dificultado el proceso de redacción del libro, ha sido muy acertada, pues nos permite reconstruir con mayor viveza las experiencias vitales de unas mujeres que no solo vivieron en cronologías y espacios muy alejados entre sí, sino que ocuparon, también, lugares diametralmente opuestos dentro de la pirámide social.
El capítulo 1, titulado “De ciudad a potencia internacional” (pp. 1-60) pone su foco fuera de la ciudad de Roma, avanzando cronológicamente de lo más antiguo a lo más reciente. Comienza analizando la cista Ficoroni, a través de la que reconstruye la historia de una madre y una hija que habitaron la localidad de Preneste en el siglo IV a. C. A continuación, se estudian las inscripciones halladas en el santuario de la diosa Reitia en la ciudad de Este, demostrando, con ello, no solo que muchas mujeres estuvieron alfabetizadas, sino que el aprendizaje de las habilidades lectoescritoras era, en esta época (como en todas) una especie de “marcador social”. Tras un detallado análisis de los restos de la poesía de Melino, la profesora Rosillo pone el foco en algunas mujeres que entendían verdaderamente de política, como Cornelia, Servilia o la famosísima Cleopatra, y evidencia, a través de una inscripción, cómo incluso los pequeños hallazgos son importantes tanto para reconstruir cuestiones de “alta política” como para ilustrar las intemporales expresiones de cariño ante el fallecimiento de un ser querido. El capítulo se cierra atestiguando las notables acciones guerreras protagonizadas por algunas de las reinas del Kush (que llegaron, incluso, a derrotar a Augusto) y con unas breves consideraciones en torno a las razones que se encuentran detrás de la supervivencia y/o desaparición de algunos autores/as antiguos/as.
El segundo capítulo, “El gobierno de un imperio” (pp. 61-148) ilustra las vidas de mujeres de muy distinta posición económica y social. Como no puede ser de otra manera, comienza analizando las figuras de algunas de las emperatrices más famosas, empezando por Livia, la femina princeps, y continuando con Agripina la Menor, la hija del añorado Germánico y que llegó a representarse, en un famoso relieve de Afrodisias, coronando a su propio hijo Nerón (el emperador del momento). A continuación, y tras un breve epígrafe en el que se expone la tendenciosidad de los historiadores romanos, se abandona la alta política para trasladarnos a las modestas (pero vibrantes) elecciones pompeyanas, donde podemos apreciar el papel activo jugado por algunas mujeres para promover a sus familiares, amigos y/o conocidos a las más altas responsabilidades políticas del municipio. El siguiente epígrafe ofrece, a través de los fragmentos conservados de Nicóbula y Pánfila, una apropiada respuesta, a la (siempre incómoda) pregunta acerca de por qué existieron pocas historiadoras romanas. A renglón seguido, se analiza, a través del caso de Sulpicia, a una mujer romana que no solo fue capaz de escribir bellas poesías de amor, sino también una excelente (e hiriente como pocas) sátira política. En el siguiente epígrafe, la autora nos habla de la Augusta Domicia Longina, que no solo sobrevivió a la damnatio memoriae decretada contra su marido Domiciano, sino que lo hizo manteniendo intacta su privilegiada posición social, tanto desde un punto de vista económico (poseía varios negocios) como social, como atestigua una famosa inscripción que, mandada tallar por sus libertos Domicio Policarpo y Domicia Europe, nos muestra a estos donando una cantidad de dinero para que, en lo sucesivo, la localidad de Gabios celebrara el natalicio de su antigua ama. Avanzando un poco en la historia del Imperio, se señala la importancia de las mujeres de la familia Ulpia, sobre las que, al contrario que las Julio-Claudias, impera una visión claramente positiva, pero quienes, al igual que aquellas, también participaron activamente en la política, como se demuestra a través de una interesante carta dirigida por la emperatriz Plotina a los epicúreos. El capítulo se cierra mostrándonos, a través de la riquísima documentación papirológica, cómo vivieron algunas mujeres (egipcias y árabes) los habituales conflictos entre Roma y los judíos durante el siglo II d. C. Los relatos de las vidas de Eudaimonis y su hija (¿o nuera?) Aline, y la desgraciada historia de Babatha, ilustran de manera nítida no solo la inseguridad de la zona ya en la propia Antigüedad, sino también, y de manera especialmente nítida, los efectos de esta circunstancia en sus historias vitales.
El capítulo 3, “Un recorrido por el mundo romano” (pp. 149-225), evidencia no solo la cotidianeidad de los desplazamientos de población por el Imperio, sino también sus distintas motivaciones, desde la movilidad impuesta a aquellos familiares que viajaban sin más pretensión que (tratar de) mantener unida a la familia. Tras citar algunos casos de desplazamientos especialmente largos, la autora utiliza un variado surtido de ejemplos para demostrar que los campamentos romanos, lejos de constituir unos espacios habitados exclusivamente por hombres, cobijaban también a un considerable número de personas no directamente relacionadas con el ejército (sobre todo mujeres y niños). Las cartas halladas en Vindolanda nos muestran la “cara amable” de esa movilidad. En ellas, podemos ver a algunas mujeres (de clase media-alta) visitándose y acudiendo a celebraciones de cumpleaños. Todo lo contrario de las realidades atestiguadas por numerosas inscripciones diseminadas por todo el Imperio y en las que vemos a esposas y madres conmemorando, epigráficamente, la existencia de sus maridos o hijos gladiadores. Particularmente desgarradora es la inscripción dedicada por el gladiador Fuscino y su mujer Taón, egipcios de nacimiento, a su pequeño hijo Sereno, fallecido demasiado pronto. Los siguientes epígrafes se adentran en el brutal pero fascinante mundo de la esclavitud romana a través de la movilidad de este grupo de población. Tratan, sobre todo, de reconstruir las voces de muchas mujeres que nos hablan de su propia esclavitud, así como de sus vivencias como esclavas o libertas. La profesora Rosillo ofrece, en conjunto, un cuadro conformado por decenas de trazos diferentes, y que retrata a la perfección la heterogeneidad de la institución servil en la sociedad romana. El siguiente epígrafe, centrado en dos diosas “viajeras”, Isis y Cibeles, ilustra la importancia de estas divinidades para aquellas mujeres (generalmente ricas) que les dedicaron ofrendas ―ocasionalmente espectaculares― a lo largo y ancho de todo el Imperio. En el último epígrafe se nos traslada al Egipto de época Altoimperial y, concretamente, a las numerosas inscripciones que, escritas en griego o en latín, “adornan” Coloso de Memnón. Particularmente ilustrativas resultan aquellas que fueron realizadas a petición de Julia Balbila, que acompañó a Sabina y a su esposo Adriano durante algunos de sus viajes por el Imperio, o la nostálgica inscripción mandada realizar por Terencia Genziana en lo alto de la pirámide de Keops (en memoria de su hermano, asesinado por orden de este mismo emperador).
El capítulo 4, “La vida en el mundo romano” (pp. 227-283) analiza vestigios que unen a todos los seres humanos, independientemente de su género, edad o de su estatus socioeconómico. El primer epígrafe se adentra en Pompeya para demostrarnos, a través de grafitis, inscripciones y frescos, de qué maneras experimentaron el amor y la sexualidad algunas de las mujeres corrientes de esta famosa localidad. Los testimonios analizados evidencian que, lejos de constituir, necesariamente, objetos de deseo, muchas romanas no solo mantuvieron relaciones (sentimentales y/o sexuales) con otras mujeres, sino que, incluso, llegaron a recurrir a la prostitución masculina de carácter profesional. Incluso la poetisa Sulpicia, una mujer de la élite, expresó en sus versos su ruptura con ese ideal literario (patriarcal) que identificaba, de manera necesaria, a la “buena mujer” con la “mujer casta”. Tras rescatar las voces de dos mujeres cuyos trabajos, flautista y tabernera, las situaban en los “márgenes” de la prostitución para la mentalidad patriarcal, la profesora Rosillo visibiliza la importancia de los cuidados (infantiles) en Roma, mostrando la multiplicidad de personas que podían encargarse de suministrarlos. Tras un interesantísimo epígrafe que nos recuerda cómo las cosas no tienen que ser lo que aparentemente parecen, la autora usa la epigrafía y las fuentes literarias para demostrar cómo, en el mundo antiguo, muchas mujeres se dedicaron a distintas ramas de la medicina. El último apartado de este capítulo visibiliza a un numeroso colectivo de población, afectado por la ceguera o problemas de visión, junto a las personas que trataban sus ojos (con distintos grados de conocimiento) y aquellas que buscaban, simplemente, acompañarlos o hacer sus vidas más fáciles.
El último capítulo del libro, “La construcción del mundo romano” (pp. 285-328), se pregunta quiénes construyeron los edificios públicos en el mundo romano, principalmente en las ciudades. Evidentemente que magistrados, senadores y emperadores (todos ellos varones), utilizaron sus recursos para sufragar estas estructuras. Pero lo cierto es que cientos de mujeres, a lo largo y ancho del Mediterráneo, desarrollaron (desde época helenística) prácticas evergéticas guiadas no solo por una “conciencia cívica altruista”, sino, también, para promocionar su figura personal y potenciar la visibilidad de sus familias. El análisis de la autora arroja la interesante conclusión de que las mujeres, que actuaron como “constructoras de ciudades”, emplearon su dinero en todo tipo de estructuras, desde templos, basílicas, acueductos, bibliotecas, termas, baños y pórticos a infraestructuras de entretenimiento como teatros y anfiteatros. Pero las romanas de clase alta no solo mostraron su generosidad mediante la erección de estructuras. Así, conservamos noticias de tres mujeres, Celia Macrina, Agripina y Menodora, que establecieron programas de alimenta para niños y niñas. El capítulo se cierra mostrándonos a las mujeres romanas trabajando en buena parte de los sectores productivos y ―lo que es más importante todavía― mostrándose orgullosas de sus distintas profesiones.
El volumen se cierra con un Epílogo, titulado “La experiencia femenina es también Universal” (pp. 329-333), seguido de una Bibliografía bastante breve y un Índice Analítico. Se trata de un libro muy interesante y que, a pesar de estar pensado para un público no especialista, es susceptible de ser utilizado, también, en las aulas universitarias, sobre todo en asignaturas relacionadas con la historia de las mujeres en la Antigüedad o para ilustrar, dentro de cursos dedicados a la Historia de Roma, la importancia de combinar distintos tipos de fuentes para obtener resultados de investigación más sólidos. Por todo lo anterior, por estar magníficamente escrito, por su tono desenfadado pero riguroso, por la cantidad y pertinencia de las imágenes incluidas en el volumen, por el cuidado puesto en su edición1 y por su precio reducido, recomiendo encarecidamente su adquisición por parte de todas las bibliotecas españolas, tanto Universitarias como no; pero, sobre todo, lo recomiendo para todas aquellas personas que simplemente quieran conocer, a través de las propias mujeres romanas, cuáles eran sus gozos y sus preocupaciones, sus experiencias vitales y sus relaciones con otras personas.
Borja Méndez Santiago
Universidad de Salamanca
mendezsborja@usal.es
1. El reseñador ha encontrado solamente tres erratas. La única de importancia se encuentra en la página 241, donde pone “Servilia” en vez de “Sulpicia”.