Los estudios sobre el Monacato —sobre todo el monacato tardoantiguo— han experimentado un notable desarrollo en las últimas décadas, centrando su atención en el contexto sociopolítico y cultural que les rodeaba y no ya solo en sus figuras e hitos. Así, la historiografía contemporánea ha abandonado las interpretaciones exclusivamente hagiográficas para adoptar enfoques mucho más multidisciplinares que aborden de manera íntegra y trasversal dicho fenómeno. Esta nueva mirada permite comprender el monacato no solo como una manifestación de ascetismo religioso, sino también como un actor relevante en la configuración del poder, la identidad y la cultura de las religiones abrahámicas en los últimos siglos de la Antigüedad. El volumen aquí reseñado se inserta dentro de estas corrientes y sirve como las actas del XXXVIII Seminario sobre Historia del Monacato que los hoy catedráticos jubilados de la Universidad de Cantabria García Cortázar y Teja llevan realizando de manera continuada en la localidad de Aguilar de Campoo en colaboración con especialistas en la materia. Desde un punto de vista estructural, este libro se compone de un prólogo, a modo de brevísima introducción, y de ocho capítulos centrados mayoritariamente en torno al desierto y la vida espiritual de sus comunidades en el Próximo Oriente durante la tardoantigüedad (siglos III-VII d. C.).
El primer capítulo del volumen, “Alabanza del desierto y de la vida en soledad en la literatura monástica” (pp. 9-23), obra de Ramón Teja, comienza hablando acerca de aquella actitud ante la vida de finales de la Antigüedad donde por medio del retiro (anachoresis) y del silencio (hesychía) se pretendía hallar la plenitud, siendo solo esto posible en una tierra hostil y mesiánica como lo era el desierto (eremos), surgiendo así el monacato. A lo que continúa narrando cómo desde muy temprano se ensalzarán las figuras de estos eremitas —como ejemplo de virtud— por medio de la literatura, de la cual ofrece un amplio abanico de ejemplos: «conversan con el silencio y la soledad inmensa» (p. 16). De la misma forma, Teja expone como también se tiende a idealizar el áspero paisaje que rodea a estos hombres y a sublimar los peligros que conlleva esa vida; pues se pretende vincular a los solitarios con la misma pureza de espíritu y de acción anterior al pecado original. A lo que concluye el autor con que esa misma pureza del alma que reflejan los textos —recordemos idealizados—, lleva a que estos habitantes del desierto les importen poco o nada cosas como lo material, la alimentación o la desnudez, dado que son el resultado del pecado original el cual ellos han logrado superar.
El siguiente capítulo, a cargo de Francisco Javier Ruiz Calderón y titulado “El desierto de Buda: silencio y vida contemplativa en el budismo” (pp. 25-39), se sale de la tónica general del volumen para explorar de una manera divulgativa y generalista —como el propio autor matiza— el tema del monacato en el budismo. Así, Ruiz Calderón incurre en los orígenes de esta religión y en los diversos principios que la constituyen (Las cuatro nobles verdades, etc.), pudiendo apreciarse claros paralelismos con la vida de los eremitas que en el capítulo anterior exponía Teja (pp. 9-23), caso así de su filosofía (La ley de la acción), de sus monjes (sramanas y bhiksus), o también de lo que se convertirá a futuro el monacato del desierto tardoantiguo y que desarrollan distintos autores en esta obra como Isidro Gonzalo Bango Torviso (pp. 181-214), caso de su comunidad monástica (sangha) y de sus monasterios (viharas y stupas), así como de la propia vida social dentro de los monasterios y de la comunidad monástica: jerarquía, reglamento, programa diario, papel de la mujer, distintas órdenes, etc. De esta manera, a lo largo de su capítulo, es interesante ver cómo el autor incide de manera constante en aspectos de marcada influencia que ejerció el budismo hacia las distintas religiones abrahámicas —a mi entender, el verdadero objetivo de su trabajo—.
En el tercer estudio, titulado “El desierto en la espiritualidad musulmana” (pp. 41-65), Ana Echevarría Arsuaga busca hacer patente la estrecha relación entre el credo islámico y el desierto. Para ello, comienza hablando acerca de las comunidades musulmanas y su idiosincrasia, estando tan arraigadas y cimentadas entre dos espacios: el desierto y la ciudad; para después, una vez ya en plena expansión del Islam, hablar acerca de todas aquellas personalidades religiosas (sufitas) que, al igual que en el cristianismo —pero con matices—, encontraron su refugio y su paz en la huida al desierto a vivir una vida virtuosa de saberes, que no en soledad, pues muchas veces el desierto llegaba a estar más vivo que las propias ciudades. Tras repasar la etimología de la palabra sufí, la autora busca sus orígenes en figuras como Hasan al-Basri, Rabi’a al-’Adawiyya y otros muchos sabios y sabias ascetas del comienzo del islam que en sus desiertos marcan muchas de las pautas de la espiritualidad musulmana. Una vez vista la consolidación de este movimiento espiritual, Echevarría Arsuaga desarrolla un segundo apogeo del sufismo mediante su vida comunitaria (tariqat), donde una nueva remesa de sabios como Abu Nayib o Abu Hafs continúan elaborando las pautas éticas del sufismo, difundiéndose estas enseñanzas hasta la India, y formándose en el proceso nuevas cofradías y morabitos (janqas) adaptados a su geografía, política y demás particularidades con sus jerarquías y normas de conducta propias: caso del Levante, de Egipto o de la India, entre otros. En último lugar, la autora cierra su capítulo reafirmando su tesis central «el desierto está tan imbricado con la identidad musulmana que […] impregna toda la vida religiosa» (pp. 63).
En el capítulo cuatro, el cual lleva por título “El desierto en la tradición judía” (pp. 67-81), Pablo Torijano desarrolla —bajo una óptica ecoteológica— una visión muy completa y peculiar del desierto (midbar y arabah) a lo largo de toda la historia del judaísmo, en paralelo con otras tradiciones próximo-orientales donde el desierto es también una parte central de su credo. Así, es muy interesante cómo habla de la sociedad judía, muy vinculada al nomadismo del desierto —«El desierto es el espacio teofánico de Israel» (p. 73)— y de grandes símbolos asociados al desierto como el agua, el fuego o las nubes. El autor continúa exponiendo cómo los judíos, a lo largo de los textos bíblicos, idealizan el desierto y lo asimilan a ellos mismos, como un pacto con su dios, como un desafío duro lleno de amor, de desobediencia, de castigo, de purificación y de redención bajo distintos ejemplos que llegan hasta los tiempos de Flavio Josefo; lo que más adelante volverá a incidir desde las metáforas de la literatura rabínica «Quienquiera recibir la Torah debe convertirse en un desierto» (p. 80). En síntesis, Torijano nos presenta distintos aspectos cuyo eje central es el desierto —eje mismo del Pentateuco— que van evolucionando y terminarán influenciando en las primeras comunidades cristianas de Egipto y del Levante y, por extensión, del cristianismo y del islam en su conjunto.
El trabajo siguiente, de Silvia Acerbi, titulado “El desierto de las mujeres o mujeres que huyen al desierto en el Oriente cristiano” (pp. 83-107), inicia hablando acerca del desierto como un lugar hostil y a la vez epifánico. A continuación realiza una larga descripción de la Tebaida Egipcia, de donde bajo cánones que se remontaban a la época faraónica, nace el monacato cristiano como un modo de vida redimidor por medio del desierto (teleosis y teleiotes), así como un modo de vida sustitutivo del ausente martirio. Seguidamente, la autora describe a las mujeres del desierto como un colectivo muy heterogéneo —del que a veces se cuestiona su existencia—, pudiendo encontrar desde viudas y nobles hasta vírgenes y prostitutas; todas ellas conviviendo al amparo de la espiritualidad del desierto como modelos de virtud —pese a que la mujer fuera usualmente muy mal vista por su contraparte masculina—. La parte central de su capítulo relata distintas experiencias de mujeres —semifantásticas— que, si bien no tan conocidas como las de los Padres del Desierto por el sesgo de una historiografía volcada hacia lo masculino, convivieron en el desierto tardoantiguo: María la Egipciaca, Pelagia, María de Edesa y Taide (santas meretrices); Teodora y Pelagia (falsos varones); Sinclética, Sarra y Melania (madres fundadoras); mujeres anónimas (santa locura y viajeras del desierto).
El capítulo contiguo, obra de Pablo de la Cruz Díaz bajo el título “La experiencia y la literatura del desierto en el ascetismo hispano tardoantiguo” (pp. 109-143), da inicio resaltando la importancia de comprender el valor del desierto en el judaísmo, como Pablo Torijano desarrolla a lo largo de su trabajo (pp. 67-81). Este es el punto de partida para entender el significado y resignificación del desierto en la cultura cristiana: «El desierto se convierte en el escenario de paz ideal para el apartamiento del mundo […], pero al mismo tiempo el lugar donde la fidelidad a Cristo supondrá las pruebas más duras» (p. 115). Así, Díaz sigue su exposición narrando cómo distintos autores plasmaron por medio de la literatura a personalidades o a ellos mismos que según las fuentes partieron al desierto para acercarse a Dios, siendo estos autores: Atanasio de Alejandría, Jerónimo de Estridón, Casiano, entre muchos otros, siendo en todas estas narraciones el desierto más un discurso y una idea que propiamente un espacio físico. Seguidamente, el autor habla de cómo esa literatura llega a Hispania para influir en el pensamiento de los hombres y mujeres pías, reconstruyendo rápidamente ese mismo mensaje en torno a la Tebaida Hispana, caso de lo que harán Severo de Menorca o Martín de Braga, entre muchos otros. Así, el monasterio se verá en la Península como el desierto donde engendrar a Cristo. No obstante, Díaz muestra cómo habrá hombres muy exigentes que no estarán conformes con ello y buscarán una vida en completa soledad como forma de llegar a ese desierto: San Emiliano, según nos dice el obispo Braulio de Zaragoza —vida que también recoge en este volumen Torviso (pp. 181-214)—; Valerio del Bierzo, el cual narra su propia biografía muy influenciada por la idea del desierto; o San Fructuoso de Braga, vida de autoría anónima, si bien este no tuvo una vocación plenamente anacorética. Concluye Díaz con la visión literaria de Ildefonso de Toledo sobre el desierto como un lugar escatológico con un sentido de salvación global, muy en línea con otros autores de este libro.
En “La imagen de los monjes del desierto en el arte” (pp. 145-179), Elena Sainz Magaña pretende hablarnos de cómo a lo largo de los siglos se ha ido fraguando por medio del arte la idea que tenemos acerca de los Padres —y Madres— del Desierto (vestiduras, delgadez, desaliño, panoplia de objetos, etc). Así, la autora comienza hablando del surgimiento del arte cristiano, con una marcada vocación docente. Seguidamente, pasa a desarrollar propiamente los Padres del Desierto y cómo, poco a poco, las manifestaciones artísticas se van haciendo más complejas hasta culminar su imaginario en el Barroco. En este proceso relata cómo las imágenes están muchas veces influenciadas por las hagiografías de cada época y sus reinterpretaciones, así como por los tratados artísticos y culturales de los eruditos como Erasmo o Francisco Pacheco. Prosigue Sainz con un ejemplo de esta iconografía por medio de las pinturas de Juan Zapata de la Ermita de San Saturio de Soria. Para ello se detiene muy minuciosamente y de forma muy interesante en el análisis de los distintos plementos de la cúpula de su capilla mayor, el cual complementa con otros ejemplos del arte universal. A continuación, la autora —una vez bien descritos estos hombres santos— pasa a hacer un recorrido por la iconografía de sus tentaciones por parte del demonio (serpiente/dragón/monstruo o mujer), para lo que pone ejemplos —clásicos y no tan clásicos— de la literatura, el cine y la pintura. Después, se centra, tras divagar acerca de las fuentes que nos hablan del desierto y la Tebaida muy al estilo de lo expuesto en el trabajo de Teja de este mismo volumen (pp. 9-23), en las representaciones pictóricas de la Tebaida, cuyas bases nacen de la idealización de los autores del Renacimiento (De Ucello, Buffalmaco, Starnina, etc.) y se extienden por el resto de las épocas y estilos. Finalmente, la autora concluye reflexionando —de nuevo— sobre lo que se considera la Tebaida y cómo esta ha ido evolucionando a lo largo de los tiempos desde algo espiritual a algo turístico.
El último capítulo del volumen, a cargo de Isidro Gonzalo Bango Torviso, lleva por título “La arquitectura del desierto y el gran silencio en la España Medieval” (pp. 181-214) y deja de lado el desierto de Oriente Próximo para hablar del desarrollo del monacato en lo que él denomina el desierto (yermo) español. El autor describe la situación en época visigótica: diferencia primero entre anacoretas, cenobitas y eremitas, continúa exponiendo cómo se erigían los monasterios y, más tarde, se centra —de manera muy correcta y detallada— en la vida del monje San Emiliano y el largo periplo hasta la fundación y consolidación del Monasterio de San Millán (Emiliano) de la Cogolla y su respectiva comunidad. Todo ello por medio de las fuentes literarias conservadas, caso del obispo Braulio de Zaragoza. Posteriormente, Torviso se adentra de lleno en la Edad Media europea —muy lejos ya del Mundo Antiguo y/o Tardoantiguo—, para exponer la adaptación de los ermitaños a la vida aislada —desértica— del monasterio bajo los casos del monacato camaldulense y cartujo —centrándose más, por circunstancias personales del propio autor, en estos segundos y sus monasterios como el de Miraflores—. Quiero destacar, en último lugar, un rasgo negativo del capítulo: si bien sus contenidos son muy interesantes e ilustrativos, parece que esté poco revisado, plagado de errores gramaticales y de concordancia.
Por todo lo visto anteriormente, podemos afirmar que nos encontramos ante una obra de un profundo interés historiográfico, elaborada por especialistas y profesionales de reconocido prestigio dentro de la disciplina. Pese a que la obra en sí sea una miscelánea de distintos trabajos de unas actas que giran alrededor de un mismo tema central —el desierto, la espiritualidad y el monacato—, como lector hubiera agradecido un capítulo propiamente introductor que hubiera sentado las bases de los distintos aspectos que se van ramificando a lo largo de sus páginas, así como también que esa introducción —y no prólogo—, hiciera referencia de manera clara al estado de la cuestión con respecto a los estudios del Monacato hoy en día. No obstante, merece la pena reconocer que nos encontramos ante un ejemplar sólido, coherente, exquisitamente editado y que, en suma, presenta ocho nuevas miradas acerca de la cuestión del monacato en el ocaso de la Antigüedad y el albor de la Edad Media. Así, y para concluir, por todo lo anterior y lo último dicho, este libro resulta inmensamente interesante no ya solo para eruditos en la materia, sino también para todas aquellas personas que quieran aproximarse algo más a las comunidades que condicionaron la evolución de las religiones abrahámicas —sobre todo la cristiana— entre los siglos III al VII de nuestra era.
Juan José Fernández Doctor
Universidad de Castilla la Mancha
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