ISSN: 1130-3743 - e-ISSN: 2386-5660
DOI: https://doi.org/10.14201/teri.32465
Education in the Digital Age: Body, Mind, and Technology
Fabrice HADJADJ
Instituto Philanthropos. Suiza.
fhadjadj@philanthropos.org
Fecha de recepción: 25/10/2024
Fecha de aceptación: 26/03/2025
Fecha de publicación en línea: 01/01/2026
Cómo citar este artículo / How to cite this article: Hadjadj, F. (2026). La educación en la era digital: cuerpo, mente y tecnología [Education in the Digital Age: Body, Mind, and Technology]. Teoría de la Educación. Revista Interuniversitaria, 38(1), 13-30. https://doi.org/10.14201/teri.32465
RESUMEN
Este artículo examina la relación entre educación, corporeidad y tecnología en la era digital, subrayando la necesidad de recuperar la dimensión material del aprendizaje. Hadjadj argumenta que la educación es una aventura basada en la libertad y la responsabilidad, donde el docente debe guiar sin imponer, favoreciendo la búsqueda personal del estudiante. A través de la incorporación del teatro y el trabajo manual en la formación filosófica, se busca contrarrestar la fragilidad psicológica de las nuevas generaciones, caracterizada por la dispersión de la atención y la pérdida de esperanza.
Asimismo, se analizan las implicaciones del paradigma tecnocrático y el impacto de la inteligencia artificial en la educación, destacando cómo la digitalización ha separado el aprendizaje de la experiencia encarnada. Se plantea la necesidad de una educación que no solo gestione información, sino que también desarrolle sabiduría y pensamiento crítico. La tragedia, como categoría filosófica, es abordada como un marco para comprender la dimensión existencial de la educación y su papel en la configuración del sentido de la vida. Finalmente, se advierte sobre los riesgos de un sistema educativo dominado por la tecnología y se propone un retorno a prácticas pedagógicas que integren el cuerpo, la paciencia y el trabajo artesanal. La educación, en última instancia, es un acto de resistencia frente a la deshumanización y un compromiso con la búsqueda de sentido en un mundo postmoderno.
Palabras clave: educación y tecnología; aprendizaje experiencial; fragilidad psicológica; sabiduría y pensamiento crítico; humanismo y postmodernidad.
ABSTRACT
This article explores the relationship between education, corporeality, and technology in the digital age, emphasizing the need to restore the material dimension of learning. Hadjadj argues that education is an adventure rooted in freedom and responsibility, where the educator must guide without imposing, fostering the student’s personal quest. By incorporating theatre and manual work into philosophical education, the aim is to counteract the psychological fragility of new generations, characterized by attention fragmentation and loss of hope.
Additionally, the text examines the implications of the technocratic paradigm and the impact of artificial intelligence on education, highlighting how digitalization has disconnected learning from embodied experience. It calls for an educational model that not only manages information but also cultivates wisdom and critical thinking. Tragedy, as a philosophical category, is discussed as a framework for understanding the existential dimension of education and its role in shaping the meaning of life. Finally, the article warns against the risks of an education system dominated by technology and advocates for a return to pedagogical practices that integrate the body, patience, and craftsmanship. Ultimately, education is portrayed as an act of resistance against dehumanization and a commitment to the search for meaning in a postmodern world.
Keywords: eeducation and technology; experiential learning; psychological vulnerability; wisdom and critical thinking; humanism and postmodernity.
La educación es un concepto profundamente arraigado en la cultura occidental, cuyo significado etimológico revela su esencia: ex-ducere, es decir, “sacar a alguien hacia fuera”. Este término comparte raíces con palabras que aluden al liderazgo y a la conducción, como duce en italiano o Führer en alemán. Sin embargo, la cuestión fundamental radica en delimitar los alcances y límites de la educación. En el marco de la tradición cristiana, la educación no es concebida como un proceso automático ni mecánico, sino como una dinámica que involucra libertad y responsabilidad.
Dos momentos clave dentro de la narrativa bíblica ilustran la complejidad de la educación: el episodio del Jardín del Edén y la crucifixión de Cristo. En el primero, Adán y Eva contaban con el mejor educador posible, un contexto sin errores ni fallos en la enseñanza y, aun así, el pecado ocurrió. En el segundo, Cristo, cuya enseñanza estuvo desprovista de errores, predicó con tal claridad y convicción que su mensaje condujo finalmente a su crucifixión. Esta analogía permite comprender que la educación siempre implica un margen de libertad para el educando, quien, en un determinado momento, debe decidir si asume o rechaza el camino que se le ha señalado. En este sentido, la educación no es un proceso de transmisión unidireccional, sino una construcción personal en la que el educando, a través de una reapropiación crítica, debe reinventar su propio trayecto.
Y para vislumbrar ese camino hace falta ilusión. Cuando empecé a escribir estaba convencido de que lo haría mejor que Cervantes; hoy, a medida que envejezco, me doy cuenta de cuán mejores son los que me han precedido, pero necesitaba de esa ilusión para empezar a escribir porque si no tal vez no habría empezado, me habría sentido aplastado.
Cabe destacar que esta interpretación trasciende la fe religiosa y puede ser analizada desde un punto de vista cultural. Cuando Cristo afirma “Yo soy el camino”, no señala un camino universal y objetivo, sino que convierte la búsqueda del camino en una cuestión personal. Este principio subraya la importancia de que cada individuo descubra su misión insustituible, lo que implica que el educador no debe imponer una dirección específica, sino facilitar el proceso de búsqueda. La educación, por tanto, requiere que el docente se retire progresivamente, permitiendo que el estudiante avance por sí mismo. Como en la relación entre padres e hijos, llega un momento en el que el padre debe soltar la mano del hijo, aun sabiendo que puede caer. En este sentido, la educación es, en esencia, una aventura.
Ahora, podemos preguntarnos ¿hay un camino común o uno para cada persona? Esta pregunta tiene que ver con la verdad y su respuesta oscila entre dos errores opuestos: el relativismo y el universalismo abstracto.
El universalismo abstracto tiende a imponer una definición rígida de la naturaleza humana, excluyendo de la condición humana a quienes no se ajustan a esa definición. En el extremo opuesto, el relativismo sostiene que cada persona tiene su propio camino sin ningún marco común, olvidando que la experiencia humana es esencialmente comunitaria.
En realidad, nada es menos individualista que el individualismo. Para que un individuo sea plenamente autónomo, es necesario separarlo de sus vínculos comunitarios, como la familia o los gremios profesionales. Al considerar al individuo como una entidad aislada y libre, se le priva de toda estructura de resistencia frente al Estado o el mercado. Así, el individualismo contemporáneo no ha generado mayor libertad, sino una mayor vulnerabilidad frente a las grandes estructuras de poder. En este sentido, Aristóteles tenía razón al afirmar que el ser humano es un animal político, esencialmente relacional, y su camino siempre se configura en diálogo con los demás.
Por lo tanto, la cuestión del camino personal no se resuelve en términos de relativismo extremo ni de universalismo homogéneo. Por supuesto, es mi camino el que debo encontrar, pero es también siempre un camino en comunión con los caminos de otros. Una imagen adecuada sería la del cuerpo humano, donde cada órgano tiene una función específica, una ‘misión’, pero coordinadamente con el resto. San Pablo utilizó también esta metáfora para describir la comunidad cristiana.
Otra imagen útil es la de la polifonía musical: cada voz es única, tiene su propia parte, su propia melodía pero que se armoniza con otras partes, con otras voces. Es un camino verdaderamente personal que se relaciona con otros caminos sin relativismo ni universalismo abstracto. En este sentido, la educación no se fundamenta únicamente en principios abstractos, sino en ejemplos concretos, en la lógica de la ejemplaridad. Un modelo puede inspirar, interpelar mi propio camino personal. Por ejemplo, al descubrir la obra de Lope de Vega, quedé fascinado por su vitalidad creativa. Escribió alrededor de 1.500 piezas teatrales, vivió con intensidad y dejó una huella inconfundible. Yo, en mi tiempo y con mi contexto, he seguido un camino distinto, pero inspirado en esa misma pasión vital. Así, el camino personal no es ni un recorrido absolutamente individualista ni una senda preestablecida de manera rígida, es una dialéctica entre singularidad y comunión.
Otra de las grandes paradojas de la educación radica en la relación entre el educador y el educando. El docente no debe situarse de manera frontal respecto al estudiante ni centrar toda su atención en él, pues esto derivaría en una forma de pedagogismo excesivo. La labor del maestro no consiste en una vigilancia constante sobre el estudiante, sino en encaminarlo hacia el conocimiento. La enseñanza efectiva no radica en la mirada incesante sobre el alumno, sino en la pasión que el profesor manifiesta por su materia.
Un ejemplo ilustrativo de esta idea se encuentra en la transmisión del hábito de la lectura. Si un padre quiere fomentar el interés por la lectura en su hijo, no basta con decirle “debes leer” mientras revisa su teléfono móvil. La estrategia más eficaz es, en cambio, que el padre esté inmerso en un libro y, cuando el hijo se acerque, le responda: “No me interrumpas, estoy leyendo”. En este caso, el educador no está observando ni instruyendo directamente, sino mostrando algo valioso que merece la pena seguir.
Los docentes que más impactan en sus alumnos no son aquellos que están obsesionados con aplicar métodos pedagógicos centrados en la atención constante al estudiante, sino aquellos que, a través de su propia pasión, contagian el entusiasmo por el conocimiento. El verdadero maestro es aquel que, orientado hacia su propio saber, transmite la importancia de este sin necesidad de centrarse excesivamente en el estudiante.
El tema del aburrimiento es fundamental en múltiples expresiones artísticas y culturales, como la literatura, el teatro y el cine. Hoy en día, existe una obsesión por evitar que el espectador o el estudiante experimenten aburrimiento, lo que conduce a la incorporación de elementos espectaculares o humorísticos para mantener la atención. Esto es evidente en los programas de televisión, donde el propio formato se diseña como un cambio constante de estímulos para evitar que el espectador cambie de canal. Sin embargo, esta estrategia elimina la posibilidad de transmitir contenidos de manera significativa.
En el proceso de aprendizaje, el aburrimiento cumple una función esencial. Toda adquisición de conocimiento implica momentos de dificultad y esfuerzo; si un estudiante nunca ha experimentado tedio en su aprendizaje, es probable que solo haya reforzado lo que ya sabía, sin alcanzar una comprensión nueva y profunda. Por eso el desafío no es evitar el aburrimiento a toda costa, sino aprender a gestionarlo y a darle un sentido dentro del proceso educativo.
Uno de los elementos clave para combatir el aburrimiento improductivo es tomar en serio al estudiante como interlocutor. La enseñanza no consiste únicamente en transmitir información, sino en establecer una relación en la que el educador y el educando se enfrentan juntos al misterio de la existencia. En este contexto, la educación no se reduce a una exposición unidireccional de conocimientos, sino que implica un proceso de descubrimiento compartido.
Otro aspecto fundamental es la capacidad de profundizar continuamente en los temas de estudio. En la actualidad, muchos jóvenes están fascinados por el manga y las narrativas visuales. Como educador, considero fundamental interesarme por sus referencias culturales para comprender qué aspectos de esas historias les resultan atractivos. Un fenómeno como One Piece, que ha perdurado durante más de dos décadas con un éxito global, contiene necesariamente elementos narrativos y filosóficos significativos. Al analizar junto a los estudiantes el simbolismo de personajes como Monkey D. Luffy y su dimensión heroica, podemos establecer vínculos con temas filosóficos y antropológicos, como la relación entre el poder y la justicia o la construcción de ideales colectivos.
Lejos de temer al aburrimiento, el papel del educador es orientar la curiosidad del estudiante y demostrarle que sus intereses poseen una profundidad que vale la pena explorar. Decirle “confío en tu inteligencia y en tu capacidad de análisis” es una forma de invitarlo a la reflexión crítica. De este modo, la educación no se limita a proporcionar entretenimiento constante, sino que fomenta una aproximación más profunda y significativa al conocimiento.Principio del formulario
La cuestión del conflicto en la educación es compleja. Desde un punto de vista abstracto, la educación y la lucha parecen opuestas, ya que toda forma de combate implica una confrontación de fuerzas que tiende al cierre en lugar de abrirse al otro. Sin embargo, en la práctica, la educación requiere inevitablemente de momentos de enfrentamiento.
En este sentido, la naturaleza humana es contradictoria: el intelecto nos permite reconocer lo que es correcto, pero nuestra voluntad no siempre se pliega a esta evidencia. Existen momentos en los que la razón no basta y es necesario recurrir a estrategias más contundentes para captar la atención del educando. He comprobado en mi experiencia docente que, en ocasiones, el tono amable y la argumentación pausada no generan cambios en los estudiantes, mientras que un gesto más enérgico, una voz firme o incluso una reprimenda pueden despertar en ellos una nueva actitud hacia el aprendizaje.
Este aspecto también se refleja en la educación familiar. Como padre sostengo una lucha diaria contra el abuso de pantallas por parte de mis hijos. Prohibir el uso de dispositivos móviles en casa es una decisión que constantemente entra en conflicto con las influencias externas pues sus amigos les facilitan teléfonos y aplicaciones, por lo que tengo que “darle caza al móvil”. La educación, en estos casos, implica un acto de resistencia activa contra las presiones del entorno. En esta batalla, no basta con explicaciones racionales sobre los efectos nocivos del uso excesivo de pantallas. Tampoco con señalarles que está mal mentir y dañar la comunidad familiar por estar en una comunidad digital. Estas palabras no les golpean porque la adicción tecnológica opera a un nivel emocional y pulsional que requiere medidas más estrictas. ¿Qué hacemos cuando hay una adicción? La adicción es una violencia que se va a enfrentar a otra violencia que es la desintoxicación.
Ahora bien, toda forma de autoridad conlleva el riesgo de generar un rechazo aún mayor o de deslizarme en alguna forma de violencia injusta. Es fundamental que cualquier imposición venga acompañada de un reconocimiento de los propios errores. Como padre, soy consciente de que a veces puedo sobrepasar ciertos límites en mi severidad, y en esos momentos es crucial saber pedir perdón y no dejar nunca de mirar el rostro de nuestros hijos con amor. Un educador que reconoce sus equivocaciones no solo recupera su autoridad moral, sino que también enseña con el ejemplo que el bien y la verdad están por encima de su propia figura. Los momentos de rabia pueden convertirse en algo bueno.
En la modernidad, la educación se consideraba un pilar fundamental para el progreso humano. Se confiaba en que la instrucción, junto con el desarrollo de los derechos, conduciría a sociedades más justas y avanzadas. De ahí que la modernidad fuera esencialmente humanista y progresista, con un fuerte énfasis en la educación, hasta el punto de caer en el pedagogismo. Sin embargo, en la actualidad nos encontramos en un contexto posmoderno donde esta confianza en la educación como motor del progreso ha sido erosionada.
La postmodernidad se caracteriza, en primer lugar, por el escepticismo respecto al proyecto occidental. El optimismo ilustrado ha dado paso a la constatación de que los intentos de transformar el mundo han tenido consecuencias no previstas, como la devastación ambiental. Este es el gran shock posmoderno: el reconocimiento de que los sueños utópicos, lejos de conducir a una mejora social universal, han generado totalitarismos y crisis ecológicas.
En este escenario, surge el posthumanismo, que plantea la superación del humanismo clásico y abre distintas vías para “salir de lo humano”:
1. El transhumanismo: la búsqueda de una evolución humana más allá de sus limitaciones biológicas a través de la tecnología.
2. El animalismo: el rechazo a la primacía de lo humano y la reivindicación de un retorno a la naturaleza.
3. El fundamentalismo: la afirmación de un Dios que trasciende la historia y la cultura, anulando la centralidad del ser humano.
4. El nihilismo: la negación de cualquier significado trascendente, asumiendo la finitud del ser humano sin más propósito que su propia extinción.
Como consecuencia, la preocupación educativa se ha desplazado hacia otros ámbitos. Se priorizan las preocupaciones tecnológicas, medioambientales o espirituales por encima del interés por la formación humanista. Este fenómeno puede interpretarse a la luz del concepto pascaliano del “divertimento”, entendido como la evasión de la condición humana a través de actividades que, aunque aparentemente serias, no son más que formas de distracción. Así como Pascal identificaba la guerra o los procesos judiciales como ejemplos de divertimento, en la actualidad la tecnología cumple este rol, al permitir la huida de la realidad humana a través de dispositivos digitales.
Una segunda característica esencial de la postmodernidad es la conciencia de la finitud de la humanidad como especie. Mientras que en generaciones anteriores la idea de una “extinción programada” era una llamada de atención, una toma de conciencia, en la actualidad se ha convertido en una banalidad, algo asumido con normalidad. Esta transformación de la percepción plantea una pregunta crucial: ¿por qué seguir apostando por la educación si la humanidad está destinada a desaparecer?
Me gustaría abordar en este punto la cuestión de la tecnología y lo que podríamos llamar el paradigma tecnocrático. La tecnología no es solo una herramienta, sino un paradigma que moldea nuestra forma de percibir y comprender el mundo. Un paradigma, en este sentido, implica un marco conceptual que influye en las mentalidades y prácticas, determinando la manera en que interactuamos con la realidad. No es únicamente en el uso directo de dispositivos tecnológicos donde se manifiesta este paradigma, sino incluso en los intentos de escapar de él. Paradójicamente, al tratar de alejarnos de la tecnología, terminamos dependiendo de ella: utilizamos aviones para alcanzar entornos naturales “vírgenes” o creamos jardines artificialmente aislados.
Karl Marx ya advertía sobre esta paradoja en La crítica de la razón económica, al analizar la figura de Robinson Crusoe. Para Marx, la historia de un hombre autosuficiente en una isla desierta encarna una visión capitalista individualista, una ilusión de independencia que, en realidad, refuerza los valores del sistema económico del que pretende escapar. Este mito del “hombre hecho a sí mismo”, que enfatiza la autosuficiencia y la desconexión del tejido social, es una de las expresiones más evidentes del paradigma tecnocrático. En la actualidad, este fenómeno se manifiesta en la idea de “desconectarse” de los dispositivos tecnológicos para “reconectarse” con la naturaleza, una formulación que, paradójicamente, recurre a términos propios del vocabulario tecnocientífico. Incluso el lenguaje de la espiritualidad se ve permeado por esta lógica, reflejando lo que Günther Anders denominó la “sociedad del botón de encendido”. La expectativa de obtener soluciones inmediatas a problemas existenciales, como si se tratara de activar un dispositivo, ilustra esta mentalidad.
El anhelo de ser meros instrumentos programados para una función específica resulta, en cierto modo, atractivo, pues proporciona certeza y seguridad. Si una herramienta tiene un propósito claro –como un destornillador, cuyo único cometido es atornillar–, la incertidumbre sobre qué hacer con la propia existencia desaparece. Sin embargo, este modelo de pensamiento es diametralmente opuesto al ideal educativo. La educación, en esencia, tiene la función de fomentar la libertad y la responsabilidad, promoviendo el desarrollo de individuos capaces de asumir su papel en el mundo con autonomía. Un buen educador no solo despierta, como hemos visto antes, el deseo de aprender y comprometerse con la vida, sino que también confronta al estudiante con la angustia de la responsabilidad: la posibilidad de no aprovechar plenamente su potencial o de desperdiciar oportunidades para hacer algo significativo.
La omnipresencia del paradigma tecnocrático plantea el interrogante de cómo escapar de su influencia. Una respuesta superficial podría ser la simple renuncia al uso de dispositivos tecnológicos, una estrategia que, lejos de ofrecer una solución, se limita a una negación sin una alternativa positiva. Apagar un aparato no es suficiente si no se propone una forma diferente de interactuar con la tecnología. Otra posible respuesta es la apelación a la contemplación, pero esta, en muchas ocasiones, también está condicionada por el entorno tecnológico. Es fundamental reconocer que la existencia humana no puede separarse de la técnica. El ser humano es, por naturaleza, un ser tecnológico, y cualquier crítica a la tecnología debe partir desde el interior de la propia técnica; por eso, debemos encontrar nuevas técnicas que nos permitan cambiar nuestra relación con el mundo. Lo que quiero decir con esto es que no existe una posición teórica pura e independiente de la práctica: nuestra manera de ver y comprender la realidad está siempre condicionada por nuestras maneras de hacer.
Actualmente, las escuelas están profundamente influenciadas por el paradigma tecnocrático, lo que ha llevado a priorizar criterios de eficacia y optimización frente al encuentro de persona a persona, y al drama propio de la educación. Dentro de esta lógica de eficacia, nos encontramos con la lógica de tipo tecnológico lo que ha supuesto que la introducción de dispositivos electrónicos en la educación primaria se haya convertido en una tendencia creciente, si bien considero que se trata de un grave error.
No soy el único en advertir sobre los riesgos de esta situación. De hecho, muchos líderes de Silicon Valley han optado por educar a sus hijos en entornos desconectados. Steve Jobs, por ejemplo, se negó a proporcionar iPads a sus propios hijos, y muchas familias de la élite tecnológica prefieren enviar a sus hijos a escuelas basadas en métodos como Montessori, que priorizan la manipulación de objetos físicos y la experiencia sensorial directa. Está bien documentado que una exposición prolongada a pantallas en la infancia puede tener efectos negativos sobre el desarrollo cognitivo y emocional.
Detrás de la proliferación de dispositivos electrónicos en las aulas subyace, además, una lógica tecnocapitalista. No debemos olvidar que la venta de ordenadores y tablets para el ámbito educativo responde también a intereses industriales y comerciales. A esto se suma una tendencia a mantener a los niños constantemente entretenidos, minimizando la posibilidad de que experimenten, como veíamos antes, el aburrimiento, la dificultad o los verdaderos desafíos. Sin embargo, el aprendizaje requiere esfuerzo para superar obstáculos, algo que no siempre es compatible con una enseñanza puramente lúdica.
Por estas razones, en la educación básica considero crucial priorizar más el trabajo manual y la interacción física con el entorno. Dado que los niños ya están expuestos a pantallas en casa, no hay necesidad de incrementar esta presencia en la escuela. Más que limitarse a hacer una crítica moral de la tecnología, lo importante es ofrecer alternativas que resulten atractivas para los niños, mostrándoles, como vamos a ver luego, la belleza de gesto artesanal. Pero en la escuela primaria también sería muy importante, como experiencia educativa profundamente enriquecedora, incluir la crianza y el cuidado de animales. La fascinación que los niños sienten por los seres vivos puede ser incluso más poderosa que su atracción por los dispositivos electrónicos. En lugar de llenar las aulas con tabletas, quizá deberíamos considerar la posibilidad de introducir gallinas y ovejas, actividades artesanales o ecuestres como aprender a montar a caballo.
En la actualidad, el desarrollo de la inteligencia artificial nos obliga a reconsiderar los principios fundamentales de la educación. La proliferación de herramientas como ChatGPT ha generado inquietudes en el ámbito educativo: ¿cómo asegurarnos de que los estudiantes realizan su propio trabajo y no delegan su aprendizaje a una máquina? Para estar seguros, como decíamos antes, hay que utilizar otra máquina, de manera que parece que el destino de la universidad son máquinas que producen textos verificados por otras máquinas y el hombre sólo está ahí para poner su firma. Sin embargo, el problema esencial no es simplemente determinar si un texto ha sido generado por una inteligencia artificial, sino preguntarnos por qué los alumnos sienten la necesidad de recurrir a ella. En última instancia, esto revela que mi vida no está comprometida, que la enseñanza se ha separado del cuerpo porque ya no es una enseñanza encarnada, que hay una desconexión entre la educación y la experiencia personal. Si la enseñanza se percibe como un proceso mecánico y sin relevancia para la vida, es lógico que los estudiantes busquen automatizarlo.
Este fenómeno también es reflejo de una crisis más profunda de la modernidad: la separación entre ciencia y sabiduría. Durante siglos, la modernidad ha privilegiado la acumulación de conocimientos y datos, descuidando la sabiduría que es donde se encuentra la pregunta fundamental sobre el sentido de la existencia. Sin embargo, el escepticismo creciente hacia la ciencia plantea un dilema: ¿debemos rechazar el conocimiento en favor de un fundamentalismo dogmático? La respuesta, lejos de implicar un rechazo de la ciencia, debe consistir en una reintegración de la sabiduría como parte esencial del conocimiento.
El desafío de la inteligencia artificial no debe ser motivo de temor, sino una oportunidad para replantear la educación en términos de corporeidad y sabiduría. Lo que distingue a la inteligencia humana es que es una inteligencia encarnada, no se limita a procesar información sino a atender a su relación con la realidad, a su dimensión trágica, a su orientación hacia el sentido. No busca la gestión óptima de los big data sino la verdad detrás de los datos. En este contexto, la educación debe recuperar su conexión con la experiencia encarnada. Estamos llamados a reencontrarnos, a reencontrar nuestro cuerpo, nuestras manos, nuestra sexualidad y a preguntarnos de una forma todavía más radical por el sentido. El verdadero desafío educativo consiste en pasar de la mera administración de información a una reflexión profunda sobre el don del conocimiento: ¿quién nos ha dado estos datos? ¿Para qué nos han sido dados? ¿A quién debemos gratitud por el don de los datos? Este desplazamiento desde la pregunta tecnocientífica hacia la pregunta por la sabiduría es esencial para revalorizar la educación en la era digital. En lugar de temer el avance de la inteligencia artificial, debemos aprovecharlo como una oportunidad para redescubrir lo que significa ser humano.
La diferencia entre escribir a mano y hacerlo en un ordenador es un aspecto que merece reflexión, ya que, aunque es evidente que existe una distinción, resulta difícil precisar su alcance. Diversos estudios en ciencias cognitivas han mostrado que la escritura manual genera una conexión más directa con el cerebro y favorece un aprendizaje más efectivo en comparación con la escritura en el ordenador. Una de las diferencias fundamentales al escribir en un ordenador radica en la función Control + F, que permite la búsqueda inmediata de palabras clave. Este hecho explica, en parte, la proliferación de citas en los textos académicos contemporáneos, ya que la presión de recordar pasajes exactos se ve reducida por la facilidad de recuperación de información. Así, se genera la impresión de que las personas poseen un conocimiento más vasto cuando, en realidad, es la memoria de la máquina la que amplifica la accesibilidad a la información. En la actualidad, las tesis doctorales contienen una gran cantidad de referencias porque sus autores han aprendido a optimizar la función de búsqueda dentro de los textos.
No nos hemos dado cuenta de que la escritura es la primera tecnología de inteligencia artificial. Desde la antigüedad, la escritura ha sido un instrumento que permite la conservación del conocimiento, delimitando las épocas históricas a partir de la existencia de registros escritos. Un texto escrito no deja de ser una tecnología que encapsula el pensamiento (logos) en un medio material (techne), lo que lo convierte, en cierta medida, en una forma de inteligencia artificial primigenia. Un libro, al abrirse, “habla” sin que haya un interlocutor presente, funcionando como la primera manifestación de inteligencia artificial.
A partir de ello, la cuestión que emerge es cuál es la diferencia esencial entre un libro y la inteligencia artificial actual. Esta pregunta está vinculada a la distinción entre la escritura manual y la mecanografiada, así como a la relación entre el ser humano y la tecnología. Mientras que herramientas como ChatGPT operan dentro de una lógica algorítmica orientada a la optimización de la información, el libro se inscribe en una lógica de contemplación y recogimiento. Lo que hay de maravilloso en el libro es que estoy ante una palabra que proviene del fondo de una soledad, la soledad del escritor, que viene, a su vez, a hablarle a la profundidad de mi soledad, la soledad del lector. En un libro, el lector controla el ritmo y puede detenerse o releer ciertos pasajes según su propio proceso de comprensión, algo que no ocurre, por ejemplo, con el visionado de una película. Además, el libro es un lugar que apela a mi actividad, que estimula ni imaginación, ya que soy yo quien produce las imágenes. Son un tipo especial de imágenes, imágenes interiores, incompletas y en constante evolución, a diferencia de las imágenes externas que se presentan de manera cerrada y definitiva y de las que tengo un recuerdo. Las imágenes que puede evocar un libro viven en mi interior como vive la vida de un personaje de una novela que no sólo está fuera, en el exterior, sino que nos habita.
Esta especificidad del libro nos permite resistir frente a las pantallas de las tecnologías digitales contemporáneas, ofreciendo un modelo alternativo de relación con el conocimiento. En este sentido, el libro es la forma más antigua de inteligencia artificial alcanzando su máximo esplendor durante el Renacimiento y experimentando, paradójicamente, desde entonces un deterioro progresivo.
El Instituto que dirijo se llama Philanthropos y se encuentra en Friburgo, Suiza. Asisten jóvenes en la edad habitual para cursar un grado o un máster. Aunque obtienen créditos universitarios, la mayoría utiliza este período como una etapa previa a su especialización o incorporación al mundo laboral. Muchos de ellos han estudiado disciplinas como Ingeniería, Comercio, Medicina o Derecho, pero nunca han tenido la oportunidad de reflexionar profundamente sobre el significado de ser humano. Este año académico les brinda el espacio para abordar esas cuestiones dentro de una experiencia de vida comunitaria.
Inicialmente, el currículo del Instituto tenía un enfoque puramente académico, centrado en la lectura de textos clásicos de Platón, Aristóteles, Santo Tomás de Aquino, Heidegger y Lévinas. Sin embargo, con el tiempo, comprendí que el acceso a un pensamiento profundo requería una preparación previa, que incluía una recuperación de la corporalidad y la relación con la materialidad. Por ello, decidimos integrar el teatro y el trabajo manual en la experiencia formativa, permitiendo así una conexión más profunda entre el conocimiento y la vida.
Algunas de las modificaciones que he realizado provienen de la influencia de mi propia trayectoria particular pero también de la mejor parte de mi vida: mi esposa. Mi mujer es actriz y directora de teatro, y su experiencia me llevó a considerar el teatro como un componente esencial dentro del programa de formación filosófica y teológica del Instituto.
Algunos podrían interpretar esta decisión como un caso de nepotismo, pero lo cierto es que la incorporación del teatro responde a una necesidad profunda: la de recuperar la dimensión corporal en el proceso educativo. El teatro es, por excelencia, el arte de la encarnación de la palabra: un texto escrito cobra vida en la interpretación de un actor, y cada representación introduce inevitablemente un grado de improvisación. Así, el teatro no solo implica la materialización del discurso en una experiencia comunitaria, sino que también encarna una tensión esencial entre el guión preestablecido y la libertad interpretativa. En este sentido, la tradición solo es significativa si se mantiene viva, lo que implica recibirla, reapropiarse de ella y reinventarla continuamente. Este planteamiento llevó a la introducción del teatro como un elemento central en la formación de los estudiantes del Instituto
En épocas anteriores, la educación se desarrollaba en un contexto marcado por una fuerte influencia del mundo agrícola. La relación con la naturaleza y con las prácticas artesanales proporcionaba una visión del aprendizaje basada en la paciencia y en la adaptación a los ritmos naturales. Un proverbio francés expresa esta idea con claridad: “no se puede hacer crecer la hierba tirando de ella”. Esta máxima refleja una concepción del mundo en la que el crecimiento y el aprendizaje requieren tiempo, respeto por los procesos naturales y una interacción armoniosa con el entorno. En este modelo, el conocimiento se transmitía en un marco en el que el ser humano no tenía un control absoluto sobre la naturaleza. El agricultor no puede garantizar el éxito de su cosecha, pues esta depende de múltiples factores fuera de su control, como las condiciones climáticas. De esta manera, el trabajo manual y artesanal fomenta una relación con la realidad que incorpora la incertidumbre y la aceptación de los límites humanos.
En contraste, el mundo tecnológico contemporáneo está orientado a la aceleración y la manipulación de la realidad. En este contexto, lo que se valora no es la paciencia ni el respeto por los procesos naturales, sino la inmediatez y la optimización constante. Mientras que en la agricultura y la artesanía el objetivo es producir algo de calidad mediante un proceso cuidadoso y respetuoso, en la era digital se privilegia la rapidez y la eficiencia, con un énfasis en la acumulación de datos e información.
Por eso, el reto actual de la educación es un desafío material antes de ser un desafío espiritual. Mientras que en el pasado las prácticas manuales y agrícolas ocurrían fuera del ámbito escolar, hoy es necesario reintroducirlas en el proceso educativo. La formación intelectual no puede desvincularse de la experiencia concreta con el mundo material. El realismo de nuestro espíritu se encuentra hoy en nuestras manos. La interacción con la materia no solo desarrolla habilidades prácticas, sino que también estructura el pensamiento y la percepción de la realidad.
Por esta razón, en el Instituto Philanthropos que mencionaba antes se han incorporado también el trabajo con la madera y la jardinería como parte de la formación académica. La generación milenial y la generación Z han crecido en un mundo digital, donde la interacción con la realidad se produce mayoritariamente a través de pantallas. Muchos estudiantes han perdido el contacto con la resistencia de la materia, con la necesidad de adaptarse a un orden externo que no puede modificarse a voluntad. Recuperar la relación con los materiales permite redescubrir el sentido de la realidad y la importancia del esfuerzo y la paciencia.
Miguel Ángel afirmaba que el mármol tiene “su propia palabra”, es decir, que cada bloque de mármol impone ciertas condiciones a la obra que se puede esculpir en él. Algunas piezas permiten la creación de esculturas complejas, mientras que otras solo pueden convertirse en formas más simples. Este principio también se aplica al trabajo con la madera, donde es fundamental respetar las fibras y los nudos del material. La técnica, en este sentido, no es un acto de imposición, sino de colaboración con la naturaleza de la materia. Y, por lo tanto, el gesto de la técnica se sitúa en la prolongación del movimiento de la vida, en un florecimiento.
A menudo se identifica el problema de la sociedad contemporánea con la instrumentalización de la razón, reduciendo todo conocimiento a su utilidad práctica y olvidando la dimensión contemplativa. Sin embargo, esta dicotomía es engañosa. La capacidad de contemplación no se desarrolla en oposición a la instrumentalidad, sino en interacción con ella. Retomando la reflexión del filósofo estadounidense Matthew Crawford que tiene un taller de reparación de motos, el problema actual no es la instrumentalización en sí misma, sino la falta de una instrumentalidad encarnada. Es decir, lo que se necesita no es rechazar el uso de herramientas, sino recuperar el sentido de la artesanía, el contacto directo con los materiales y la relación tangible con el entorno. En el ámbito educativo, esto implica otorgar un papel central al trabajo manual y a la relación con el cuerpo, algo que Internet no te puede dar, dado que la digitalización ha generado una desconexión creciente entre el aprendizaje y la experiencia material.
Esta es, sin duda, una cuestión fundamental. Me considero crítico con la postura que demoniza la tecnología en su totalidad, ya que intentar apartarse completamente de ella sigue siendo, como vimos antes, parte de una lógica pulsional y reactiva. Del mismo modo, rechazo la idea del repliegue en comunidades cerradas y autosuficientes, pues, al aislarse del mundo exterior, el drama siempre vuelve, se corre el riesgo de reproducir los mismos conflictos dentro de la propia comunidad.
Para ilustrarlo, imaginemos que se intenta construir una familia o una comunidad separada del “mundo corrupto”. En un entorno completamente cerrado, la única forma de preservar la continuidad de la comunidad sería el incesto, lo que demuestra la necesidad de la apertura al exterior. La prohibición del incesto es, en realidad, un imperativo de apertura, de exogamia, de interacción con el mundo. Por ello, es fundamental mantener una relación con la ciudad y no caer en el olvido de su importancia.
No sostengo que todos deban convertirse en labradores, sino que es necesario recuperar una mentalidad agraria, la cual ha estado presente en el pensamiento occidental desde Virgilio y los Evangelios hasta el siglo XIX. Perder esta visión agraria implica perder parte de nuestra comprensión sobre la condición humana. Sin embargo, recuperar esta mentalidad no requiere un retorno literal al campo; basta con pequeñas prácticas simbólicas, como cultivar guisantes con los estudiantes o involucrarlos en trabajos manuales. Del mismo modo, la formación artesanal o la práctica de un instrumento musical pueden reintroducir la disciplina, la paciencia y la relación corporal con el aprendizaje.
En mi caso personal, provengo de una familia de tradición anarquista que ridiculizaba la figura del maestro y desestimaba la idea misma de autoridad pedagógica. Sin embargo, fue a través de la práctica del kárate donde por primera vez comprendí lo que significa la noción de maestro y la necesidad de respetar su enseñanza. En las artes marciales encontré una disciplina que implicaba el compromiso del cuerpo, una técnica rigurosa y una disposición a asumir riesgos. Esta experiencia me permitió reconocer la importancia de la maestría y la formación disciplinada.
De este modo, la recuperación de una formación encarnada puede manifestarse en diversas formas: la práctica del trabajo artesanal, la agricultura como modelo formativo insustituible, las bellas artes o las artes marciales. Todas estas prácticas permiten recuperar una disciplina corporal que, lejos de contraponerse a la vida urbana, puede integrarse en ella y contribuir a evitar que la vida intelectual se reduzca a una existencia desvinculada de lo material.
La introducción del teatro y del trabajo manual como actividades obligatorias responde también a que a lo largo de los años he ido observando una transformación en el perfil generacional de los estudiantes, caracterizado por una creciente fragilidad psicológica. Esta vulnerabilidad responde, en mi opinión, a dos factores clave de la posmodernidad: la pérdida de esperanza y la fragmentación de la atención.
Por un lado, la pérdida de esperanza no solo se relaciona con un sentimiento generalizado de desesperanza existencial, sino también con la disolución de los grandes proyectos históricos. A diferencia de generaciones anteriores, los jóvenes de hoy no cuentan con una revolución política en la que creer ni con un desafío heroico que movilice su entusiasmo. Incluso la crisis ecológica, pese a su urgencia, no parece suscitar un tipo de compromiso similar al de las causas del pasado. Esta diferencia radica en que la lógica ecológica es una lógica de conservación y supervivencia, mientras que las grandes empresas históricas solían estar asociadas a la idea de sacrificio y entrega. También se observa la diferencia en que el desafío ecológico es un reto planetario en el que uno se siente necesariamente muy pequeño. La pregunta, por tanto, no es simplemente cómo sobrevivir, sino por qué vale la pena dar la vida. Esta dimensión sacrificial, heroica, trágica, falta en el tema ecológico porque no se trata de conservar mi propia vida sino de dar mi vida.
Es típico también de la juventud jugar con la desesperanza, asumir que la historia es una farsa y que la política no es más que un espectáculo vacío que forma parte de una postura que busca afirmar una superioridad crítica sobre el mundo. Esto se ve especialmente con la idea de la extinción de la especie humana frente a la cual, yo mismo, durante mi juventud, la percibía como un lujo vinculado a la vitalidad propia de esa etapa. Con el paso del tiempo, sin embargo, se impone una comprensión más profunda del valor de la historia y de la responsabilidad que conlleva. La posibilidad de la extinción humana no puede tomarse a la ligera, y aceptar la naturaleza trágica de nuestra existencia se vuelve fundamental para una perspectiva madura. En este contexto, el pensamiento trágico emerge como una vía para superar la desesperanza. Más aún, la única manera de salir de la desesperanza es, como vamos a ver en el siguiente apartado, entrando en una forma de esperanza trágica.
Por otro lado, la dispersión de la atención constituye otro rasgo distintivo de la generación actual. La inmediatez tecnológica ha reducido la paciencia y la capacidad de concentración. Estamos acostumbrados a obtener resultados instantáneos con un solo clic y reaccionamos con frustración cuando la tecnología no responde como esperamos. Si se estropea queremos que se arregle enseguida, le damos golpes, nos arrodillamos ante la máquina y le decimos “por favor, ponte en marcha, ¿por qué me has abandonado?”. Esta lógica pulsional ha modificado nuestra relación con el mundo y nos ha sumido en un estado de dependencia emocional frente a la tecnología. Ya no somos capaces de dominar nuestras propias pasiones. Una emoción puede conducirnos al suicidio, cuando quizá una hora después esa misma emoción habría pasado si tenemos la capacidad de entrar en el tiempo humano, en el tiempo largo.
Ante este contexto, comprendí, como he explicado más arriba, la necesidad de introducir el trabajo manual en la formación del Instituto como otro tipo de temporalidad. La carpintería y la jardinería permiten a los estudiantes desarrollar una relación distinta con el tiempo y la materia, alejándose de la lógica de la inmediatez, de la lógica pulsional con la que nos empujan las máquinas. Estas disciplinas fomentan la paciencia y la concentración, al tiempo que les enseñan a enfrentarse a la resistencia de la realidad y a darse cuenta de que el mundo tiene una cierta densidad. En este sentido, el trabajo manual y el teatro son un medio para recuperar una atención encarnada y para entrar en un realismo infalible.
Existe una conexión profunda entre la educación y la tragedia, una relación que encuentra sus raíces en la tradición filosófica y literaria occidental. La cultura española, por ejemplo, está impregnada de un sentido trágico de la vida, como lo reflejan las comedias del Siglo de Oro y la obra de Unamuno, especialmente en Del sentimiento trágico de la vida. Esta idea, sin embargo, tiene un origen aún más remoto en la filosofía griega.
En la Antigua Grecia, la tragedia ocupaba un lugar central en la vida política y cultural. Durante las festividades dionisíacas, se celebraban concursos de tragedias que servían como un espacio de reflexión sobre la condición humana. Platón, en su última obra, Las Leyes, sugiere que la filosofía es la verdadera tragedia, pues su maestro, Sócrates, fue condenado a muerte por defender la verdad. Para Platón, el destino de todo filósofo es ser asesinado, pues el pensamiento auténtico nunca se reduce a eslóganes ni se adapta cómodamente a la opinión pública. Por el contrario, cuando un filósofo tiene mucho éxito, cuando se convierte en una figura popular, cuando su pensamiento se reduce a eslóganes, entonces, es que ya no es un filósofo. Martin Heidegger, al reflexionar sobre esta idea, sostenía que la manera contemporánea de “asesinar” a un filósofo es convertirlo en una celebridad. La fama, según Heidegger, no es más que la suma de malentendidos acumulados en torno a un nombre. El verdadero pensamiento no se puede reducir a eslóganes, el verdadero pensamiento siempre es algo difícil, requiere esfuerzo, la paciencia del diálogo y la exposición a encontrarte con otro que puede terminar “matándote”, banalizándote en frases simplificadas y de fácil consumo.
Lo propio de la tragedia, del teatro trágico, no es solamente la tristeza o la muerte porque uno puede encontrar esto en otras formas dramáticas como en el melodrama o en el teatro del absurdo. Lo que realmente define a la tragedia es la exposición al mal y la confrontación con el misterio de la existencia. El sentido más profundo de la tragedia es que el hombre se desgarra de arriba abajo, que cuestiona a los dioses, que pregunta por qué no en un sentido científico sino trascendente. En Edipo Rey, por ejemplo, el protagonista cuestiona al oráculo de Delfos porque no comprende cómo los dioses han podido permitir un error así. Lo propio de la tragedia es esa exposición al mal, una exposición al mal que nos arranca de nuestra mundanidad para hacernos volver hacia nuestra propia existencia y acusar al cielo, acusar a Dios, porque esperamos algo distinto. En la tragedia griega esta esperanza siempre está ahí. En la tragedia cristiana también. Recordemos que Jesús, que es Dios, grita en la cruz: “Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” Y que la virgen María, al perder de vista a su hijo durante tres días, le dice “¿por qué nos has hecho esto? Tu padre y yo te hemos estado buscando angustiados”. En esta escena hay dos aspectos educativos interesantes. Por un lado, no sólo que el hijo se nos va a escapar, sino que debemos querer que se nos escape, que se haga adulto, que se haga él mismo padre también y que nos olvide lo suficiente para volverse hacia su propio porvenir. Por otro, vemos una esperanza trágica en el hecho de que aunque vamos a morir el sacrificio no es la muerte sino el hecho de hacer cosas bellas sin tener miedo a morir. Es una grandeza trágica. Se trata de seguir haciendo cosas bellas a pesar del riesgo de morir, se trata de seguir siendo humanos, de defender lo humano, aunque lo humano se nos muestre como condenado. Este principio, presente en la tradición del sacrificio, no implica una glorificación del sufrimiento, sino el reconocimiento de que la belleza y la grandeza pueden existir incluso en circunstancias adversas. En este sentido, la educación adquiere su verdadero significado cuando se convierte en una cuestión de vida o muerte, cuando moviliza a las personas hacia una esperanza trágica que, lejos de ser una evasión, es un compromiso con la realidad.
1 Este artículo se basa en la transcripción revisada por el autor de una conversación pública mantenida en Madrid el 25 de octubre de 2024 con el profesor David Reyero (con traducción consecutiva de la profesora Bianca Thoilliez). Esta conversación tuvo lugar en la Facultad de Educación de la Universidad Complutense y fue patrocinada por la Fundación Tatiana en el marco del proyecto ‘Más que palabras’. La transcripción corrió a cargo de Rodrigo de Miguel Santamaría, a quien se agradece su labor.