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  • Francisco Jordá Cerda
Francisco Jordá Cerda
Vol. 30 (1979): Vol. 30-31 (1979-1980), Artículos
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Resumen

Cuando en 1968 escribíamos la introducción al ZEPHYRVS XIX-XX, dedicado al descubrimiento de la cueva de Altamira, hablábamos de la «enorme deuda que los prehistoriadores españoles tenemos con el primer gran monumento del arte ruprestre paleolítico» y pensábamos que esa deuda podía ser pagada mediante la edición de un gran libro sobre los múltiples aspectos de Altamira, realizado por un equipo de especialistas que aprovechando los actuales medios de reproducción, recuperase todos y cada uno de los grabados y pinturas de la cueva, recogiese sus restos de industrias líticas y óseas, intentase obtener análisis polínicos y muestras de C-14, de los pocos testigos materiales que quedan de su ocupación por el hombre paleolítico, etc., es decir, llevar a cabo «El Libro de Altamira». Este trabajo tendría que haber visto la luz en este año de gracia de 1979, un siglo después de que una niña, la hija de D. Marcelino iSanz de Sautuola, descubriera las figuras de bisonte del Gran Techo. Pero nada de todo eso se ha hecho, ni se hará.

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