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<journal-title>América Latina Hoy</journal-title>
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<publisher-name>Ediciones Universidad de Salamanca</publisher-name>
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<subject>Original Articles</subject>
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<article-title>Por la razón o por la fuerza. La pacificación interna de América del Sur (1830-1929)</article-title>
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<trans-title xml:lang="en"><italic>By Reason or by Force: The domestic pacification of South America (1830-1929)</italic></trans-title>
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<license-p>Licencia CC BY-NC-SA.<ext-link ext-link-type="uri" xlink:href="http://creativecommons.org/licenses/by-nc-sa/4.0/">Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional</ext-link></license-p>
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<abstract id="abs1" abstract-type="summary">
<title>RESUMEN</title>
<p> A lo largo del siglo XIX, América del Sur enfrentó una serie de conflictos internos que provocaron inestabilidad en las economías y en los sistemas políticos de la región. Sin embargo, a principios del siglo XX, los niveles de violencia política en toda la región disminuyeron drásticamente. Los estudios existentes han prestado sorprendentemente poca atención a esta transformación histórica, en parte debido a la ausencia de datos exhaustivos sobre las revueltas. Basándonos en el trabajo de historiadores, creamos una base de datos sobre revueltas sudamericanas entre 1830 y 1929, y desarrollamos una tipología original para ordenar estas rebeliones. Descubrimos que las revueltas desde fuera del aparato estatal disminuyeron drásticamente durante este período, mientras que las rebeliones desde dentro del Estado, como los golpes de Estado, no lo hicieron. Asimismo, demostramos que el aumento del tamaño y la profesionalización de las Fuerzas Armadas, que se originó a partir del auge de las exportaciones y la amenaza de conflicto internacional, impulsaron la disminución de las rebeliones más severas.</p>
</abstract>
<trans-abstract id="abs2" abstract-type="summary" xml:lang="en">
<title>ABSTRACT</title>
<p>South America was plagued by internal conflict during the 19th century that destabilized the region’s economies and political systems. At the beginning of the 20th century, however, levels of political violence throughout the region declined dramatically. Existing scholarship has paid surprisingly little attention to this historic transformation in part because of the absence of comprehensive data on revolts. Drawing on the work of historians, we create a comprehensive dataset on revolts in ten South American countries from 1830 to 1929, and we develop an original typology of rebellions. We find that revolts from outside the state apparatus declined dramatically during this period, while rebellions from inside the state, such as coups, did not. We show that increases in the size and professionalization of the military, which stemmed from the export boom and the threat of international conflict, drove the decline in outsider rebellions.</p>
</trans-abstract>
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<title>Palabras clave</title>
<kwd>América Latina</kwd>
<kwd>ejército</kwd>
<kwd>guerras civiles</kwd>
<kwd>golpes de Estado</kwd>
<kwd>siglo XIX</kwd>
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<title>Key words</title>
<kwd>Latin America</kwd>
<kwd>military</kwd>
<kwd>civil wars</kwd>
<kwd>coups</kwd>
<kwd>19th century</kwd>
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<sec id="S1">
<title>I. Introducción</title>
    <p>En el siglo XIX, América del Sur fue escenario de numerosas rebeliones que afectaron profundamente su estabilidad política y económica. Como lo señaló el científico político francés Alexis de Tocqueville en 1835, «el tumulto de la revolución es… el estado más natural de los españoles de América del Sur en la actualidad» (<xref ref-type="bibr" rid="CIT068">Tocqueville, 1945 [1835]</xref>, p. 251). Dos décadas más tarde, el presidente boliviano Manuel Isidoro Belzú resumió la desdicha de la mayoría de los estadistas de la región cuando se quejó de: «Revoluciones sucesivas, revoluciones en el Sur, revoluciones en el Norte, revoluciones fomentadas por mis enemigos, encabezadas por mis amigos, combinadas en mi propia morada, surgidas de mi lado; ¡Dios santo!» (<xref ref-type="bibr" rid="CIT007">Aranzaes, 1918</xref>, p. 158). Aunque no todas estas revueltas se convirtieron en guerras civiles a gran escala, las pequeñas insurrecciones fueron lo suficientemente frecuentes como para causar, en conjunto, la muerte de cientos de miles de personas, generando una constante inestabilidad política, devastando economías y obstaculizando el crecimiento.</p>
<p>Sin embargo, para fines del siglo, los países sudamericanos comenzaron a experimentar menos revueltas. De hecho, el número de rebeliones disminuyó de un promedio de más de cuarenta y cinco por década en el siglo XIX a menos de veintiuna por década entre 1900 y 1929. Las revueltas no disminuyeron en toda la región; en Ecuador y Paraguay, las rebeliones continuaron con la misma, e incluso mayor, frecuencia durante el siglo XX. Tampoco todos los tipos de revueltas disminuyeron al mismo ritmo. Mientras que al principio del siglo XIX el número de revueltas provenientes de fuera del aparato estatal era cuatro veces más frecuente que los golpes militares, ambos tipos de revueltas ocurrieron aproximadamente al mismo ritmo en la década de 1920, debido al fuerte declive de las primeras. Además, las revueltas en las primeras décadas del siglo XX tendían a ser más pequeñas, más cortas y menos violentas que en el siglo XIX.</p>
<p>¿Qué llevó a este dramático declive generalizado de las revueltas en la región? ¿Por qué algunos tipos de rebeliones disminuyeron más rápidamente que otros y por qué un par de Estados no se ajustaron al patrón regional?</p>
<p>Estas preguntas no solo son de interés histórico. El declive de las revueltas tuvo importantes implicaciones a largo plazo para el desarrollo y la democracia en la región. Para empezar, la reducción dramática de las rebeliones proporcionó la estabilidad política necesaria para el progreso económico y social sostenido que tuvo lugar en América del Sur a lo largo del siglo XX. Además, la disminución de las revueltas ayudó a fortalecer el régimen constitucional y a dar paso a una era de democracia en algunos países sudamericanos. Es cierto que la mayoría de los países sudamericanos siguieron siendo autoritarios durante este período e incluso aquellos países que se democratizaron no se convirtieron en democracias plenas. Sin embargo, el declive de las revueltas sentó las bases para la primera ola de democratización en la región. En Argentina, Chile, Colombia y Uruguay, los partidos de oposición abandonaron la lucha armada y comenzaron a centrarse en la vía electoral hacia el poder, abogando por reformas democráticas que nivelaran el terreno electoral (<xref ref-type="bibr" rid="CIT036">Madrid, 2025</xref>, en prensa). Aunque los golpes militares interrumpieron gobiernos en las décadas siguientes, las experiencias democráticas que disfrutaron durante este período ayudaron a construir instituciones y prácticas democráticas perdurables.</p>
<p>La investigación existente ha prestado sorprendentemente poca atención al declive de las revueltas en América del Sur, en parte debido a la ausencia de datos. Aunque los historiadores han proporcionado análisis perspicaces de las causas y consecuencias de las revueltas en países individuales, ni ellos ni los científicos sociales se han centrado en catalogar o explicar el declive de las revueltas en la región en su conjunto, ni en identificar y explicar cómo esta tendencia variaba entre los países y los tipos de revueltas<xref ref-type="fn" rid="fn007">[2]</xref>. Además, las principales causas de las revueltas que la literatura ha identificado no pueden explicar fácilmente su declive. Los estudios existentes tienden a enfatizar los factores que motivaron a los rebeldes, como las desigualdades étnicas y raciales, las divisiones religiosas, los sentimientos regionalistas, las frustraciones electorales y la codicia por recursos económicos o poder. Sin embargo, estas quejas y motivaciones persistieron en el siglo XX, por lo que no ofrecen una explicación convincente para el declive gradual a largo plazo de la rebelión en toda la región.</p>
<p>Este estudio adopta una perspectiva alternativa, que es más adecuada para entender las condiciones (es decir, las oportunidades) que permiten las revueltas. En línea con la literatura sobre guerras civiles, sostenemos que la debilidad militar fomenta las revueltas desde fuera del aparato estatal. Muchas de las revueltas sudamericanas del siglo XIX, argumentamos, se originaron en las debilidades de los ejércitos de la región, pero la expansión y la profesionalización de las Fuerzas Armadas a finales de siglo desalentaron revueltas posteriores. Dos factores internacionales exógenos, el auge de las exportaciones y los conflictos interestatales (<xref ref-type="bibr" rid="CIT062">Schenoni, 2021</xref>, <xref ref-type="bibr" rid="CIT063">2024</xref>), proporcionaron a los países sudamericanos tanto los fondos como los incentivos para aumentar el tamaño y la profesionalización de sus Fuerzas Armadas. Esto permitió a los Estados de la región alcanzar un monopolio de la violencia, transformando radicalmente la política interna en América del Sur.</p>
<p>Este estudio amplía la literatura sobre guerras civiles de manera conceptual, empírica y teórica. Nuestra innovación conceptual central es el desarrollo de una tipología original que identifica cuatro categorías distintas de revueltas según si los líderes rebeldes provienen de dentro o fuera del aparato estatal (revueltas internas versus externas) y si provienen de las élites o las masas. Nuestra principal contribución empírica es el desarrollo y el análisis de una base de datos integral sobre revueltas entre 1830 y 1929 (<xref ref-type="bibr" rid="CIT037">Madrid y Schenoni, 2024</xref>). Esta base de datos nos permite documentar rigurosamente la disminución de las revueltas en general durante este período e identificar tendencias importantes en diferentes tipos de revueltas que la literatura ha pasado por alto. También nos permite llevar a cabo lo que creemos que es el primer análisis cuantitativo de las revueltas sudamericanas durante este período.</p>
<p>Nuestra principal contribución teórica es demostrar que los aumentos en el tamaño y la profesionalización del Ejército reducen algunos tipos de revueltas, pero no otros. Aunque este no es el primer estudio que sugiere que el fortalecimiento de los ejércitos sudamericanos al comienzo del siglo XX condujo a una disminución de las revueltas, es el primero en documentarlo sistemáticamente y mostrar cómo el aumento de la fuerza militar llevó a la reducción de revueltas desde fuera del aparato estatal, como insurrecciones de élites y levantamientos populares, pero no revueltas desde dentro del Estado, como golpes militares. La disminución de las revueltas externas trajo importantes beneficios, especialmente porque, como mostramos, las revueltas externas tendían a ser las más grandes y sangrientas. Sin embargo, la continuación de las revueltas internas socavó la democracia y la estabilidad política en la región, ya que las revueltas internas tenían más probabilidades de tener éxito en derrocar al presidente.</p>
<p>Una contribución teórica adicional es mostrar que unos factores exógenos, específicamente el auge de las exportaciones, la amenaza de conflicto internacional y los resultados de las guerras internacionales, llevaron al fortalecimiento de las Fuerzas Armadas. Durante gran parte del siglo XIX, los gobiernos sudamericanos carecían de recursos para invertir extensivamente en sus ejércitos, pero la expansión del comercio extranjero a finales del siglo XIX generó nuevos ingresos que los Estados podían usar para importar armas sofisticadas, contratar asesores militares extranjeros, establecer nuevas escuelas militares y expandir el tamaño de sus ejércitos. Para explotar los recursos exportables, los Estados también necesitaban controlar eficazmente rincones distantes de sus territorios, lo que aumentaba las tensiones internacionales y proporcionaba la motivación para mejorar el Ejército. Además, los intensos conflictos militarizados entre naciones que persistieron hasta principios del siglo XX provocaron carreras armamentistas en toda la región a medida que las naciones se apresuraban a responder a las crecientes amenazas extranjeras. Quizás más importante aún: las principales guerras internacionales que América del Sur experimentó a fines del siglo XIX tuvieron un impacto duradero en las Fuerzas Armadas que las combatieron, fortaleciéndolas o debilitándolas, según su resultado (<xref ref-type="bibr" rid="CIT062">Schenoni, 2021</xref>, <xref ref-type="bibr" rid="CIT063">2024</xref></p>
<p>Para explorar estas preguntas, este estudio emplea una estrategia multimétodo y aprovecha una abundancia de evidencia cualitativa y cuantitativa. Nos basamos en numerosos estudios históricos para construir nuestra base de datos, describir las principales características y ubiquidad de las revueltas durante el siglo XIX y mostrar cómo disminuyeron una vez que los países sudamericanos expandieron y profesionalizaron sus Fuerzas Armadas. Luego demostramos que la fuerza militar puede explicar la variación temporal y transnacional en las revueltas externas mejor que cualquier otra hipótesis alternativa.</p>
<p>El siglo XIX en América del Sur proporciona un laboratorio interesante y relativamente inexplorado para explorar las causas del conflicto doméstico. La longitud misma del período histórico, la falta de desgaste de los Estados sudamericanos (en comparación con los europeos en ese momento) y la alta intensidad y frecuencia de las revueltas conforman un escenario ideal para probar teorías disponibles. Explicar el declive de las revueltas en la América del Sur decimonónica también puede arrojar luz sobre las causas de las transformaciones en la violencia política en otros períodos de tiempo y regiones<xref ref-type="fn" rid="fn006">[3]</xref>. La profesionalización militar y la construcción del Estado ocurrieron antes en América del Sur que en África y partes de Asia. La relativa lentitud de los países africanos y asiáticos en términos de desarrollo de sus fuerzas militares podría explicar por qué siguieron siendo propensos a las revueltas externas durante gran parte del siglo XX.</p>
<p>Este artículo está organizado de la siguiente manera. La primera sección presenta una tipología de revueltas y muestra cómo la frecuencia y el tipo de revueltas cambiaron con el tiempo y entre países. La segunda sección discute la literatura existente sobre revueltas en América Latina y sobre guerra civil en general. Utiliza estas referencias para desarrollar una explicación del declive de las revueltas que se centra en los esfuerzos de expansión y profesionalización militar que llevaron a cabo los países sudamericanos durante este período. Las tercera y cuarta secciones examinan la evolución de la fuerza militar en América del Sur durante el siglo XIX y principios del siglo XX: estas secciones argumentan que el fortalecimiento y la profesionalización del Ejército redujeron la frecuencia de ciertos tipos de revueltas. La quinta sección presenta una prueba estadística de este argumento, y la conclusión destaca las contribuciones teóricas, conceptuales y empíricas de este estudio.</p>
</sec>
<sec id="S2">
<title>II. La dimensión de las revueltas en América del Sur</title>
    <p>¿Qué tan frecuentes fueron las revueltas en América del Sur durante el siglo XIX y principios del siglo XX? ¿Cómo variaron a lo largo del tiempo y entre países? Los estudios existentes han carecido de los datos para responder a estas preguntas con precisión. De hecho, la gran cantidad de revueltas ha llevado a algunos académicos a perder la esperanza de poder contabilizarlas todas (<xref ref-type="bibr" rid="CIT015">Centeno, 2002</xref>, p. 61; <xref ref-type="bibr" rid="CIT034">Loveman, 1999</xref>, p. 43). Para obtener un recuento completo de las revueltas, utilizamos más de 250 fuentes históricas para construir una base de datos original de todas las rebeliones en la región desde 1830 hasta 1929 (ver <ext-link ext-link-type="uri" xlink:href="https://direct.mit.edu/isec/article-abstract/48/3/129/119983/Reining-in-Rebellion-The-Decline-of-Political">apéndice en línea</ext-link> de <xref ref-type="bibr" rid="CIT037">Madrid y Schenoni, 2024</xref>). Definimos una revuelta como una <italic>instancia del uso o amenaza creíble de la fuerza por parte de un grupo político doméstico desafiando la autoridad del Estado</italic>.</p>
<p>Nuestros datos revelan una dramática disminución en las revueltas en América del Sur desde el siglo XIX al XX, como indica la <xref ref-type="fig" rid="F000">Figura 1</xref>. Nos centramos aquí en revueltas que involucraron al menos a 500 rebeldes, porque los datos sobre ellas son más abundantes, lo que reduce el error de medición e identificación.</p>
    <fig id="F000">
        <label>Figura 1</label>
        <caption><title>El declive de las revueltas importantes en Sudamérica por década</title></caption>
        <graphic xmlns:xlink="http://www.w3.org/1999/xlink" xlink:href="fig-1-31961.jpg"/>
        <attrib>Fuente: Madrid y Schenoni (2024).</attrib></fig>
<p>Entre 1830 y 1899, hubo en promedio 0.45 revueltas importantes activas por país/año, lo que significa que cada país tenía casi igual probabilidad de enfrentar una rebelión importante en cualquier año dado. En contraste, en las primeras tres décadas del siglo XX, este promedio disminuyó a 0.21, aproximadamente una quinta parte de probabilidad de ver una rebelión importante en cualquier país/año. Si bien la disminución se debe en parte a la mayor duración de las revueltas en el siglo XIX, el hallazgo se mantiene cuando solo observamos el inicio de las revueltas: un promedio de treinta por década en el siglo XIX, en comparación con solo quince por década a principios del siglo XX. Estas tendencias son similares si nos centramos en revueltas especialmente prolongadas, grandes o impactantes. Como muestra la <xref ref-type="fig" rid="F000">Figura 1</xref>, las revueltas que duraron más de un año involucraron a más de 5 000 rebeldes y llevaron al derrocamiento del jefe del Ejecutivo, disminuyeron drásticamente durante el temprano siglo XX, llegando a solo un puñado de casos para la década de 1920.</p>
    <fig id="F001">
        <label>Figura 2</label>
        <caption><title>Las rebeliones importantes en Sudamérica (1830-1899 y 1900-1929)</title></caption>
        <graphic xmlns:xlink="http://www.w3.org/1999/xlink" xlink:href="fig-2-31961.jpg"/>
        <attrib>Fuente: Madrid y Schenoni (2024).</attrib></fig>
<p>La <xref ref-type="fig" rid="F001">Figura 2</xref> complementa este panorama, mostrando cómo varió la frecuencia de las revueltas importantes en diferentes países y tiempos. Argentina, con más de 8 revueltas importantes por década, fue el país más rebelde entre 1830 y 1899. En contraste, Chile y Paraguay tuvieron el menor número de revueltas importantes durante este período. Todos los países sudamericanos experimentaron una disminución en el número de revueltas durante las primeras tres décadas del siglo XX, con las únicas excepciones de Ecuador y Paraguay. En los otros ocho países sudamericanos, y especialmente en Argentina y Uruguay, la disminución de las revueltas fue dramática. Como discutimos más adelante, estos casos muestran cómo <italic>shocks</italic> externos, comerciales y marciales afectan la fuerza militar y la probabilidad de revueltas.</p>
</sec>
<sec id="S3">
<title>III. Tipos de revueltas en América del Sur</title>
<p>Para explorar la variación entre diferentes tipos de revueltas, identificamos cuatro categorías distintas, basadas en si el líder provenía de dentro o fuera del aparato estatal nacional y si el líder rebelde provenía de las élites o las masas<xref ref-type="fn" rid="fn005">[4]</xref>. En adelante, nos referimos a las revueltas con líderes de fuera del aparato estatal como revueltas o rebeliones externas y a las revueltas de dentro del aparato estatal, incluido el Ejército, como revueltas o rebeliones internas. Nuestra tipología, que se representa en la <xref ref-type="fig" rid="Tw001">Tabla 1</xref>, se basa en gran medida en tipos de revueltas previamente conceptualizadas, como golpes de Estado y guerras civiles, pero ofrece una sistematización novedosa que está más en línea con el trabajo historiográfico. Por ejemplo, identifica un tipo importante de revuelta, insurrecciones de élites (es decir, revueltas por élites fuera del aparato estatal), que fue recurrente en América del Sur durante este período, pero no ha sido conceptualizado por científicos políticos<xref ref-type="fn" rid="fn004">[5]</xref>.</p>
    <table-wrap id="Tw001">
        <label>Tabla 1</label>
        <caption>
            <title>Una tipología de revueltas basada en los orígenes de sus líderes</title></caption>
        <table id="T001" frame="hsides" border="1" rules="all">
            <col width="35%"/>
            <col width="15%"/>
            <col width="25%"/>
            <col width="25%"/>
            <thead>
                <tr>
<th valign="middle" align="center" rowspan="2" colspan="2">Dentro</th>
<th valign="middle" align="center" colspan="2">Posición de los líderes rebeldes frente al aparato estatal</th>
                    </tr>
                <tr>
<th valign="middle" align="center">Fuera</th>
<th  valign="middle" align="center"> </th>
</tr>
</thead>
<tbody>
<tr>
<td valign="middle" align="left" rowspan="2">Posición socioeconómica de los líderes rebeldes</td>
<td valign="middle" align="left">Élites</td>
<td valign="middle" align="left">Golpe de estado</td>
<td valign="middle" align="left">Insurrección de élites</td>
</tr>
<tr>
<td valign="middle" align="left">Masas</td>
<td valign="middle" align="left">Motín</td>
<td valign="middle" align="left">Sublevación popular</td>
</tr>
</tbody>
</table>
<attrib>Fuente: Madrid y Schenoni (2024).</attrib></table-wrap>
<p>Las categorizaciones alternativas que se centran en las consecuencias de las revueltas atraviesan nuestras categorías. Las guerras civiles, por ejemplo, típicamente se refieren a revueltas de actores no estatales que superan un umbral de muertes en batalla de 1 000; cualquiera de nuestros tipos de revueltas puede convertirse en una guerra civil, aunque las rebeliones externas son más propensas a hacerlo (<xref ref-type="bibr" rid="CIT020">Fearon, 2004</xref></p>
<p>Nuestra tipología define los golpes de Estado como «intentos ilegales y abiertos por parte del Ejército u otras élites dentro del aparato estatal para derrocar al Ejecutivo en funciones» (<xref ref-type="bibr" rid="CIT047">Powell y Thyne, 2011</xref>, p. 252). La gran mayoría de los golpes de Estado se originan en el Ejército, aunque también pueden ser llevados a cabo por funcionarios gubernamentales de alto rango, como ministros del Gabinete. El derrocamiento del presidente de Colombia por parte del general José María Melo en 1854 es un ejemplo clásico de un golpe de Estado del siglo XIX, porque fue claramente liderado por un oficial militar en servicio activo, aunque también involucró a artesanos y algunos líderes civiles. Identificamos sesenta y seis intentos de golpes de Estado importantes entre 1830 y 1929, proporcionando una valiosa extensión a los conjuntos de datos de golpes de Estado existentes que comienzan alrededor de 1946 (<xref ref-type="bibr" rid="CIT016">Chin <italic>et al</italic>., 2021</xref></p>
<p>Las insurrecciones de élites son revueltas lideradas por élites fuera del aparato estatal. Pueden consistir en élites locales que intentan separarse o partidos de oposición o políticos que toman las armas para derrocar al Gobierno. Un ejemplo prominente sería la Revolución Liberal de 1895 en Ecuador, en la que las fuerzas del Partido Liberal comandadas por Eloy Alfaro, un líder de la oposición, derrocaron al Gobierno. Las insurrecciones de élites fueron, de lejos, el tipo más común de revuelta importante entre 1830 y 1929: registramos 152 de ellas durante este período.</p>
<p>Las sublevaciones populares se refieren a rebeliones lideradas por subalternos que están fuera del Estado. La sublevación de 1927 de los indígenas en Chayanta, Bolivia, se clasificaría como una sublevación popular, al igual que otras revueltas indígenas, protestas laborales violentas y rebeliones de esclavos. Identificamos treinta y cuatro sublevaciones populares importantes durante este período.</p>
<p>Finalmente, hay revueltas desde dentro del Estado que no son lideradas por élites, como motines de soldados rasos o suboficiales. Estas revueltas fueron típicamente más pequeñas y quizás por este motivo registramos pocos casos. Por lo tanto, excluimos esta categoría de las estadísticas descriptivas en la <xref ref-type="fig" rid="F003">Figura 3</xref>.</p>
    <fig id="F003">
        <label>Figura 3</label>
        <caption><title>Características de las grandes revueltas en América del Sur por tipo de rebelión</title></caption>
        <graphic xmlns:xlink="http://www.w3.org/1999/xlink" xlink:href="fig-3-31961.jpg"/>
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        <graphic xmlns:xlink="http://www.w3.org/1999/xlink" xlink:href="fig-5-31961.jpg"/>
        <attrib>Fuente: Madrid y Schenoni (2024).</attrib></fig>
    <p>Nos centramos en los orígenes de los líderes por razones conceptuales y teóricas. Conceptualmente, los orígenes de los líderes proporcionan un criterio claro y apropiado para categorizar una revuelta como una rebelión interna o externa<xref ref-type="fn" rid="fn003">[6]</xref>. Teóricamente, el origen del liderazgo importa por al menos dos razones. Primero, los orígenes de los líderes ayudan a determinar la probabilidad de éxito de las revueltas. Las revueltas lideradas por élites internas tienen más probabilidades de tener éxito porque estas élites tienden a tener un mayor acceso a recursos, incluidas tropas, armamento, financiamiento y los medios de comunicación. Como indica la <xref ref-type="fig" rid="F003">Figura 3</xref>, entre 1830 y 1929, casi el 71 por ciento de los intentos de golpe de Estado en América del Sur derrocaron al Gobierno, en comparación con solo el 30 por ciento de las insurrecciones de élites y el 3 por ciento de las sublevaciones populares. Segundo, los orígenes de los líderes rebeldes también impactan en el tamaño y los costos de las revueltas. Mientras que las rebeliones internas tienden a resolverse rápidamente y con un mínimo de derramamiento de sangre, las revueltas externas suelen ser más prolongadas y violentas. Entre 1830 y 1929, el 21 por ciento de las sublevaciones populares y el 14 por ciento de las insurrecciones de élites en América del Sur duraron más de un año, en comparación con el 6 por ciento de los golpes de Estado. Del mismo modo, el 29 por ciento de las revueltas externas llevaron a más de 1 000 muertes en el campo de batalla, un umbral común para clasificar las guerras civiles, en comparación con solo el 10 por ciento de los golpes de Estado.</p>
<p>Aún más interesante para nuestros propósitos, la desagregación del tipo de revuelta por los orígenes de sus líderes ayuda a arrojar luz sobre la disminución de las revueltas entre el siglo XIX y el XX. Como muestra la <xref ref-type="fig" rid="F004">Figura 4</xref>, esta disminución se debe a una fuerte caída en el número de revueltas externas, es decir, revueltas desde fuera del aparato estatal. Durante el siglo XIX, el 75 por ciento de las revueltas importantes en América del Sur provenían de fuera del Estado, pero, en las primeras tres décadas del siglo XX, las rebeliones externas constituían solo el 62 por ciento de todas las revueltas importantes. Las élites lideraron la mayoría de las revueltas externas tanto en el siglo XIX como a principios del siglo XX, pero el número de insurrecciones de élites disminuyó significativamente con el tiempo. Entre 1830 y 1899, la probabilidad de que un país sufriera una insurrección importante de élites en un año determinado fue del 0.30, mientras que entre 1900 y 1929, este número disminuyó a 0.11. Una tendencia similar prevaleció con las sublevaciones populares importantes, que disminuyeron de una probabilidad del 0.06 en el siglo XIX a 0.03 entre 1900 y 1929. El número de intentos de golpe de Estado disminuyó de manera más modesta desde el siglo XIX hasta el inicio del siglo XX y, como resultado, los golpes de Estado constituyeron una porción creciente de todas las revueltas. Como muestra la <xref ref-type="fig" rid="F004">Figura 4</xref>, durante la mayor parte del siglo XIX, hubo más de tres veces más revueltas externas que revueltas internas, pero, para la década de 1920, su frecuencia era aproximadamente la misma.</p>
    <fig id="F004">
        <label>Figura 4</label>
        <caption><title>Frecuencia de las revueltas internas y externas en Sudamérica por década</title></caption>
        <graphic xmlns:xlink="http://www.w3.org/1999/xlink" xlink:href="fig-6-31961.jpg"/>
        <attrib>Fuente: Madrid y Schenoni (2024).</attrib></fig>
<p>En resumen, nuestra nueva base de datos (<xref ref-type="bibr" rid="CIT037">Madrid y Schenoni, 2024</xref>) indica que durante el inicio del siglo XX hubo una fuerte disminución de las revueltas en América del Sur, y los grandes, prolongados y sangrientos conflictos internos que asolaron la región durante el siglo XIX en su mayoría llegaron a su fin. Mostramos que esta disminución variaba en cierta medida entre los países, siendo Paraguay el único que experimentó un aumento en las revueltas importantes durante las primeras décadas del siglo XX (discutimos este caso más adelante). También encontramos que las rebeliones internas y externas diferían considerablemente en términos de su tamaño promedio, duración, nivel de violencia y éxito en el derrocamiento del Gobierno. Finalmente, mostramos que las revueltas externas impulsaron la disminución de la violencia política, mientras que las revueltas internas permanecieron relativamente estables. Como veremos, las tendencias divergentes en las revueltas internas y externas pueden explicarse por el fortalecimiento de los ejércitos sudamericanos a principios del siglo XX, ya que la fuerza militar desalentó las insurrecciones de élites y las sublevaciones populares, pero no los golpes de Estado.</p>
</sec>
<sec id="S4">
<title>IV. Explicando la pacificación interna</title>
<p>La literatura histórica ha destacado que las revueltas en América del Sur durante el siglo XIX fueron complejas y tuvieron una amplia variedad de causas. Gran parte de la literatura histórica se centra en las motivaciones de los rebeldes. Por ejemplo, Robert Scheina (<xref ref-type="bibr" rid="CIT061">2003</xref>, p. 23) argumenta: «Las causas de las guerras en América Latina durante el siglo XIX son numerosas y crean un tejido vivo y colorido… Los hilos más vívidos han sido la guerra racial, la ideología de la independencia, la controversia de la separación versus la unión, disputas de límites, conquistas territoriales, caudillismo, luchas intraclases, intervenciones causadas por el capitalismo y guerras religiosas».</p>
<p>Mientras tanto, Frank Safford (<xref ref-type="bibr" rid="CIT058">1992</xref>, p. 85) identifica cinco tipos de explicaciones para estas revueltas, incluidos factores culturales, estructuras económicas, debilidad fiscal, cambios en las relaciones de poder entre grupos élites e ideologías e intereses conflictivos.</p>
<p>La literatura sobre conflictos de este tipo ha explorado extensamente el papel que los factores económicos, las divisiones étnicas y religiosas y el tipo de régimen han desempeñado en las revueltas (<xref ref-type="bibr" rid="CIT014">Cederman y Vogt, 2017</xref>). En este contexto, creemos que las motivaciones de los rebeldes son importantes, pero no pueden explicar completamente las tendencias a largo plazo en las revueltas sudamericanas, que es el propósito de este artículo. Desde el punto de vista teórico, estas explicaciones no indican por qué los ciudadanos tuvieron la oportunidad de rebelarse en primer lugar, es decir, no explican por qué los insurgentes pudieron levantar las armas y repeler a las tropas gubernamentales, independientemente de sus motivaciones. Desde el punto de vista empírico, estos enfoques tienen dificultades para explicar la dramática disminución de las revueltas que ocurrió a principios del siglo XX, ya que los regímenes autoritarios, las divisiones étnicas, el fraude electoral, las rivalidades entre naciones y las dificultades económicas seguían siendo generalizadas.</p>
<p>Otro enfoque en la literatura de conflicto se centra en la debilidad del Estado, en lugar de en las motivaciones de los rebeldes, como la causa principal de las revueltas. Derivado en parte del estudio de las revoluciones, este enfoque «se ha convertido en el paradigma explicativo dominante en la literatura sobre guerras civiles» (<xref ref-type="bibr" rid="CIT014">Cederman y Vogt, 2017</xref>, p. 1997). El enfoque de Estado débil sugiere que las motivaciones para la rebelión son generalizadas, pero solo tienden a resultar en revueltas significativas donde el Estado carece de la capacidad para prevenir o suprimir las revueltas. Las revueltas ocurren, en palabras de un estudio influyente, porque «gobiernos centrales financieramente, organizativa y políticamente débiles hacen que la insurgencia sea más factible y atractiva debido a la débil vigilancia local o a prácticas de contrainsurgencia ineptas y corruptas» (<xref ref-type="bibr" rid="CIT020">Fearon y Laitin, 2010</xref>, p. 75). Sin embargo, esta literatura generalmente se centra en el nivel subnacional o transnacional y rara vez analiza patrones regionales a largo plazo.</p>
<p>Basándonos en este enfoque, así como en el trabajo de historiadores, nos centramos en una dimensión específica de la capacidad estatal: la fuerza militar. Definimos la fuerza militar no simplemente como el número de tropas en el Ejército, sino también como el grado de su profesionalización, es decir, la sofisticación del armamento, entrenamiento y liderazgo que posee el Ejército. Argumentamos que las revueltas ocurrieron con frecuencia durante el siglo XIX porque los países sudamericanos tenían ejércitos pequeños y mal equipados, entrenados y dirigidos. Una vez que estos Estados expandieron y profesionalizaron sus Fuerzas Armadas a principios del siglo XX, el número de revueltas en la región disminuyó precipitadamente. Los ejércitos fuertes podrían derrotar las revueltas antes de que se convirtieran en revoluciones importantes, pero, aún más importante, la fuerza militar desalentaba las revueltas. Los rebeldes potenciales eran poco propensos a rebelarse si creían que las rebeliones serían rápidamente suprimidas por un Ejército poderoso.</p>
<p>Ciertamente, este no es el primer estudio que sugiere que la expansión y la profesionalización militar redujeron las revueltas en América del Sur en el siglo XX<xref ref-type="fn" rid="fn002">[7]</xref>. Sin embargo, vamos mucho más allá de los estudios existentes al documentar cómo el aumento de la fuerza militar condujo a la disminución a nivel regional. Además, mostramos que el aumento de la fuerza militar explica no solo por qué las revueltas disminuyeron en América del Sur desde el siglo XIX hasta el XX, sino también por qué esto sucedió más rápidamente en algunos países que en otros, ya que no todos los Estados expandieron y profesionalizaron sus ejércitos al mismo tiempo o al mismo grado. Igualmente importante, el crecimiento de la fuerza militar explica por qué algunos tipos de revueltas disminuyeron en América del Sur a principios del siglo XX mientras que otros no. El fortalecimiento de las Fuerzas Armadas desalentó las revueltas externas, como insurrecciones de élites y sublevaciones populares, porque proporcionó al ejército un mayor número de tropas, así como armas y entrenamiento mucho más sofisticados que los que tenían los rebeldes. Sin embargo, los avances en la sofisticación tecnológica y el tamaño de las Fuerzas Armadas no desalentaron los golpes de Estado. De hecho, los esfuerzos para fortalecer al Ejército a veces empoderaron tanto a quienes buscaban llevar a cabo golpes de Estado como a aquellos que se oponían a ellos.</p>
<p>Aunque se supone que la profesionalización militar separa al Ejército de la política y establece el control civil sobre los militares (<xref ref-type="bibr" rid="CIT027">Huntington, 1957</xref>), esto no se logró en América del Sur. Como ha argumentado Alfred Stepan (<xref ref-type="bibr" rid="CIT067">1973</xref>), los ejércitos en esta región tradicionalmente han sido responsables de mantener la seguridad interna y externa, lo que les proporcionó una justificación para intervenir en la política. Las Fuerzas Armadas derrocaron a líderes civiles no solo para resolver amenazas percibidas a la seguridad nacional, sino también para salvaguardar sus propios intereses, así como los de élites políticas aliadas. Según Linda Alexander Rodríguez (<xref ref-type="bibr" rid="CIT053">1994</xref>, p. 13), «la profesionalización tuvo el efecto a largo plazo de politizar a las Fuerzas Armadas para defender sus intereses corporativos, que identificaron como sinónimos de los de la nación». La profesionalización militar incluso puede haber alentado algunos golpes de Estado al aumentar la confianza y la autonomía de los oficiales militares y persuadir a algunos oficiales de que podrían hacer un mejor trabajo gobernando que los líderes civiles (<xref ref-type="bibr" rid="CIT055">Rouquié, 1987</xref>, p. 102; <xref ref-type="bibr" rid="CIT022">Fitch, 1998</xref>, p. 6). Los aumentos en los presupuestos militares y el personal también aumentaron la influencia de las Fuerzas Armadas y el número de conspiradores que participaron de tentativas de golpe de Estado. Por todas estas razones, las revueltas internas, en contraste con las revueltas externas, no disminuyeron significativamente a raíz de la profesionalización de las Fuerzas Armadas sudamericanas.</p>
<p>El fortalecimiento de las Fuerzas Armadas en el siglo XIX fue impulsado exógenamente. Como muestra nuestra narrativa histórica, los gobernantes sudamericanos fortalecieron sus ejércitos a finales del siglo XIX principalmente para enfrentar amenazas extranjeras (<xref ref-type="bibr" rid="CIT063">Schenoni, 2024</xref>). Durante el siglo XIX tardío, América del Sur experimentó dos guerras importantes y mantuvo numerosos conflictos fronterizos no resueltos que llevaron a rivalidades amargas y una militarización creciente a principios del siglo XX también. Los países sudamericanos habían sido afectados por conflictos internacionales desde la independencia, pero, durante gran parte del siglo XIX, los gobiernos estaban en una situación financiera lamentable y carecían de los fondos para invertir en sus ejércitos. El auge de las exportaciones a fines del siglo XIX y principios del siglo XX, sin embargo, puso a estos países en una situación financiera mucho más sólida, proporcionándoles los ingresos para expandir sus ejércitos e importar armamento y asesores militares extranjeros. El auge de las exportaciones también creó fricciones a medida que los colonos europeos expandieron la frontera agrícola y el capital se movió hacia regiones periféricas, llevando a los Estados sudamericanos a buscar ejercer control sobre áreas fronterizas anteriormente remotas donde se producían productos exportables. De esta manera, las condiciones económicas, así como la competencia y el conflicto regionales, desencadenaron una especie de carrera armamentista, poniendo presión sobre los países sudamericanos para expandir y profesionalizar sus Fuerzas Armadas. El resultado fue una tendencia regional de fortalecimiento militar que llevó a la disminución de las revueltas en toda la región.</p>
</sec>
<sec id="S5">
<title>V. Los ejércitos débiles de América del Sur en el siglo XIX</title>
<p>La debilidad de los ejércitos sudamericanos durante el siglo XIX se originó en una variedad de factores, incluyendo el tamaño reducido de los ejércitos, el armamento rudimentario, la escasez de disciplina y entrenamiento militar y la politización del cuerpo de oficiales. Además, los Estados sudamericanos descentralizaron la seguridad, creando milicias que a veces se volvían contra el Ejército nacional. Todas estas deficiencias alentaron las revueltas externas.</p>
<p>Los gobiernos latinoamericanos tenían dificultades para invertir en sus ejércitos durante la mayor parte del siglo XIX debido a la escasez de fondos, especialmente de moneda extranjera. Las guerras de independencia interrumpieron el comercio y destruyeron las economías latinoamericanas, y la inestabilidad política combinada con la falta de infraestructura y políticas ineficientes frenaron la recuperación económica en las décadas siguientes. El PIB per cápita creció a una tasa de solo 0.6 por ciento anual entre 1820 y 1870 en América del Sur (<xref ref-type="bibr" rid="CIT012">Bértola y Ocampo, 2013</xref>, p. 62). El escaso crecimiento económico limitó gravemente los ingresos fiscales, lo que a su vez limitó el gasto gubernamental. Aunque los gastos militares eran relativamente bajos, típicamente representaban una gran parte del gasto estatal, reduciendo la capacidad de los gobiernos latinoamericanos para abordar otras necesidades. Después de las guerras de independencia, los gobiernos sudamericanos redujeron el tamaño de sus ejércitos para aliviar sus cargas fiscales. La mayoría de los ejércitos mantuvieron un pequeño tamaño durante la mayor parte del siglo XIX, especialmente en comparación con sus contrapartes europeas. El Ejército de Bolivia típicamente contaba con menos de 2 000 hombres durante el siglo XIX (<xref ref-type="bibr" rid="CIT019">Dunkerley, 2003</xref>, p. 71). El Ejército colombiano nunca superó los 4 000 hombres antes de la década de 1880 y, a menudo, tenía menos de 2 000 hombres (<xref ref-type="bibr" rid="CIT032">López-Alves, 2000</xref>, p. 138). Según Centeno (<xref ref-type="bibr" rid="CIT015">2002</xref>, p. 224), menos de la mitad del 1 por ciento de la población usualmente participaba en los ejércitos de los países sudamericanos.</p>
<p>Cuando una amenaza extranjera o doméstica lo requería, los ejércitos usualmente se expandían, pero de manera bastante improvisada. Durante la guerra, el Ejército barría los barrios urbanos y los pueblos rurales, reclutando a cualquier hombre capaz que pudieran encontrar. Un dicho popular de la época era: «Si quieres más voluntarios, envía más cadenas» (<xref ref-type="bibr" rid="CIT028">Johnson, 1964</xref>, p. 54). Los salarios de los soldados eran miserables, el Gobierno a veces se retrasaba en los pagos y los soldados desertaban con frecuencia a pesar de las severas sanciones por hacerlo (<xref ref-type="bibr" rid="CIT055">Rouquié, 1987</xref>, p. 65). Además, los soldados recibían poco entrenamiento. Como señala João Resende-Santos (<xref ref-type="bibr" rid="CIT050">2007</xref>, p. 121), «Antes de la década de 1880, ninguno de los ejércitos regionales tenía un sistema estandarizado de reclutamiento, entrenamiento y reservas». Los soldados provenían abrumadoramente de los sectores más pobres de la población y típicamente tenían poca educación, si es que tenían alguna. La mayoría de los soldados eran analfabetos y muchos eran vagabundos e incluso criminales. Colombia informó en 1882 que solo el 30 por ciento de sus tropas sabía leer (<xref ref-type="bibr" rid="CIT018">Deas, 2002</xref>, p. 92).</p>
<p>Los oficiales militares en América del Sur también carecían de entrenamiento y organización adecuados durante este período. Según Brian Loveman (<xref ref-type="bibr" rid="CIT034">1999</xref>, p. 32), los ejércitos del siglo XIX «no estaban organizados bajo un Estado Mayor operacional, no realizaban prácticamente ningún plan para diversas amenazas militares, llevaban a cabo pocos ejercicios militares y no estaban preparados para el combate sostenido». Los oficiales del Ejército rara vez asistían a escuelas militares: en 1893, el Ministerio de Guerra argentino informó que solo treinta de sus aproximadamente 1 400 oficiales del Ejército habían recibido entrenamiento avanzado o se habían graduado de una academia militar (<xref ref-type="bibr" rid="CIT050">Resende-Santos, 2007</xref>, p. 122). Algunos gobiernos sudamericanos fundaron academias militares durante el siglo XIX, pero estas academias operaban típicamente de manera irregular y sus planes de estudio estaban desactualizados. Las conexiones políticas, en lugar de la experiencia militar, determinaban el ascenso en los rangos de oficiales. En muchos países sudamericanos, las promociones generalizadas llevaron a un exceso de oficiales, particularmente en los rangos superiores. Bolivia, por ejemplo, tenía un general por cada 102 soldados y un oficial por cada seis soldados en 1841. Los rangos de oficiales de Venezuela estaban aún más inflados: un censo del estado de Carabobo en 1873 contaba con 3 450 oficiales comisionados, incluyendo 627 coroneles y 449 generales, de una población de 22 952 habitantes (<xref ref-type="bibr" rid="CIT045">Philip, 1985</xref>, p. 87).</p>
<p>Los ejércitos sudamericanos también carecían de armamento sofisticado durante la mayor parte del siglo XIX, confiando en armas punzantes, como la pica y el machete, en lugar de en armas de fuego. Antonio Arráiz (<xref ref-type="bibr" rid="CIT008">1991</xref>, p. 151) escribe que durante las revueltas «El combate se descomponía en una serie de encuentros personales en que los contendientes se agredían con lanzas, espadas, bayonetas, puñales y cuanto hubiera a mano». Ambos lados típicamente tenían algunas armas de fuego, pero estas eran armas primitivas con alcance y precisión limitados. Incluso cuando los ejércitos sudamericanos obtenían armas más sofisticadas, a menudo tenían problemas para repararlas y darles mantenimiento, y a veces las dejaban caer en manos de los rebeldes.</p>
<p>Durante el siglo XIX, la mayoría de los gobiernos sudamericanos reorganizaron y expandieron las guardias cívicas o milicias urbanas y provinciales, que habían existido desde la época colonial (<xref ref-type="bibr" rid="CIT056">Sábato, 2010</xref>, pp. 90-96). Estas milicias eran menos costosas de mantener que el ejército regular, pero hicieron poco para aumentar la autoridad del Estado central.</p>
<p>En primer lugar, los miembros de la milicia generalmente tenían poco entrenamiento o equipo, aunque había excepciones como en Brasil, donde las milicias estatales, especialmente las de São Paulo y Minas Gerais, gradualmente se entrenaron y armaron mejor que el Ejército federal (<xref ref-type="bibr" rid="CIT050">Resende-Santos, 2007</xref>, p. 124). El Gobierno generalmente requería que los miembros de las milicias proporcionaran sus propias armas y entrenamiento, pero los miembros a menudo no tenían armas de fuego y rara vez practicaban. En la región del Río de la Plata, los miembros de las milicias solo entrenaban uno o dos días al mes durante los tiempos de paz (<xref ref-type="bibr" rid="CIT048">Rabinovich y Sobrevilla, 2019</xref>, p. 784).</p>
<p>En segundo lugar, las milicias no siempre apoyaban al Gobierno. De hecho, a menudo formaban la base principal de los ejércitos rebeldes, lo cual era particularmente problemático dado que en la mayoría de los países las tropas de milicia superaban en gran medida al Ejército<xref ref-type="fn" rid="fn001">[8]</xref>. En algunos casos, las milicias se establecieron o se ampliaron para contrarrestar al Ejército regular: en Uruguay, por ejemplo, el Partido Blanco construyó una guardia nacional como contrapeso frente a un ejército dominado por el Partido Colorado (<xref ref-type="bibr" rid="CIT033">López Chirico, 1985</xref>, p. 29). A pesar de los esfuerzos periódicos para centralizar el control, en la mayoría de los países las milicias permanecieron bajo el liderazgo de autoridades provinciales y locales y a veces representaron una amenaza directa para el Gobierno nacional. En Argentina, las milicias provinciales típicamente suministraban tanto a las tropas como a las armas que se usaban en las revueltas durante el siglo XIX (<xref ref-type="bibr" rid="CIT023">Gallo, 1986</xref>, p. 379), y en Brasil, las milicias locales de los estados del sur sostuvieron una campaña de diez años contra el Ejército imperial durante la guerra de los Farrapos (<xref ref-type="bibr" rid="CIT051">Ribeiro, 2011</xref>, p. 271).</p>
<p>No casualmente, Chile y Paraguay, los dos países sudamericanos que tenían quizás la mayor capacidad coercitiva durante gran parte del siglo XIX, tuvieron la menor cantidad de revueltas en la región en este período. Chile no evitó las revueltas internas por completo: experimentó varias revueltas antes de 1860 y una guerra civil en 1891, pero su destreza militar, demostrada en la guerra de la Confederación (1836-1839) y la guerra del Pacífico (1879-1883), desalentó a la mayoría de los rebeldes domésticos. Chile desarrolló un fuerte ejército durante este período no mediante la expansión de su tamaño, sino más bien haciendo inversiones tempranas en entrenamiento extranjero<xref ref-type="fn" rid="fn000">[9]</xref>, así como en tácticas y armamento. Desde el principio, Chile también afirmó el control centralizado de su guardia nacional, que desempeñó un papel importante en sofocar las revueltas y en movilizar votos para el partido gobernante (<xref ref-type="bibr" rid="CIT071">Valenzuela, 1996</xref>, p. 228). Como se discute más adelante, el Estado chileno logró un mayor monopolio de la violencia cuando una misión militar alemana mucho más grande llegó en 1885.</p>
<p>Paraguay también disfrutó inicialmente de una relativa estabilidad política gracias a su considerable fuerza militar. Durante mediados del siglo XIX, Paraguay desarrolló uno de los ejércitos más grandes y fuertes de la región. El Gobierno paraguayo importó enormes cantidades de armas, reformó el entrenamiento de las tropas y trajo oficiales extranjeros, en particular el teniente coronel húngaro Francisco Wisner von Morgenstern, para modernizar y disciplinar su Ejército (<xref ref-type="bibr" rid="CIT076">Williams, 1979</xref>, p. 110). Incluso construyó una importante industria armamentista nacional. Para 1864-1865, el Ejército paraguayo tenía de 30 000 a 38 000 tropas, incluyendo treinta regimientos de infantería, veintitrés regimientos de caballería y cuatro regimientos de artillería, y el Ejército podía contar con 150 000 hombres adicionales en sus reservas (<xref ref-type="bibr" rid="CIT075">Whigham, 2002</xref>, p. 187). La fuerza militar del país disuadió eficazmente las revueltas antes de la guerra de la Triple Alianza (1865-1870). En esta guerra, sin embargo, las fuerzas combinadas de Brasil, Argentina y Uruguay destruyeron el ejército paraguayo. Consistente con nuestras expectativas, en las décadas siguientes, Paraguay sufrió numerosas rebeliones.</p>
</sec>
<sec id="S6">
<title>VI. El fortalecimiento militar</title>
<p>A finales del siglo XIX y principios del siglo XX, las naciones sudamericanas emprendieron importantes esfuerzos para fortalecer sus fuerzas militares, muchas veces con la asistencia de misiones militares extranjeras. Expandieron el tamaño de sus ejércitos, modernizaron su armamento, establecieron nuevas escuelas militares, adoptaron criterios meritocráticos para el reclutamiento y ascenso de oficiales y prohibieron las importaciones de armas privadas y las milicias locales. Como resultado, la fuerza militar aumentó y las revueltas externas disminuyeron significativamente, tanto en número como en intensidad, durante las primeras décadas del siglo XX. Los únicos países que continuaron teniendo numerosas revueltas externas fueron aquellos con las fuerzas militares más débiles, principalmente Ecuador y Paraguay.</p>
<p>Las naciones sudamericanas expandieron y profesionalizaron sus fuerzas militares durante este período por dos razones principales: el auge de las exportaciones y la amenaza de guerra con naciones vecinas. El auge de las exportaciones fue la condición permisiva (es decir, proporcionó los recursos necesarios para invertir en lo militar) y la amenaza de guerra interestatal fue la condición productiva porque hizo del fortalecimiento militar una necesidad apremiante.</p>
<p>Los países sudamericanos experimentaron una cantidad significativa de conflictos internacionales en el siglo XIX, lo que ejerció presión sobre sus gobiernos para fortalecer sus fuerzas militares. Entre 1820 y 1914, las naciones latinoamericanas libraron casi tantas guerras entre sí como los países europeos, y estas guerras duraron mucho más y causaron un porcentaje significativamente mayor de muertes de la población que en Europa (<xref ref-type="bibr" rid="CIT064">Schenoni <italic>et al.</italic>, 2024</xref>). La guerra de la Triple Alianza (1864-1870), con una estimación de 290 000 víctimas, fue la guerra más sangrienta de ese período, superando incluso a la guerra de Crimea según la estimación que se considere. La otra gran guerra sudamericana de este período, la guerra del Pacífico (1879-1883), tuvo niveles de víctimas similares al conflicto promedio europeo de la época. Aunque no hubo grandes guerras en América Latina entre 1884 y 1929, la región continuó sufriendo numerosos conflictos militarizados. David Mares (<xref ref-type="bibr" rid="CIT039">2001</xref>, p. 77) informa que, entre 1884 y 1918, los países sudamericanos tuvieron treinta y una disputas interestatales militarizadas, en las que se amenazó o desplegó la fuerza militar. K. J. Holsti (<xref ref-type="bibr" rid="CIT026">1996</xref>, p. 153) señala que en la región «se observan patrones de paz y guerra, intervención, depredación territorial, alianzas, carrera armamentista y equilibrio de poder bastante similares a los que se encuentran en Europa del siglo XVIII».</p>
<p>Estos conflictos proporcionaron dos tipos de shocks exógenos que afectaron la fuerza militar. Primero, la amenaza de guerra obligó a cada país a expandir, modernizar y a menudo movilizar sus Fuerzas Armadas. Los países sudamericanos pueden no haber enfrentado la aniquilación en conflictos internacionales, pero ciertamente corrieron el riesgo de perder territorio y vidas. Por esta razón, una vez que un país fortalecía su Ejército, sus vecinos y rivales se sentían obligados a hacer lo mismo. Como lo expresa Resende-Santos (<xref ref-type="bibr" rid="CIT050">2007</xref>, p. 37), «La intensificación de la competencia y la guerra militar, a su vez, provocó una reacción en cadena de emulación militar a gran escala», lo que resultó en una modernización militar que fue «de una escala, intensidad y duración no conocidas previamente en la región».</p>
<p>En segundo lugar, los resultados de la guerra tuvieron un efecto independiente en la fuerza militar, ya que la derrota en la guerra generalmente resultaba en una reducción militar, que a menudo era impuesta por los vencedores. La victoria en la guerra, mientras tanto, a menudo conducía a una expansión militar, ya sea con el fin de ocupar territorios o por legitimar a las Fuerzas Armadas (<xref ref-type="bibr" rid="CIT062">Schenoni, 2021</xref></p>
<p>El fortalecimiento militar fue costoso, pero el auge de las exportaciones de finales del siglo XIX y principios del siglo XX trajo nuevos ingresos a los gobiernos sudamericanos. Entre principios de la década de 1870 y finales de la década de 1920, el valor real de las exportaciones aumentó casi diez veces, pasando de menos de $1 300 millones a $12 400 millones en dólares constantes de 1980, gracias en parte a mejoras en la infraestructura, desarrollos tecnológicos, políticas económicas más liberales y la creciente demanda mundial (<xref ref-type="bibr" rid="CIT012">Bértola y Ocampo, 2013</xref>, pp. 86, 97). Al mismo tiempo, la inversión extranjera fluyó hacia la región, aumentando de $1 100 millones en 1880 a $11 200 millones en 1929 (<xref ref-type="bibr" rid="CIT012">Bértola y Ocampo, 2013</xref>, p. 124).</p>
<p>La inversión extranjera ayudó a capitalizar el sector exportador y construir infraestructuras, como ferrocarriles y puertos, que hicieron posibles las exportaciones. La expansión del comercio y la inversión extranjera no solo proporcionaron la moneda extranjera para pagar las importaciones de armas y las misiones militares extranjeras, sino que también proporcionaron incentivos para fortalecer el Ejército, ya que el auge de las exportaciones dependía de la capacidad de los Estados sudamericanos para controlar las áreas donde se producían los productos de exportación. Cuando estas áreas estaban controladas por rebeldes, el problema no se resolvía necesariamente mediante la subyugación militar; la mayoría de las veces era más fácil cooptar a los caudillos rurales permitiéndoles libertad en sus dominios (<xref ref-type="bibr" rid="CIT040">Mazzuca, 2021</xref>). El problema era mucho más difícil cuando dos Estados disputaban la soberanía sobre el territorio en cuestión: la guerra del Pacífico, por ejemplo, se originó en una disputa entre Bolivia y Chile sobre tierras ricas en nitrato en el desierto de Atacama. El auge de las exportaciones no solo generó incentivos para arrebatar tierras de los Estados vecinos, sino que también alimentó el conflicto al llevar mineros, agricultores y especuladores de todo tipo a áreas fronterizas.</p>
<p>La competencia militar fue más intensa donde las amenazas de guerra eran más apremiantes y donde los recursos estaban más fácilmente disponibles. Los países sudamericanos más ricos, especialmente aquellos que experimentaban auge de exportaciones, como Chile y Argentina, podían permitirse más fácilmente hacer grandes inversiones en sus Fuerzas Armadas. De hecho, Chile y Argentina se embarcaron en una formidable carrera armamentista a fines del siglo XIX y principios del siglo XX, importando armas cada vez más sofisticadas y casi llegando a la guerra en varias ocasiones entre 1898 y 1902. A principios del siglo XX, Argentina y Chile llegaron incluso a obtener acorazados, los buques de guerra más sofisticados de la época.</p>
<p>Pequeño territorialmente y rodeado de enemigos, Chile fue el primer impulsor en el proceso de modernización militar, contratando una misión alemana encabezada por el capitán Emil Körner en 1885. Argentina, que tenía graves disputas territoriales con Chile, respondió reclutando varios asesores militares en la década de 1880, y en 1899 también contrató una misión militar alemana. Bolivia y Perú, que continuaron reclamando la tierra que Chile conquistó en la guerra del Pacífico, respondieron de manera similar. Perú encargó una misión francesa en 1895, trayendo a treinta y tres oficiales franceses para enseñar en las escuelas militares peruanas entre 1896 y 1914 (<xref ref-type="bibr" rid="CIT043">Nunn, 1983</xref>, p. 114). El Ejército boliviano también contrató varios oficiales extranjeros para enseñar en sus escuelas militares durante la década de 1890 y en 1905 llegó su primera misión militar francesa, seguida de una misión alemana en 1910. Las misiones extranjeras se expandieron gradualmente desde Chile y sus vecinos hacia los demás países sudamericanos. Algunos de estos países, como Brasil, Paraguay y Uruguay, contrataron misiones o asesores europeos. Otros, como Colombia, Ecuador y Venezuela, contrataron asesores militares chilenos para enseñar el modelo militar prusiano y enviaron a sus propios oficiales militares a entrenar en Chile.</p>
<p>Con el apoyo de las misiones extranjeras, la mayoría de los países sudamericanos pasaron a expandir el tamaño de sus fuerzas militares mediante la promulgación de leyes que exigían el servicio militar. Chile fue el pionero nuevamente, instituyendo el servicio militar obligatorio universal en 1900. En respuesta, Argentina promulgó una ley de conscripción similar en 1901, y para 1910 pudo desplegar una fuerza permanente de 250 000 hombres (<xref ref-type="bibr" rid="CIT050">Resende-Santos, 2007</xref>, pp. 135, 202). Uruguay duplicó el tamaño de su Ejército (<xref ref-type="bibr" rid="CIT041">Moore, 1978</xref>, p. 40), mientras que Perú y Venezuela triplicaron el suyo.</p>
<p>Las fuerzas militares sudamericanas también buscaron mejorar la formación de oficiales y tropas mediante la apertura de nuevos institutos militares y la adopción de criterios meritocráticos para el ascenso de oficiales. En Chile, Körner renovó la formación militar siguiendo líneas prusianas: el Gobierno creó academias militares altamente selectivas para oficiales subalternos y suboficiales en 1887 y, posteriormente, estableció escuelas especializadas para infantería, caballería e ingenieros (<xref ref-type="bibr" rid="CIT059">Sater y Herwig, 1999</xref>, p. 44). Además, entre 1895 y 1913, 130 oficiales chilenos fueron enviados a Alemania para recibir más entrenamiento (<xref ref-type="bibr" rid="CIT050">Resende-Santos, 2007</xref>, p. 138). El Ejército argentino modeló de manera similar su plan de estudios educativos en la academia de guerra de Alemania, empleando a varios oficiales alemanes como instructores y enviando entre 150 y 175 oficiales a entrenar en Alemania (<xref ref-type="bibr" rid="CIT046">Potash, 1969</xref>, p. 4). Con el apoyo de su misión chilena, el Gobierno colombiano estableció varias instituciones para entrenar oficiales militares y adoptó criterios meritocráticos para el ascenso (<xref ref-type="bibr" rid="CIT009">Atehortúa Cruz y Vélez, 1994</xref>, p. 60).</p>
<p>La mayoría de los países sudamericanos también importaron una gran cantidad de armamento extranjero durante este período. En la década de 1890, por ejemplo, Chile realizó una importante compra de artillería Krupp, junto con 100 000 rifles Mauser; también firmó contratos para importar 15 millones de marcos alemanes de armas adicionales, con planes de equipar un ejército permanente de 150 000 hombres (<xref ref-type="bibr" rid="CIT050">Resende-Santos, 2007</xref>, p. 134). En 1889, Argentina adquirió 60 000 rifles Mauser alemanes y en 1894, cuando las tensiones con Chile eran altas, compró tanto equipo que, según un alto funcionario militar, podría «quemar la mitad de Chile» (<xref ref-type="bibr" rid="CIT049">Ramírez, 1987</xref>, p. 183). Durante principios de 1900, Brasil también compró varios cientos de miles de rifles Mauser, así como cañones Krupp de los alemanes, mientras que Uruguay importó cañones Krupp, ametralladoras Colt y Maxim y suficientes rifles Mauser y Remington para armar a 50 000 hombres (<xref ref-type="bibr" rid="CIT066">Somma, 2011</xref>, p. 160). Venezuela también fortaleció su Ejército comprando rifles Mauser, artillería Krupp y ametralladoras Hotchkiss, entre otras armas (<xref ref-type="bibr" rid="CIT061">Scheina, 2003</xref>, p. 248). Los gobiernos sudamericanos también tomaron medidas para obtener un monopolio en el uso de la fuerza al restringir las importaciones de armas por parte de entidades no gubernamentales y al afirmar el control o eliminar las milicias regionales y privadas. Estas medidas también fueron impulsadas en parte por la competencia internacional, que ejerció presión sobre las organizaciones militares para volverse más centralizadas y cohesionadas para evitar que las fuerzas autónomas fueran cooptadas por enemigos extranjeros y utilizadas como quintas columnas. Culminando el proceso de centralización de las Fuerzas Armadas que comenzó durante la guerra de la Triple Alianza (1864-70), el Gobierno argentino aprobó una ley en 1880 que prohibía a las «autoridades provinciales formar cuerpos militares bajo cualquier denominación que sea» (<xref ref-type="bibr" rid="CIT056">Sábato, 2010</xref>, p. 137). También disolvió la Guardia Nacional e integró a esta en el Ejército como una fuerza de reserva, aumentando sus efectivos en 65 000 hombres (<xref ref-type="bibr" rid="CIT043">Nunn, 1983</xref>, p. 48).</p>
<p>Los países que estaban más alejados de la intensa competencia del Cono Sur tardaron más en centralizar el poder militar, pero eventualmente implementaron reformas similares. El Gobierno colombiano inició un programa a principios de 1900 para recoger las muchas armas que sus ciudadanos habían almacenado durante la guerra de los Mil Días (1899-1902) y antes. Para 1909, este programa había recogido 65 505 armas y 1 138 649 balas, lo que dificultaba que los posibles rebeldes se armaran (<xref ref-type="bibr" rid="CIT011">Bergquist, 1978</xref>, p. 265). De manera similar, Venezuela restringió la cantidad de armas disponibles para ciudadanos privados y estados subnacionales a principios del siglo XX, y en 1919 abolió las milicias estatales (<xref ref-type="bibr" rid="CIT060">Schaposnik, 1985</xref>, p. 21).</p>
<p>Aunque el fortalecimiento de las Fuerzas Armadas sudamericanas fue impulsado principalmente por amenazas internacionales, desalentó las revueltas internas porque los posibles rebeldes sabían que tenían pocas posibilidades de prevalecer sobre un ejército profesional adecuadamente dotado y equipado. En 1911, por ejemplo, algunos caudillos pertenecientes al partido opositor Blanco en Uruguay intentaron llevar a cabo una revuelta, pero el liderazgo de su partido los bloqueó, afirmando que los rebeldes estarían en una «notoria desventaja» dada la fortaleza del Ejército, lo que quedó evidenciado por el fracaso desastroso de revueltas anteriores (<xref ref-type="bibr" rid="CIT072">Vanger, 1980</xref>, p. 151). De manera similar, en 1917, el líder blanco Basilio Muñoz persuadió al partido a firmar un pacto con el Gobierno y competir en elecciones porque una revuelta armada sería fútil (<xref ref-type="bibr" rid="CIT073">Vanger, 2010</xref>, p. 232).</p>
<p>En Colombia también, la profesionalización del Ejército a principios del siglo XX desalentó las revueltas que habían sido comunes durante el siglo XIX. Muchos liberales querían rebelarse en respuesta al fraude generalizado en las elecciones de 1922, pero el general Benjamín Herrera, el líder liberal y candidato presidencial de ese año, los disuadió en parte porque el Ejército fortalecido del país les daba pocas esperanzas de éxito (<xref ref-type="bibr" rid="CIT038">Maingot, 1967</xref>, p. 165).</p>
<p>En algunos países, los grupos de oposición buscaron cada vez más el apoyo dentro de las Fuerzas Armadas para sus revueltas porque reconocieron que sería imposible derrotar a un ejército profesional por sí solos. En Chile, por ejemplo, la oposición parlamentaria solicitó con éxito el apoyo de la Armada cuando se rebeló contra el Gobierno de José M. Balmaceda en 1891. De manera similar, la Unión Cívica Radical reclutó partidarios dentro del Ejército en sus revueltas contra el Gobierno argentino en 1893 y 1905.</p>
<p>Como resultado del fortalecimiento del Ejército, la probabilidad de que un país sudamericano tenga una revuelta externa (es decir, llevada adelante por actores fuera del Estado) en un año determinado disminuyó de 0.37 entre 1830 y 1899 a 0.14 entre 1900 y 1929. Las revueltas externas disminuyeron en gran parte porque los actores no estatales reconocieron que tenían pocas posibilidades de éxito contra los ejércitos profesionalizados. Siempre había sido muy poco probable que los levantamientos populares derrocaran al gobierno en América del Sur y ninguno lo hizo después de 1900, pero también era cada vez menos probable que las insurrecciones de la élite prevalecieran. Entre 1900 y 1929, solo cinco insurrecciones de élite lograron derrocar al Gobierno, mientras que treinta y ocho lo habían hecho entre 1830 y 1899. Además, cuatro de las cinco insurrecciones de élite exitosas entre 1900 y 1929 ocurrieron en los países sudamericanos con los ejércitos más débiles: Bolivia, Ecuador y Paraguay.</p>
<p>En contraste, el fortalecimiento y la profesionalización del Ejército no llevaron a una reducción concomitante en las revueltas internas, como los golpes de Estado, porque tales revueltas seguían siendo relativamente propensas a tener éxito. Hubo aproximadamente seis comienzos de revueltas internas por década entre 1900 y 1929, solo ligeramente menos que un promedio de siete por década entre 1830 y 1899. Muchas de estas revueltas internas tuvieron éxito en tomar el poder, lo que alentó a los oficiales militares a continuar emprendiéndolas. De hecho, los golpes de Estado militares se volvieron más propensos a tener éxito en el siglo XX, presumiblemente porque la profesionalización del Ejército y el debilitamiento de las milicias privadas y regionales fortalecieron la posición del Ejército. Mientras que el 66 por ciento de los principales golpes de Estado tuvieron éxito en derrocar al presidente entre 1830 y 1899, el 81 por ciento lo logró entre 1900 y 1929.</p>
<p>En aquellas naciones con los ejércitos más fuertes, las revueltas externas prácticamente desaparecieron en el siglo XX, aunque las revueltas internas continuaron ocurriendo ocasionalmente. En parte debido a su acumulación militar, Chile no experimentó revueltas externas durante las primeras tres décadas del siglo XX, aunque sí experimentó un par de golpes de Estado militares. Argentina tuvo la mayor cantidad de revueltas de cualquier país sudamericano durante el siglo XIX, pero su enorme acumulación militar durante y después de la guerra de la Triple Alianza desalentó las revueltas en el siglo XX. Solo experimentó una insurrección de élite, la revuelta de 1905 liderada por el partido Unión Cívica Radical, durante las primeras tres décadas del siglo XX, y fue rápidamente sofocada.</p>
<p>No todos los países sudamericanos desarrollaron ejércitos fuertes durante principios del siglo XX. Ecuador y Paraguay, que estaban entre los más pequeños y pobres de los países sudamericanos, tomaron solo medidas escasas para profesionalizar sus ejércitos durante este período. Sus Fuerzas Armadas permanecieron politizadas, fragmentadas, mal entrenadas y equipadas. Como resultado, ambos países continuaron sufriendo numerosas revueltas.</p>
<p>Paraguay sufrió la mayoría de las revueltas, experimentando siete insurrecciones de élites y siete golpes de Estado militares entre 1900 y 1929, varios de los cuales tuvieron éxito. En general, el número de comienzos de revueltas y años de revueltas se triplicó en comparación con el siglo XIX. La explicación de esta reversión es sencilla: el Ejército paraguayo fue destruido en la guerra de la Triple Alianza (1864-1870). Mientras que Paraguay tenía alrededor de 40 000 soldados antes de la guerra y movilizó 70 000 hombres en el punto máximo de las hostilidades, para cuando las fuerzas de ocupación se retiraron en 1876, su Ejército había disminuido a apenas 400 hombres (<xref ref-type="bibr" rid="CIT029">Kallsen, 1983</xref>, p. 33). La conflagración también afectó el territorio y la demografía del país, algunos historiadores estiman que perdió la mitad de su territorio y hasta el 60-70 por ciento de su población, lo que dificultó severamente la capacidad de Paraguay para explotar las antiguamente lucrativas industrias de la yerba mate y la madera (<xref ref-type="bibr" rid="CIT063">Schenoni, 2024</xref>, p. 172). En las décadas siguientes, el país careció de la voluntad y los recursos para reconstruir un ejército severamente fragmentado. Según Harris Gaylord Warren (<xref ref-type="bibr" rid="CIT024">1985</xref>, p. 31), durante este período, «las Fuerzas Armadas de Paraguay apenas eran suficientes para mantener el orden interno». Incluso a fines de la década de 1920, el país aún carecía de algo que se pareciera a un ejército profesional debido a décadas de manipulación política de ascensos y asignaciones. Paraguay no tomó medidas importantes para fortalecer su Ejército hasta mediados de la década de 1920, cuando un creciente conflicto con Bolivia, que finalmente llevó a la guerra del Chaco (1932-1935), llevó al Gobierno paraguayo a comprar armas extranjeras, reorganizar su Estado Mayor y contratar primero una misión militar francesa y luego una misión argentina (<xref ref-type="bibr" rid="CIT030">Lewis, 1993</xref>, pp. 133-142).</p>
<p>Mientras tanto, el Gobierno ecuatoriano redujo considerablemente el tamaño del ejército de 6 000 hombres después de su derrota en la guerra Ecuatoriano-Colombiana (1863) solo en 1930 llegaría a recuperar esos números (<xref ref-type="bibr" rid="CIT025">Henderson, 2008</xref>, p. 85). Sin embargo, un auge del cacao ayudó al Gobierno ecuatoriano a financiar algunos esfuerzos para profesionalizar su ejército a principios del siglo XX. En 1899, Quito contrató una misión militar chilena para entrenar a oficiales ecuatorianos, creó nuevas escuelas militares y comenzó a enviar oficiales a Chile para recibir entrenamiento (<xref ref-type="bibr" rid="CIT006">Arancibia Clavel, 2002</xref>, pp. 190-196). El Ejército ecuatoriano también hizo obligatorio el servicio militar, promulgó nuevas leyes que regían ascensos y salarios y compró equipos militares tanto de Chile como de Francia y Alemania. Sin embargo, las reformas tardaron en dar resultados, y Roberto Arancibia Clavel (<xref ref-type="bibr" rid="CIT006">2002</xref>, p. 267) y Remigio Romero y Cordero (<xref ref-type="bibr" rid="CIT054">1991</xref>, p. 380) sugieren que la influencia a largo plazo de la misión chilena fue relativamente superficial. El Ejército ecuatoriano permaneció altamente politizado y los altos oficiales ecuatorianos continuaron siendo ascendidos, degradados y dados de baja según sus afiliaciones personales y políticas. Además, los presupuestos militares se redujeron significativamente entre 1908 y 1913: el tamaño del ejército permanente se redujo drásticamente y los salarios militares quedaron rezagados con respecto a los de los empleados civiles (<xref ref-type="bibr" rid="CIT052">Rodríguez, 1985</xref>, p. 225). La debilidad del Ejército alentó a la oposición a seguir llevando a cabo rebeliones y algunas de estas revueltas tuvieron éxito. Los rebeldes derrocaron al Gobierno en 1906 y 1911, y casi lo hacen nuevamente en la sangrienta guerra civil de 1911-1912. El Ejército también tuvo muchas dificultades para sofocar una rebelión que arrasó la provincia de Esmeraldas de 1913 a 1916. Recién después de 1916, el Ejército ecuatoriano estableció un cierto monopolio sobre la violencia.</p>
<p>Los otros países sudamericanos cayeron en algún lugar intermedio. Brasil, Bolivia, Colombia, Perú, Uruguay y Venezuela tomaron medidas significativas para expandir y modernizar sus ejércitos, pero más tarde y en menor escala que Argentina y Chile. Sin embargo, con la excepción de Bolivia, sus ejércitos se fortalecieron gradualmente y superaron con creces a los de Ecuador y Paraguay en términos de sus capacidades. Como resultado, estas naciones hicieron al menos algunos progresos en la reducción de las revueltas externas a principios del siglo XX.</p>
</sec>
<sec id="S7">
<title>VII. Una prueba estadística del argumento</title>
<p>En esta sección, proporcionamos una prueba estadística resumida del impacto de la fuerza militar en las revueltas externas utilizando datos de panel de diez países sudamericanos. Estamos interesados en los factores que afectan el número de revueltas externas que cada uno de estos países sufrió en años individuales que van desde 1830 hasta 1929. Siendo esta una variable de conteo, utilizamos una serie de regresiones de Poisson con efectos fijos bidireccionales y errores estándar agrupados, siguiendo un procedimiento establecido.</p>
<p>Dado que estamos particularmente interesados en el impacto que la fuerza militar y la profesionalización tuvieron en las revueltas externas, medimos estos factores de tres maneras diferentes. Primero, utilizamos una variable para el número de personal militar (en miles) del índice de capacidades materiales nacionales del proyecto Correlates of War (<xref ref-type="bibr" rid="CIT065">Singer, 1988</xref>). Segundo, incluimos una medida del número de academias militares en cada país compilada por Nathan Toronto (<xref ref-type="bibr" rid="CIT069">2017</xref>). Tercero, empleamos una variable (v2stcritapparm) del proyecto Variedades de Democracia sobre decisiones de nombramiento en las Fuerzas Armadas (<xref ref-type="bibr" rid="CIT017">Coppedge <italic>et al.</italic>, 2021</xref>). Esta variable va desde 0 (ninguno de los nombramientos se basa en habilidad y mérito) hasta 4 (todos lo son). La cobertura de estas variables es ligeramente más limitada entre 1830 y 1845 para la mayoría de los países, lo que resulta en un panel no balanceado. Sin embargo, excepto Uruguay, todos los países ingresan al panel antes de 1854 y no se eliminan observaciones debido a la deserción después de que un país ingresa a la muestra. Cuando incluimos variables de control, la falta de datos sigue el mismo patrón, pero es muy marginal, lo que nos obliga a eliminar solo quince observaciones tempranas.</p>
<p>Nuestro modelo 1 incluye estas variables militares, utiliza efectos fijos bidireccionales para controlar por factores invariantes en el tiempo y en el país y reporta errores estándar agrupados por país. Sin embargo, según nuestra teoría, estas variables militares están relacionadas con otras variables, como el crecimiento económico y el conflicto internacional, que también pueden afectar la probabilidad de revueltas. Por lo tanto, es clave controlarlos y el modelo 2 hace precisamente esto. Dado que el auge de las exportaciones puede afectar el tamaño y la calidad del Ejército, así como la propensión de los externos a rebelarse, incluimos una variable que mide las exportaciones totales en dólares estadounidenses actuales de Giovanni Federico y Antonio Tena-Junguito (<xref ref-type="bibr" rid="CIT021">2016</xref>). Relacionado con esto, la expansión de ferrocarriles y telégrafos podría haber facilitado tanto el crecimiento económico como el reclutamiento militar y aumentado el alcance de las autoridades estatales, reduciendo las oportunidades de rebelión. Por lo tanto, tenemos en cuenta las millas de vías férreas y líneas telegráficas en cada país (<xref ref-type="bibr" rid="CIT010">Banks y Wilson, 2020</xref>). Para medir el impacto potencial del conflicto internacional, incluimos un recuento anual de los conflictos interestatales militarizados en los que cada Estado estuvo involucrado (<xref ref-type="bibr" rid="CIT044">Palmer <italic>et al.</italic>, 2022</xref>), así como una variable que captura si el país perdió una guerra internacional en los últimos quince años (<xref ref-type="bibr" rid="CIT064">Schenoni <italic>et al.</italic>, 2024</xref></p>
<p>Además, incluimos una serie de controles comunes en la literatura sobre violencia política. Para controlar el efecto de los regímenes híbridos en la violencia política, utilizamos el Índice de Democracia Electoral (v2x_polyarchy) del proyecto Variedades de Democracia y su término al cuadrado (<xref ref-type="bibr" rid="CIT017">Coppedge <italic>et al.</italic>, 2021</xref>). También utilizamos una variable de tasa de urbanización (e_miurbani) y el logaritmo de la población del proyecto Variedades de Democracia (<xref ref-type="bibr" rid="CIT017">Coppedge <italic>et al.</italic>, 2021</xref>), ya que las revueltas externas y muchas de las variables mencionadas anteriormente, como el tamaño militar, presumiblemente se verían afectadas por la modernización socioeconómica y el tamaño de la población. Finalmente, incluimos los años transcurridos desde la independencia y eliminamos los efectos fijos por año en el modelo 3 para probar si las revueltas disminuyeron simplemente como función del tiempo, y usamos el modelo 4 para probar la robustez de nuestros resultados al incluir el PIB per cápita. El PIB per cápita es quizás el predictor más significativo de violencia política en la literatura y, por lo tanto, decidimos incluir una medida en dólares reales de 2011 (cgdppc) de la Base de Datos del Proyecto Maddison (<xref ref-type="bibr" rid="CIT013">Bolt <italic>et al.</italic>, 2018</xref>). Sin embargo, esta variable tiene poca cobertura, por lo que el modelo 4 debe ser interpretado con precaución.</p>
<p>La <xref ref-type="fig" rid="F005">Figura 5</xref> presenta los mismos resultados en <italic>odds ratios</italic>, que son más fáciles de interpretar sustantivamente. Las posibilidades de experimentar una nueva revuelta externa importante en América del Sur disminuyeron en un 30 por ciento con cada aumento adicional de 10 000 soldados en el tamaño del Ejército nacional, así como con cada aumento sustantivo en la meritocracia del Ejército (un punto en la escala V-Dem) y con cada nueva academia militar. Cuando se incluye el PIB per cápita en el análisis, el número de academias militares deja de ser significativo, pero esto podría explicarse por el número reducido de observaciones en este modelo. La mayoría de las otras variables tienen el signo esperado, pero no alcanzan significancia estadística.</p>
<p>En general, este análisis estadístico de los determinantes de las revueltas en América del Sur entre 1830 y 1929 sugiere que el tamaño y la profesionalización militar redujeron la prevalencia de las revueltas externas. Sin embargo, la fuerza militar no tiene un impacto en la probabilidad de revueltas internas como los golpes de Estado. Cuando cambiamos la variable dependiente de revueltas externas importantes a revueltas internas importantes, es decir, golpes de Estado, las variables militares pierden significación estadística en la mayoría de los modelos.</p>
    <fig id="F005">
        <label>Figura 5</label>
        <caption><title>Determinantes de las revueltas externas en América del Sur</title></caption>
        <graphic xmlns:xlink="http://www.w3.org/1999/xlink" xlink:href="fig-7-31961.jpg"/>
        <attrib>Fuente: Madrid y Schenoni (2024).</attrib></fig>
</sec>
<sec id="S8">
<title>VIII. Conclusión</title>
<p>Este documento proporciona el primer análisis sistemático de las causas de la dramática disminución de las revueltas que ocurrieron en América del Sur desde 1830 hasta 1929. En él se demuestra que la expansión y la profesionalización del Ejército redujeron significativamente las revueltas de los externos políticos en la región.</p>
<p>La importancia de esta disminución es clara: redujo enormemente el número de vidas perdidas por la violencia, aportó una mayor estabilidad política a la región y allanó el camino para un largo período de crecimiento económico y construcción estatal (<xref ref-type="bibr" rid="CIT063">Schenoni, 2024</xref>). La profesionalización militar también sentó las bases para la primera ola de democratización en la región al alentar a los partidos de oposición a abandonar la lucha armada y centrarse en la vía electoral para llegar al poder (<xref ref-type="bibr" rid="CIT036">Madrid, 2025</xref></p>
<p>Sorprendentemente, ha habido relativamente poca investigación transnacional sobre las causas de este importante giro histórico o, en ese sentido, sobre otros declives regionales en la violencia política interna. Al proporcionar datos exhaustivos sobre estas rebeliones y un análisis sistemático de sus causas, este artículo busca no solo arrojar luz sobre una coyuntura crítica en el desarrollo político de América Latina, sino también estimular más investigación sobre tales dinámicas regionales.</p>
<p>Los hallazgos de nuestro estudio son consecuentes para la literatura científica sobre conflicto, que permanece en gran medida segmentada en análisis de golpes de Estado, guerras civiles y categorías igualmente rígidas y estrechas. Nuestro análisis histórico sugiere que los científicos políticos podrían considerar las revueltas como una categoría más amplia de violencia política, una que desestima los umbrales de muerte en combate y los objetivos políticos y abarca todos los casos de uso o amenaza de violencia por parte de grupos políticos que desafían la autoridad del Estado. Este artículo aporta a la literatura sobre conflicto cien años de historia en una región equivalente a una parte considerable del sistema internacional en ese momento. Esto constituye una contribución empírica importante al estudio de la violencia política en general.</p>
<p>La vía causal que nuestra teoría plantea (en la que las tensiones internacionales y el auge de exportaciones llevan a la difusión de la fuerza militar en toda la región) también proporciona una explicación convincente para un fenómeno relativamente poco estudiado: la disminución simultánea de la violencia política en toda una región. Esperamos que nuestro enfoque inspire a otros a examinar si patrones similares de conflicto están presentes en otras regiones y períodos de tiempo también. De hecho, el pequeño tamaño y la falta de profesionalización de las Fuerzas Armadas pueden ayudar a explicar por qué los países recién independizados en África y Asia sufrieron numerosas revueltas de actores no estatales después de la independencia en el siglo XX. También puede explicar por qué estas rebeliones disminuyeron abruptamente cuando las presiones geopolíticas obligaron a estos Estados a fortalecer sus Fuerzas Armadas.</p>
</sec>
</body>
    <back>
        <fn-group>
    <title>Notas</title>
    <fn id="fn008" fn-type="other">
        <label>[1]</label> <p>Este artículo fue publicado anteriormente en inglés bajo el título «Reining in Rebellion: The Decline of Political Violence in South America, 1830-1929». <italic>International Security</italic>, <italic>48</italic>(3) (2024), 129-167. Los autores desean agradecer los útiles comentarios de Jennifer Cyr, John Gerring, Wendy Hunter, Gerardo Munck y Kurt Weyland. Matt Martin y otros estudiantes de la Universidad de Texas en Austin brindaron una asistencia crucial para la investigación. Además, los autores quisieran agradecer el trabajo de Paola Galano Toro y Guillermo Kreiman para la expansión de la base de datos hacia el resto de América Latina y el siglo XX.</p></fn>
    <fn id="fn007" fn-type="other">
        <label>[2]</label> <p>Robert L. Scheina (<xref ref-type="bibr" rid="CIT061">2003</xref>) provee la fuente más completa sobre revueltas en la región. Sin embargo, no explica el declive de las revueltas ni proporciona un análisis general.</p></fn>
    <fn id="fn006" fn-type="other">
        <label>[3]</label> <p>Excluimos las décadas anteriores a 1830 para omitir los conflictos asociados con las luchas por la independencia y analizar un período de mayor estabilidad en el conjunto de Estados nacionales. Uruguay se convirtió en un Estado soberano en 1828 y Ecuador y Venezuela lo hicieron en 1830.</p></fn>
    <fn id="fn005" fn-type="other">
        <label>[4]</label> <p>Algunas revueltas tienen múltiples líderes con diferentes antecedentes, pero, al clasificarlas, nos centramos en las características del líder supremo de cada revuelta. Por lo tanto, una revuelta liderada por un miembro de la élite de la oposición se categoriza como una insurrección de la élite, incluso si algunas unidades militares y algunos generales se unieron a la revuelta.</p></fn>
    <fn id="fn004" fn-type="other">
        <label>[5]</label> <p>Nicolás Somma (<xref ref-type="bibr" rid="CIT066">2011</xref>, pp. 1-8) encontró que la mayoría de las insurgencias del siglo XIX en Chile, Colombia, Costa Rica y Uruguay fueron lideradas por élites poderosas. Aunque las insurrecciones de élites prácticamente desaparecieron en América del Sur en el siglo XX, continuaron en partes de África y Asia, por lo que esta categoría podría arrojar luz sobre rebeliones más recientes también.</p></fn>
    <fn id="fn003" fn-type="other">
        <label>[6]</label> <p>En la literatura sobre guerra civil, todas las organizaciones que se enfrentan a las fuerzas militares suelen ser consideradas por defecto como actores no estatales. Consideremos, por ejemplo, un caso bastante común donde un intento fallido de golpe militar conduce a un enfrentamiento prolongado. La literatura sobre guerra civil típicamente clasificaría dicho caso como una guerra civil una vez que el conflicto supera un umbral de muertes en batalla, y los conspiradores serían considerados actores no estatales que se enfrentan a las fuerzas militares. Esto podría llevar a contar una sola rebelión dos veces, primero como un intento de golpe de Estado y luego como una guerra civil. Para nosotros, esto se registraría de manera más adecuada como una rebelión interna llevada a cabo por un actor estatal.</p></fn>
    <fn id="fn002" fn-type="other">
        <label>[7]</label> <p>Edwin Lieuwen (<xref ref-type="bibr" rid="CIT031">1961</xref>, pp. 29-31), por ejemplo, argumenta que el fortalecimiento y la profesionalización del Ejército «hicieron cada vez más difícil lanzar rebeliones sin al menos algún apoyo de las fuerzas armadas regulares de la nación». Mientras tanto, Frank Safford (<xref ref-type="bibr" rid="CIT058">1992</xref>, p. 97) sugiere que «a medida que el comercio y los ingresos del gobierno se expandieron, los gobiernos hispanoamericanos tuvieron cada vez más la fuerza fiscal y, por lo tanto, la fuerza militar para mantenerse a sí mismos». Sin embargo, ninguno de los dos académicos hace de la profesionalización militar o el declive regional de las rebeliones el foco de su análisis.</p></fn>
    <fn id="fn001" fn-type="other">
        <label>[8]</label> <p>En Chile, por ejemplo, el Ejército regular tenía solo 3 000 soldados, mientras que la guardia cívica alcanzaba los 60 000 soldados en la década de 1850, antes de comenzar un declive gradual (<xref ref-type="bibr" rid="CIT077">Wood, 2011</xref>, p. 86).</p></fn>
    <fn id="fn000" fn-type="other">
        <label>[9]</label> <p>Los oficiales fueron enviados a estudiar a Francia a partir de la década de 1840 y una pequeña misión de entrenamiento francesa fue contratada en 1858 (<xref ref-type="bibr" rid="CIT042">Necochea, 1985</xref>, p. 39).</p></fn>
        </fn-group>    
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