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                <journal-title>América Latina Hoy/journal-title</journal-title>
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            <issn pub-type="epub">2340-4396</issn>
            <issn pub-type="ppub">1130-2887</issn>
            <publisher>
                <publisher-name>Ediciones Universidad de Salamanca</publisher-name>
            </publisher>
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            <article-id pub-id-type="publisher-id">10.14201</article-id>
            <article-id pub-id-type="doi">10.14201/alh.25631</article-id>
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                    <subject>Original Articles</subject>
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                <article-title>La lógica internacional de la vía chilena al socialismo, 50 años
                    después</article-title>
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                    <trans-title>The International Logic of the Chilean Road to Socialism, 50 Years
                        Later</trans-title>
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                <contrib contrib-type="author">
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                        <surname>Del Alcázar Garrido</surname>
                        <given-names>Joan</given-names>
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                <institution content-type="original">Universitat de València</institution>
                <institution content-type="orgname">Universidad</institution>
                <country country="SP">España</country>
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            <author-notes>
                <corresp id="cor1">Correo-e: <email xlink:href="jalcazar@uv.es"
                        >jalcazar@uv.es</email> ORCID iD: <ext-link ext-link-type="uri"
                        xlink:href="https://orcid.org/0000-0002-6572-2317"
                        >https://orcid.org/0000-0002-6572-2317</ext-link>
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            </author-notes>
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                <month>08</month>
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            </pub-date>
            <volume>88</volume>
            <fpage>23</fpage>
            <lpage>40</lpage>
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                <copyright-statement>Universidad de Salamanca. Su comercialización está sujeta al
                    permiso del editor</copyright-statement>
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            <abstract id="abs1" abstract-type="summary">
                <title>RESUMEN</title>
                <p>La victoria electoral de la Unidad Popular (UP) chilena en 1970, en un continente
                    hipertensionado desde 1959, propició el intento de abrir una nueva vía al
                    socialismo sin lucha armada, pero acabó con un golpe militar en 1973. Este
                    artículo se propone revisar las diversas lecturas de lo ocurrido bajo la
                    presidencia de S. Allende y explicar cómo el proceso chileno revalorizó
                    internacionalmente el concepto de democracia, dándole un contenido que llega
                    hasta hoy</p>
            </abstract>
            <trans-abstract id="abs2" abstract-type="summary" xml:lang="en">
                <title>ABSTRACT</title>
                <p>The electoral victory of the Chilean Popular Unity (UP) in 1970, in a continent
                    under major tension since 1959, propitiated the attempt to open a new path to
                    socialism without armed struggle, but ended with a military coup in 1973. This
                    article aims to review the various readings of what happened under the
                    presidency of S. Allende and to explain how the Chilean process revalued the
                    concept of democracy internationally, giving it a content that continues to this
                    day</p>
            </trans-abstract>
            <kwd-group>
                <title>Palabras clave</title>
                <kwd> Chile </kwd>
                <kwd> Guerra Fría </kwd>
                <kwd> Cuba </kwd>
                <kwd> democracia </kwd>
                <kwd> eurocomunismo </kwd>
            </kwd-group>
            <kwd-group xml:lang="en">
                <title>Key words</title>
                <kwd> Chile </kwd>
                <kwd> Cold War </kwd>
                <kwd> Cuba </kwd>
                <kwd> Democracy </kwd>
                <kwd> Eurocommunism </kwd>
            </kwd-group>
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    <body>
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            <title>I. introducción</title>
            <p>Cuando Salvador Allende venció en las elecciones presidenciales del 4 de septiembre
                de 1970, hacía poco más de una década que había concluido con éxito la aventura, en
                principio de apariencia nacionalista y romántica, lanzada por Fidel Castro y unas
                decenas de correligionarios en la Sierra Maestra cubana. Pronto, tras su victoria,
                el líder de los barbudos se alió con entusiasmo con la Unión Soviética, para
                sorpresa mayúscula de la Administración Eisenhower. John F. Kennedy, el siguiente
                inquilino de la Casa Blanca, heredó de su predecesor una operación militar
                contrarrevolucionaria, la de Playa Girón o Bahía de Cochinos, que acabó en un
                tremendo fracaso para los invasores. Además, Kennedy fue quien hubo de gestionar
                desde el lado norteamericano el conflicto más grave que vivieron las dos
                superpotencias protagonistas centrales de la Guerra Fría: la Crisis de los Misiles,
                durante trece días del mes de octubre de 1962. Un avión espía estadounidense
                fotografió lo que resultaron ser unas rampas lanzacohetes que los soviéticos estaban
                instalando en territorio cubano.</p>
            <p>Ni antes ni después de aquellas dos semanas estuvo el mundo más cerca de un conflicto
                militar con armamento atómico que hubiera, quizá, acabado con la vida en el planeta.
                A raíz de aquel enfrentamiento que no llegó a consumarse, los norteamericanos se
                prometieron que no habría «más Cubas» en lo que ellos llaman el hemisferio
                americano. Paralelamente, la URSS hizo algo similar poco tiempo después, como
                descubrirían con amarga sorpresa los sandinistas nicaragüenses ante la Guerra de
                Baja Intensidad puesta en marcha por Ronald Reagan.</p>
            <p>Una década antes, a la vista de la situación política que habían apreciado en Chile a
                lo largo de la década de los sesenta, los norteamericanos trataron por todos los
                medios de impedir que Allende se hiciera con la presidencia al frente de la Unidad
                Popular. Fracasaron en su empeño, pero no se conformaron y se dedicaron a hacerle la
                vida imposible al nuevo presidente y a su gobierno. Todavía se recuerda la brutal
                sentencia confesada por Henry Kissinger, secretario de Estado de Richard Nixon, en
                la que anunciaba que su país no iba a permanecer impasible ante la irresponsabilidad
                de quienes habían decidido convertir a Chile en un país comunista. Hemos sabido
                después, gracias al testimonio –a mi juicio poco conocido e insuficientemente
                valorado– de quien fuera en aquel momento embajador de Washington en Santiago,
                Edward Korry, cómo se temía en la Casa Blanca el que pudiera establecerse un eje La
                Habana/Santiago de Chile.</p>
            <p>50 años después de aquella victoria de Allende y los suyos, pasado medio siglo desde
                que se pusiera en marcha un gobierno que pretendía desarrollar la que se llamó vía
                chilena al socialismo, aquel proceso sigue siendo materia de análisis y debates,
                tanto políticos como académicos<xref ref-type="fn" rid="NOTE1"
                ><sup>1</sup></xref>.</p>
            <p>Los promotores de la nueva ruta afirmaban que pretendían realizar los cambios
                estructurales necesarios, pero pacíficos, para establecer un sistema político
                socialista manteniendo un escrupuloso respeto institucional y sin violentar el marco
                constitucional (<xref ref-type="bibr" rid="CIT09">Casals, 2010</xref>; <xref
                    ref-type="bibr" rid="CIT12">Fermandois, 2013</xref>; <xref ref-type="bibr"
                    rid="CIT23">Riquelme, 2015</xref>). Eso decían al menos, aunque no de forma
                unánime; pero sus opositores, quienes no habían votado por Allende (más de un 62 por
                ciento de los electores, no hay que olvidarlo), tenían razones para acrecentar sus
                recelos y sus miedos porque Salvador Allende no se cansaba de repetir que su misión
                era llevar a Chile al lugar al que Fidel Castro había llevado a Cuba, si bien por
                una ruta distinta. Cuando Castro visitó Chile a finales de 1971, en uno de los
                muchísimos actos de masas en los que participó, concretamente en Puerto Montt el 18
                de noviembre, el presidente chileno se dirigía a una multitud entusiasmada y alababa
                «la importancia transcendente de la lucha del pueblo cubano», al tiempo que rendía
                «homenaje a la abnegación revolucionaria de sus conductores». Sin embargo, cuando
                afirmó que «la herencia de Cuba no es realidad de Chile; que nosotros tenemos que
                hacer nuestro propio camino», fue interrumpido por los gritos de una parte de los
                asistentes. Visiblemente molesto, Allende se dirigió al público diciendo:</p>
            <disp-quote>
                <p>La Revolución en Chile no se hace solamente gritando revolución, la revolución se
                    hace conscientemente, con un pueblo organizado que sabe los riesgos que tiene
                    que aceptar [aplausos]. Y, por último, les voy a decir a los compañeritos que
                    gritan revolución, que Fidel Castro no estaría en Chile si aquí no hubiera
                    triunfado un gobierno revolucionario [aplausos]. Fidel Castro no se prestaría
                    para la farsa de venir aquí a visitar un país de oportunistas y a un gobierno
                    claudicante.</p>
            </disp-quote>
            <p>De forma explícita, Allende le concedía a Fidel Castro la facultad de homologar el
                carácter revolucionario de su gobierno, que no simplemente reformista, así como el
                reconocimiento de su capacidad para llevar a Chile a la meta socialista atendiendo,
                eso sí, a las particularidades nacionales chilenas, distintas a las de la Cuba
                anterior a 1956: «Él [Fidel] tiene consciencia y sabe que lo que hacemos nosotros es
                una revolución de acuerdo con nuestra realidad [aplausos] y por eso es que está
                presente el compañero y amigo, jefe de la Revolución cubana».</p>
            <p>Reforzando la idea del incuestionable cariz revolucionario de la experiencia política
                que Chile estaba viviendo, Allende afirmó rotundo: «Yo no soy un presidente más, yo
                soy un presidente del Gobierno Popular, nacional y revolucionario que debe decirles
                que hemos cumplido y que el pueblo está en el gobierno» [aplausos y gritos] (<xref
                    ref-type="bibr" rid="CIT13">Fidel en Chile, 1972</xref>)<xref ref-type="fn"
                    rid="NOTE2"><sup>2</sup></xref>.</p>
            <p>Allende se esforzó siempre para ser considerado un revolucionario y no un reformista
                    (<xref ref-type="bibr" rid="CIT04">Alcàzar y Betancourt, 2015</xref>). De hecho,
                esa es –a mi juicio– la paradoja más destacable del mandatario. Tantos años después
                sigue resultando llamativo que el político chileno mereciera la condición de
                peligroso revolucionario a sus enemigos; de hombre que podía ser el artífice de
                replicar el ejemplo cubano en el Pacífico sur americano; que se le considerara una
                amenaza para la seguridad de los Estados Unidos, en tanto pudiera poner en marcha un
                eje Santiago/La Habana; y todo eso mientras una buena parte de sus compañeros de las
                izquierdas chilenas le negaban sus credenciales como revolucionario canónico. Sin
                duda, una gran paradoja.</p>
            <p>Fidel Castro, el supremo guardián del canon continental, solo reconocería el carácter
                revolucionario de Allende después de muerto. Fidel Castro vino a decir, tal y como
                habló el 28 de septiembre de 1973 en La Habana, en el homenaje al líder chileno, que
                este había comprendido finalmente cuál era la vía correcta; que se había arrepentido
                de haber afirmado que se podía alcanzar el socialismo sin tener que empuñar las
                armas. Conclusión: Allende había muerto como un guerrillero (<xref ref-type="bibr"
                    rid="CIT27">Timosi, 1974</xref>).</p>
            <p>Aquella foto tan escasamente castrense del presidente chileno el 11 de septiembre,
                con el casco y la metralleta entre las manos, junto al relato que Castro hizo en la
                plaza de la Revolución de cómo habían sido sus últimas horas durante el asalto de
                los golpistas a La Moneda, fueron la confirmación de su incorporación al panteón de
                los grandes revolucionarios (<xref ref-type="bibr" rid="CIT04">Alcàzar y Betancourt,
                    2015</xref>).</p>
            <p>Paradojas aparte, no parece exagerado decir que para quienes votaron por Allende se
                trataba de materializar un sueño: «Construir un Chile bien diferente» (como cantaba
                Inti Illimani). Sin embargo, es fácil comprender que, para los otros, y eran muchos,
                con la toma de posesión del nuevo presidente había comenzado una pesadilla.</p>
            <p>Chile había sido considerado «el país de los tres tercios» políticos: un tercio para
                la derecha, otro para el centro y el restante para la izquierda; y así fue hasta
                mediado el período de la Unidad Popular. Sin embargo, desde bastante antes, el mundo
                era muy distinto: era crecientemente bipolar, estaba entre física y virtualmente
                dividido por un Telón de Acero y no admitía grises; era blanco y negro. El planeta
                vivía inmerso en la Guerra Fría, y esa fractura también llegó a Chile (<xref
                    ref-type="bibr" rid="CIT17">Harmer y Riquelme, 2014</xref>). El país se fue
                haciendo cada vez más binario: izquierda contra derecha, comunistas contra
                anticomunistas. En ese punto, los militares estarían del lado de quien tenían que
                estar, como siempre habían hecho, por otra parte.</p>
            <p>Entendemos que hay que prestar mucha atención a cómo era aquella época en la
                geopolítica internacional para comprender qué intentó ser y qué fue el proceso
                político chileno, así como para poder evaluarlo 50 años después.</p>
            <p>Existe literatura a propósito de las coordenadas internacionales del período de la
                Unidad Popular (<xref ref-type="bibr" rid="CIT16">Harmer, 2009</xref>; <xref
                    ref-type="bibr" rid="CIT29">Ulianova, 2000</xref>; <xref ref-type="bibr"
                    rid="CIT24">Santoni, 2014</xref>; <xref ref-type="bibr" rid="CIT17">Harmer y
                    Riquelme, 2014</xref>), pero también contamos con un volumen considerable de
                textos que se han centrado en una visión más de país, más acotada a lo ocurrido
                puertas adentro, en el angosto pasillo que va de la Cordillera al Pacífico, como si
                Chile hubiese vivido, en cierta medida al menos, al margen de una realidad
                internacional; como si hubiera sido una excepcionalidad en el marco geopolítico
                mundial. No obstante, como bien explica Alfredo Riquelme:</p>
            <disp-quote>
                <p>El gobierno de Allende tuvo que enfrentar, incluso antes de su instalación, la
                    hostilidad del gobierno estadounidense que se involucró en una conspiración
                    político-militar dirigida a provocar un golpe de Estado, convencido de que la
                    llegada de la izquierda al poder en Chile implicaba una amenaza a sus intereses
                    estratégicos globales, percibidos a través del prisma de la <italic>Guerra
                        Fría</italic>. Esa hostilidad era compartida por grandes empresas
                    transnacionales y organizaciones financieras globales, las derechas –liberales,
                    conservadoras o fascistizadas– de todas las latitudes, y los grandes partidos
                    democratacristianos de Europa, que compartían ese prisma, pese a la diversidad
                    de sus convicciones e intereses (Riquelme, 2014).</p>
            </disp-quote>
            <p>El proceso chileno, pues, tuvo mucho de excepcional, pero no fue el único en el que
                el corsé impuesto por las superpotencias determinó su evolución y, como en otros
                casos, su abrupto y cruento final.</p>
        </sec>
        <sec id="S2">
            <title>II. Los convulsos años sesenta y sus efectos </title>
            <p>Conviene anotar algunas ideas a propósito de los años precedentes a la elección de
                Allende, y es necesario recordar en primera instancia que la década de los años
                sesenta fue una época de fuerte ideologización, principalmente de una juventud que
                en buena parte del planeta está decidida a cambiar muchas cosas (<xref
                    ref-type="bibr" rid="CIT03">Alcàzar, 2019</xref>).</p>
            <p>Se trata de una época en la que se vive una pugna entre dos modelos de sociedad: la
                que proponen las democracias occidentales, con los Estados Unidos de América al
                frente, y las llamadas democracias populares que abandera la Unión Soviética. Esa
                rivalidad determinará que en Europa occidental la expansión del capitalismo sea
                acompañada de una fuerte presencia del Estado, adjudicando este una enorme
                importancia a las cuestiones sociales. Se trataba de impedir cualquier tipo de
                contagio que pudiera venir de la mano de las organizaciones filocomunistas, para lo
                cual era esencial asumir una buena parte de sus demandas en política económica y
                social.</p>
            <p>Será particularmente la juventud europea la que –en esa nueva realidad abierta tras
                la derrota del fascismo– comience a introducir demandas novedosas en la agenda
                política.</p>
            <p>En Europa esa juventud se moviliza con relativa autonomía a ambos lados del Telón de
                Acero, lógicamente más en el oeste que en el este, pero si París marcará un antes y
                un después en la evolución política de la Europa occidental, en Praga los tanques
                soviéticos dejarán claros los límites de lo que se puede y lo que no se puede hacer
                en los países del llamado socialismo real.</p>
            <p>Se puede concluir que Occidente se adentra en una época de fuerte aceleración de la
                realidad social, política y cultural, y eso se percibirá con claridad tanto en los
                Estados Unidos de América (desde Alabama a California), como en los diversos países
                de América Latina, donde los movimientos sociales adquieren cada vez mayor
                importancia.</p>
            <p>En estos años surgen en los Estados Unidos de América alternativas sociales o
                culturales como los <italic>hippies</italic>, que participan activamente en las
                protestas contra la guerra de Vietnam, y se desatará definitivamente la lucha por
                los derechos civiles de los afroamericanos. Se producirán explosiones de violencia,
                a veces extrema, en las que habrá víctimas mortales, las más de las ocasiones a
                manos de la policía o la Guardia Nacional, pero serán eso mismo, explosiones
                cargadas de rabia e impotencia, más que resultantes de un proyecto de subversión
                mínimamente estructurado. Lo mismo se puede decir del activismo violento de una
                parte de los jóvenes negros, especialmente tras el asesinato de Martin Luther
                King.</p>
            <p>En términos generales, tanto la juventud movilizada contra la Guerra en Indochina
                como la que luchará por los Derechos Civiles de los negros, así como la mayoría de
                los movilizados en Europa, pueden ser considerados pacíficos y muchos de ellos
                pacifistas; es decir, mayoritariamente identificados como no violentos.</p>
            <p>El contraste con lo que ocurrirá en América Latina es fortísimo: aquí serán miles de
                jóvenes los que concluirán que la única salida posible y deseable para sus injustas
                e insolidarias sociedades pasa por organizarse y adiestrarse para la lucha armada,
                para ser miembros activos de una insurgencia guerrillera. Será evidente que esos
                nuevos movimientos revolucionarios estarán marcados por el ejemplo y por el relato
                hegemónico y sin matices que se hace de la Revolución cubana.</p>
            <p>El 68 latinoamericano arrancó con la muerte del Che en el 67 y acabó, si se quiere
                hacer una analogía con la visión eurocéntrica (París-Praga), en el 69 con el
                Rosariazo (3 muertos) y el Cordobazo argentino (más de 30 muertos) en 1969, pasando
                claro por el México de Tlatelolco (en 1968, con más de 300 muertos según una
                valoración conservadora).</p>
            <p>La fortísima represión empujó a miles de jóvenes a la insurgencia armada, y no solo
                en México o Argentina. También en Brasil, Uruguay, Guatemala, El Salvador,
                Nicaragua, Perú o Colombia. La victoria castrista en Cuba hizo pensar a muchos en
                todo el continente que emular a Castro y a Guevara aseguraba el éxito, y hacerlo era
                solo cuestión de atrevimiento y firmeza revolucionaria. Eso afirmaban sin sombra de
                duda, además, los dirigentes cubanos.</p>
            <p>Regis Debray y Ernesto Guevara habían hecho añicos teóricos el viejo dogma leninista,
                y habían sostenido con gran desparpajo que no era necesario esperar a disfrutar de
                condiciones objetivas para poner en marcha la revolución, sino que lo necesario era
                crear una conciencia revolucionaria mediante los incentivos morales ante la
                injusticia social extrema. De ahí la elaboración del foquismo: crear uno, dos,
                «muchos Vietnam» en América Latina, como dijera el Che.</p>
            <p>Para entender, pues, el desarrollo de los procesos políticos y sociales durante la
                segunda mitad de la década de los sesenta es necesario tener en cuenta las grandes
                líneas de lo que ocurre en un mundo dividido en dos bloques antagónicos; un mundo en
                el que, además, se están produciendo las guerras de liberación nacional, desde
                África al Sudeste asiático.</p>
            <p>Ese será el contexto en el que hay que insertar el fenómeno más trascendental de la
                América Latina del período, quizá de todo el siglo XX: la Revolución cubana. Un
                proceso localizado en el Caribe, pero que cabe conectar con la guerra en Indochina y
                con la de Argelia y el Congo en África, y también con las movilizaciones de los
                estudiantes europeos: los jóvenes de París que, recordémoslo, corearán una consigna
                en sus manifestaciones que hará evidente su admiración por dos ídolos indiscutibles:
                ¡¡¡Gue-va-ra / Ho-chi-Min!!!</p>
            <p>Podríamos decir que –a diferencia de lo que ocurrirá en Europa o en los Estados
                Unidos–, la juventud latinoamericana no se contentará con realizar grandes
                manifestaciones o concentraciones de protesta, ni con explosiones más o menos
                potentes de violencia, ni con exigir nuevas reivindicaciones como la libertad
                sexual, el incipiente feminismo o el temprano ecologismo.</p>
            <p>Miles de jóvenes latinoamericanos querrán emular al Che Guevara y desearán ser
                ejemplo del hombre nuevo ajeno a los incentivos materiales; sentirán como una
                realidad insoportable la extrema desigualdad de sus sociedades nacionales, y será
                esa juventud fundamentalmente proveniente de la clase media la que tomará las armas
                para derrotar al capitalismo imperialista y alcanzar el soñado socialismo. Una
                sociedad que imaginaban moralmente superior, en la que el hombre no explotaba al
                hombre y no existía la propiedad privada de los medios de producción (<xref
                    ref-type="bibr" rid="CIT03">Alcàzar, 2019</xref>).</p>
            <p>Es cierto que también en Europa hubo quienes se inclinaron por las armas, por la
                lucha armada, pero entendemos que, a diferencia de lo que ocurrirá en América
                Latina, fueron experiencias muy minoritarias como las de la Fracción del Ejército
                Rojo alemán o las Brigadas Rojas italianas. Hay dos casos que reseñar que, a
                diferencia de los anteriores, tendrán mayor apoyo social en los territorios en los
                que actuaron: uno es el IRA y otro es ETA.</p>
            <p>En el contexto de la Guerra Fría, las distintas insurgencias armadas latinoamericanas
                deberán enfrentarse a una política contrainsurgente propiciada por Washington contra
                lo que llaman el enemigo interior, la consecuencia más evidente de la cual serán las
                dictaduras militares propiciadas por la llamada Doctrina de Seguridad Nacional. Esta
                será el corpus doctrinal que utilizarán las Fuerzas Armadas de los diversos países,
                coordinadas desde 1947 por los Estados Unidos mediante el Tratado Interamericano de
                Asistencia Recíproca (TIAR) y adiestradas desde 1949 en la Escuela de las Américas,
                en Panamá.</p>
            <p>Para poder comprender cabalmente el complejo proceso de estos años, de aquella larga
                y vertiginosa década, tanto en Europa como en América, es necesario aceptar que todo
                parecía posible a los ojos de quienes decidieron apostar por el desafío al orden
                existente (<xref ref-type="bibr" rid="CIT03">Alcàzar, 2019</xref>). El capitalismo,
                el imperialismo podían ser derrotados y ahí estaba Cuba y su revolución para
                demostrarlo.</p>
        </sec>
        <sec id="S3">
            <title>III. La vía chilena en el contexto latinoamericano: Alianza para el Progreso y
                contrainsurgencia</title>
            <p>Los Estados Unidos hicieron, como ya se ha dicho, todo lo que estuvo en su mano para
                evitar que Allende fuera presidente de Chile. No lo consiguieron, pero no por ello
                dejaron de considerarlo un enemigo a batir. Hay bastante literatura sobre los viajes
                de empresarios y de políticos de Santiago a la capital de los Estados Unidos; de los
                encuentros frecuentes y discretos entre civiles y militares chilenos con personal
                adscrito a la embajada norteamericana; sobre los maletines con dinero con el que
                hacer frente a gastos en propaganda negra o para pagar sobornos, o sobre valijas con
                armas con las que luego se cometerían gravísimos delitos (<xref ref-type="bibr"
                    rid="CIT18">Kornblum, 2004</xref>). Pero resultan particularmente impactantes
                las declaraciones que hiciera en su día el exembajador norteamericano en Santiago de
                Chile, Edward Korry (<xref ref-type="bibr" rid="CIT15">Guzmán, 2004</xref>)<xref
                    ref-type="fn" rid="NOTE3"><sup>3</sup></xref>; un testimonio revelador tanto de
                la capacidad de influencia como de la política de confrontación desplegada por la
                Administración de Richard Nixon hacia el gobierno de Salvador Allende.</p>
            <p>Según el antiguo embajador de Washington en Santiago, «Nixon ordenó a la CIA impedir
                que Allende asumiera la presidencia», algo que era conocido. Lo más relevante del
                testimonio de Edward Korry, sin embargo, son las referencias a la figura del
                presidente chileno.</p>
            <p>Ha sido un motivo recurrente de discusión, tanto en el ámbito político y en el
                partidario como en el más estrictamente académico, el carácter reformista o
                revolucionario del presidente chileno. Me parece necesario, en este punto, enfatizar
                una idea sobre la que poco se ha escrito: a los ojos de quien dirigía la legación
                diplomática estadounidense en Santiago, así como para su gobierno, no había lugar a
                dudas respecto a si Allende era un reformista o un revolucionario. El diplomático lo
                veía con claridad:</p>
            <disp-quote>
                <p>Allende había dicho que Estados Unidos era el enemigo número uno, y lo repetía
                    sin cesar. Además, era un gran admirador de Castro, había pasado seis meses en
                    China, extasiándose con el trabajo de Mao, admiraba a Ho Chi Minh en Vietnam y
                    era fan del <italic>Che</italic> Guevara. Sabíamos que, aunque Allende parecía
                    actuar de forma legal y constitucional, el objetivo de su política era eliminar
                    toda influencia de Estados Unidos. Hubiese sido una guerra de clases para acabar
                    con la oposición: la burguesía. Una guerra de clases. Hubiera sido eventualmente
                        <italic>fidelismo sin Fidel</italic> (<xref ref-type="bibr" rid="CIT15"
                        >Guzmán, 2004</xref>).</p>
            </disp-quote>
            <p>Podemos afirmar, pues, que para el embajador Korry Allende era «un comunista más» en
                tanto que un estrecho aliado de Fidel Castro y, por lo tanto, un inequívoco
                colaborador de los soviéticos. Cuando al exembajador se le pregunta si Allende
                merecía la consideración de amenaza para los Estados Unidos, su respuesta no deja
                lugar a dudas:</p>
            <disp-quote>
                <p>Si se considera la creación de un eje Santiago-La Habana en América Latina, en
                    una época en la que las condiciones sociales eran favorables a una revolución
                    que traería desorden y violencia, Estados Unidos podía ver en ello una
                    influencia desestabilizadora de alto riesgo y una extensión de la influencia
                    soviética (<xref ref-type="bibr" rid="CIT15">Guzmán, 2004</xref>).</p>
            </disp-quote>
            <p>En un memorando remitido por Henry Kissinger al presidente Richard Nixon se dice
                que:</p>
            <disp-quote>
                <p>El ejemplo exitoso de un gobierno marxista democráticamente elegido en Chile sin
                    duda tendría un impacto sobre –y un valor de precedente para– otras partes del
                    mundo, especialmente Italia; la capacidad de propagación por imitación de
                    fenómenos similares en otras regiones, a su vez, afectaría significativamente el
                    equilibrio mundial y nuestra posición en él (<xref ref-type="bibr" rid="CIT24"
                        >Santoni, 2014</xref>).</p>
            </disp-quote>
            <p>¿Cómo era aquella época a la que se refiere Korry, aquella en la que «las condiciones
                sociales eran favorables a una revolución» en América Latina? Retrocedamos un poco
                para hacer un breve repaso a las líneas maestras de aquel período convulso (<xref
                    ref-type="bibr" rid="CIT02">Alcàzar y Betancourt, 2015</xref>).</p>
            <p>Kennedy desarrolló una política exterior que mezclaba los viejos y los nuevos
                descriptores de la diplomacia de Washington, cosa que se hizo explícita con la
                aprobación de una iniciativa al amparo de la cual se realizó el intento de invasión
                de Playa Girón: la Alianza para el Progreso. Consistía en un plan para que en una
                década se desplegara en América Latina una política que produjera en esta región
                algo parecido a lo que el Plan Marshall había provocado en la Europa occidental de
                postguerra. Los Estados Unidos decidieron realizar una aportación de mil millones de
                dólares, un dinero que habría de generar una dinámica de revolución pacífica a
                escala continental (<xref ref-type="bibr" rid="CIT19">Nevins et al., 1994</xref>).
                Más allá de lo previsto y deseado, cuando John F. Kennedy murió asesinado en 1963,
                los resultados tangibles de la iniciativa eran francamente decepcionantes.</p>
            <p>En el terreno militar, concretamente en el de la contrainsurgencia, los
                estadounidenses funcionaron mucho mejor. Habían librado guerras poco o nada
                convencionales desde finales del siglo XIX, en Filipinas, o en la década de los
                treinta del siglo XX en Nicaragua. Después, tras la finalización de la II Guerra
                Mundial, durante la presidencia de Truman, actuaron con una estrategia bastante
                rudimentaria que, no obstante, sería efectiva contra las guerrillas comunistas en
                Grecia.</p>
            <p>Más adelante, la Central de Inteligencia Americana, CIA, desarrolló de forma
                creciente actividades paramilitares tanto en el Sudeste asiático y en Oriente
                Próximo como en Europa y América Latina. Corea, por ejemplo, fue una experiencia de
                guerra convencional en la era nuclear. Además, constituyó la primera evidencia de
                que la opinión pública de los Estados Unidos no estaba dispuesta a aceptar largas y
                costosas campañas militares en lugares remotos, especialmente cuando estas arrojaban
                un balance de vidas de jóvenes soldados norteamericanos muertos tan lejos de casa
                    (<xref ref-type="bibr" rid="CIT02">Alcàzar et al., 2003</xref>).</p>
            <p>En una fase posterior, los políticos norteamericanos convinieron en explicar a la
                ciudadanía que las llamadas guerras de liberación nacional en países que eran o
                habían sido colonias no eran sino problemas generados por el espionaje soviético,
                sin otro objetivo que hacer de contrapeso a la superioridad norteamericana en armas
                nucleares. El paso siguiente consistió en variar el enfoque convencional: de la
                guerra tradicional o del conflicto nuclear se pasó a otro definido por formas de
                combate no convencionales.</p>
            <p>Tras las victorias del FLN en Argelia o la derrota francesa en Indochina; tras la
                victoria de Mao y de Fidel Castro; después de cómo estaba evolucionando la situación
                en Vietnam, y de la proliferación de guerrillas en América Latina, los responsables
                de la CIA, del Pentágono y del Departamento de Estado concluyeron que las
                previsiones de un negro futuro exigían cambios significativos en su política
                anticomunista. De aquí vendría la orden presidencial de crear un grupo especial
                contrainsurgente, con distintas funciones y objetivos. Se partía de la convicción de
                que la insurgencia subversiva era la nueva forma de la confrontación Este-Oeste, una
                modalidad de enfrentamiento político y militar tan relevante como pudiera ser
                cualquier experiencia de guerra convencional. Era, pues, necesario asegurarse de que
                esto fuera entendido –y se actuara en consecuencia– por los militares, por los
                aparatos de inteligencia y, en general, por los organismos federales que funcionaban
                fronteras afuera de los Estados Unidos. Habían de desarrollarse programas
                interdepartamentales que previeran y, llegado el caso, neutralizaran cualquier
                amenaza subversiva, directa o indirecta, para su país.</p>
            <p>Una nueva etapa se inició así, la de una potente actividad contrainsurgente en dos
                escenarios posibles. En el primero, los Estados Unidos estaban firmemente decididos
                a apoyar a los gobiernos amigos que hubieran de hacer frente a insurgencias
                guerrilleras en su territorio. Para ello, se implementaron programas de mejora de
                las destrezas tanto militares como policiacas mediante asesoría y entrenamientos
                especializados; al tiempo que se reforzaba a las organizaciones políticas y
                sindicales no comunistas y, en paralelo, se presionaba a los gobiernos amigos a
                introducir reformas sociales y políticas que redujeran el campo de acción de los
                opositores. En el segundo escenario, como se demostraría en Nicaragua, se actuaba a
                la inversa: se trataba de hostigar hasta hacerlos caer a los gobiernos adversos
                mediante desestabilizadoras insurgencias internas (<xref ref-type="bibr" rid="CIT02"
                    >Alcàzar et al., 2003</xref>).</p>
            <p>En cualquier caso, no se descartaba el despliegue de tropas norteamericanas en
                aquellos lugares en los que se dieran altos niveles de insurgencia o, más todavía,
                en aquellos territorios en los que se acreditara el peligro de que los comunistas
                pudieran hacerse con el poder. Los programas de ayuda militar redoblaron su
                importancia, y se insistió en hacerlos lo más profesionales posible. Por lo que
                respecta a la América Latina, se puso mucho énfasis en que los uniformados
                entendieran que su mayor preocupación debía ser la seguridad interna, enfrentando
                las posibles insurgencias, y no la defensa exterior.</p>
            <p>Los militares latinoamericanos tenían que asumir que los golpes de Estado que
                periódicamente protagonizaban para, un cierto tiempo después, devolver el gobierno a
                los civiles constituían un error. Eran ellos los que debían hacerse cargo de forma
                indefinida de las principales funciones de la administración civil. En el conocido
                como Informe Rockefeller, de 1969, se reconocía de forma explícita la idoneidad de
                las dictaduras militares temporales como elemento de seguridad continental.</p>
            <p>El trauma de la opinión pública estadounidense ante lo ocurrido en Vietnam, junto a
                la considerada debilidad política de James Carter ante las amenazas comunistas y lo
                ocurrido en Irán, serán las raíces de los cambios que se producirán en la década de
                los ochenta, durante la presidencia de Ronald Reagan; cambios que cristalizaron en
                una forma novedosa de intervencionismo político y militar de los Estados Unidos: la
                llamada guerra de baja intensidad.</p>
            <p>En la década de los sesenta, como se ha dicho, Cuba se instaló en la órbita soviética
                ante la perplejidad de los analistas y los políticos estadounidenses. El planeta se
                había convertido en un tablero de ajedrez, y tanto el rey negro como el rey blanco
                creían que sus peones estaban seguros y protegidos. Por ello, el rápido movimiento
                del peón cubano resultó tan desconcertante como amenazador. La reacción de
                Washington fue lenta, aunque hay que reconocer que muy probablemente hasta los
                soviéticos se vieron sorprendidos por la audacia de Fidel Castro. En cualquier caso,
                Moscú respondió con mayor eficacia a las necesidades cubanas, y eso que no sería
                hasta 1961 cuando la URSS crearía el Instituto Latinoamericano como sección de la
                Academia de Ciencias, un centro de investigación que tardaría casi una década en
                comenzar a publicar estudios sobre América Latina (<xref ref-type="bibr" rid="CIT31"
                    >Varas, 1993</xref>).</p>
            <p>Por otra parte, aunque Washington decía ver la mano moscovita en cada acontecimiento
                rebelde que sucedía o cada proceso insurgente que se iniciaba al sur de su frontera
                meridional, los soviéticos estaban en otra lógica, cuando menos desde la época
                Brezhnev, desde mediada la década de los sesenta. Su preocupación central era la
                denominada coexistencia pacífica con los norteamericanos. El Partido Comunista
                soviético había establecido en su XXIII congreso de 1966 que la URSS era «partidaria
                consecuente del mantenimiento de relaciones normales y pacíficas con los países
                capitalistas» (<xref ref-type="bibr" rid="CIT31">Varas, 1991</xref>).</p>
            <p>Otra cosa era lo que los cubanos pensaban y no fueron pocas las ocasiones en las que
                los soviéticos tuvieron problemas para controlar lo que consideraban excesos de los
                castristas en su clara vocación de fomentar las insurgencias continentales. Moscú
                rechazaba cualquier iniciativa de dudoso final que distrajera su atención y que
                perjudicara su objetivo central de priorizar su desarrollo económico, siempre
                dependiente en exceso de su abultado presupuesto militar.</p>
            <p>La Conferencia Tricontinental de enero de 1966 y la Conferencia de la Organización
                Latinoamericana de la Solidaridad (OLAS) de 1967, ambas reunidas en La Habana,
                habían concluido con un apoyo explícito a las guerrillas revolucionarias
                continentales, lo que irritó sobremanera a los soviéticos en tanto que ponía en
                cuestión sus mensajes de distensión enviados a Washington.</p>
            <p>La URSS suministró a Cuba doctrina y petróleo, y fue la recepción de esta mercancía
                la que anuló cualquier atisbo de crítica de Castro por la entrada de las tropas del
                Pacto de Varsovia a Checoslovaquia, para abortar la Primavera de Praga: «Aceptamos
                la amarga necesidad que exigía enviar tropas a Checoslovaquia», dirá el Comandante
                en agosto de 1968 (<xref ref-type="bibr" rid="CIT10">Castañeda, 1993</xref>). La
                doctrina soviética de cesar en cualquier apoyo a las insurgencias y de promover la
                unidad de acción de las fuerzas de izquierda, no obstante, no fue atendida por los
                cubanos, y excepto al Che Guevara, que fue abandonado a su suerte en Bolivia, el
                apoyo más o menos efectivo a las insurgencias latinoamericanas se mantuvo mientras
                La Habana pudo.</p>
            <p>Los soviéticos fueron coherentes con sus propias directrices y validaron experiencias
                como la del general peruano Velasco Alvarado, considerándola una alternativa a la
                vía foquista. La victoria de Salvador Allende en Chile, al frente de la coalición de
                Unidad Popular en 1970, se vivió desde Moscú como una clara expresión de lo que el
                PCUS consideraba correcto para América Latina. El terrible y dramático final de la
                experiencia chilena en septiembre de 1973, precisamente por ello, tendrá importantes
                efectos en la política moscovita para la región (<xref ref-type="bibr" rid="CIT29"
                    >Ulianova, 2000</xref>).</p>
            <p>La muerte de Allende durante el golpe militar comandado por Augusto Pinochet hizo
                entrar en crisis la estrategia soviética, hasta el punto de que quebró la globalidad
                que históricamente había definido su postura política hacia Latinoamérica. Durante
                el resto de la década de los setenta, además, el triunfo del FSLN en Nicaragua y la
                guerra total en El Salvador, precisamente dos procesos en los que los comunistas de
                esos países eran simplemente marginales, fueron un golpe duro a la política de
                Moscú. La globalidad y la simetría tradicional se tornó heterogeneidad y
                contradicción.</p>
        </sec>
        <sec id="S4">
            <title>IV. 50 años después de aquella victoria</title>
            <p>Creemos que hay que abrir mucho la lente para enfrentar una evaluación de lo que fue
                el proceso chileno de aquellos primeros años setenta. Entendemos que una de las
                líneas de análisis ha de pasar, necesariamente, por integrar la <italic>vía chilena
                    al socialismo</italic> en un marco internacional amplio. Eso nos permitirá
                comprender mejor aquel extraordinario proceso.</p>
            <p>Medio siglo después del inicio de aquel desafío político y social que conectó a Chile
                con los sueños de las izquierdas políticas del mundo, creemos que podemos hacer dos
                cosas: profundizar en el conocimiento del proceso insistiendo en algunas preguntas
                importantes y, en segundo lugar, dibujar un mapa de los efectos que aquella
                experiencia ha generado durante estos 50 años, especialmente entre aquellos que
                sienten la izquierda política como su tierra natal, por decirlo a la manera de
                Burguière (<xref ref-type="bibr" rid="CIT08">2017</xref>).</p>
            <p>El escenario que se abría ante Salvador Allende y el gobierno de la Unidad Popular
                era de extrema dificultad: el planeta estaba quebrado en dos por la Guerra Fría
                entre las superpotencias, algo que era particularmente explícito en América Latina.
                El líder chileno solo había conseguido el voto de poco más de un tercio del
                electorado y hubo de hacer frente a potentes ataques desde dentro y desde fuera del
                país. Por si eso fuera poco, el presidente Allende chocó desde muy pronto con
                importantes desavenencias, tanto tácticas como estratégicas, entre los mismos
                partidos que constituían la Unidad Popular.</p>
            <p>Allende afirmaba sin disimulo alguno que su objetivo era que Chile alcanzara el punto
                en el que se encontraba Cuba, que en el país andino se alcanzara a establecer un
                régimen socialista a imagen y semejanza del que comandaba Fidel Castro. Advertía,
                eso sí, que el destino del viaje era el mismo, si bien la ruta era distinta. Hay que
                añadir, claro, que, por razones completamente diferentes, ni sus oponentes ni buena
                parte de sus aliados se creían ese discurso, lo que redundó en que la polarización
                política interna fue creciendo cada vez más.</p>
            <p>Fronteras afuera de Chile, desde los Estados Unidos al Vaticano, se hizo lo posible y
                lo imposible por hacer naufragar el proyecto de Allende y su Unidad Popular.
                Especialmente, después de la larga y sorprendente visita que en noviembre de 1971
                hizo a Chile Fidel Castro.</p>
            <p>Es en ese escenario en el que nos hacemos un par de preguntas que consideramos
                relevantes. ¿Por qué Allende se adentró en una opción revolucionaria que desafiaba
                el orden internacional posterior a Yalta y lo hizo sin apoyo efectivo exterior
                alguno, con la oposición de dos tercios del electorado y con una evidente fractura
                interna de sus partidarios? Tras el éxito de los <italic>Rangers</italic> bolivianos
                que acabaron con el mítico Che apenas con un batallón de hombres; después de que el
                propio Allende intervino para conseguir rescatar a los tres supervivientes de la
                columna de Guevara que no habían sido eliminados; después de lo ocurrido en
                Guatemala, en la República Dominicana, en Playa Girón o con la Crisis de los
                Misiles, ¿qué respuestas podían esperarse de la Administración Nixon?</p>
            <p>Creo que debemos recurrir a la vigencia de una concepción de la democracia
                completamente instrumental, propia de aquella época y ajena a la actual. Se había
                conseguido la victoria en unas elecciones, limpiamente, aunque de forma muy
                ajustada, y eso «había dado el gobierno al pueblo», por lo que, a partir de ese
                momento, la democracia burguesa decaía y comenzaba a funcionar la auténtica
                democracia, la popular.</p>
            <p>En verdad, la izquierda política concibió la ruta chilena mucho más como un elemento
                de retórica, como un eslogan movilizador, que como una aplicación del camino
                democrático hacia el socialismo. La cultura política convencional de la izquierda de
                aquella época, no solo la chilena, no permitía pensar que la democracia era o podía
                ser &quot;el camino&quot; del socialismo (<xref ref-type="bibr" rid="CIT01">Aggio,
                    2021</xref>). La posición mayoritaria de la izquierda política pivotaba en torno
                a la oposición clásica entre democracia &quot;formal&quot; y democracia
                &quot;real&quot;, como una de las contradicciones esenciales entre capitalismo y
                democracia. La adopción de formas democráticas de gobierno solo podía ser un
                objetivo táctico para la clase obrera, necesario para facilitar la formación de un
                movimiento revolucionario, que no era sino un estadio a superar en la marcha hacia
                el socialismo (<xref ref-type="bibr" rid="CIT07">Barros, 1987</xref>).</p>
            <p>Fidel Castro había expuesto su posición muy claramente en la visita de 1971 a
                Chile:</p>
            <disp-quote>
                <p>En nuestro país las decisiones fundamentales no se discuten en un Parlamento.
                    ¡No! Pero se discuten en los centros de trabajo, se discuten en las
                    organizaciones de masas [aplausos] […] Ya en nuestro país cualquier ley
                    importante que tiene que ver con los intereses fundamentales del pueblo la
                    discuten millones de personas […] Díganme ahora que el parlamentarismo burgués
                    es más democrático que eso, díganme [aplausos] […] El pueblo no necesita quienes
                    lo representen, porque el pueblo se representa a sí mismo [aplausos]. El pueblo
                    no necesita quienes tomen decisiones por él. El pueblo toma decisiones por sí
                    mismo. (<xref ref-type="bibr" rid="CIT13">Fidel en Chile, 1972</xref>).</p>
            </disp-quote>
            <p>La democracia, esa democracia de la que hablaba Fidel Castro, pues, era cosa del
                pueblo; y quien no fuera o no quisiera ser «pueblo»… ¿no cabía en la democracia?
                ¿Qué lugar se le asignaba en el nuevo escenario político? La respuesta del líder
                cubano es conocida: quien no estaba con «la revolución» era fascista y había que
                neutralizarlo. Código binario.</p>
            <p>Salvador Allende no advertía ninguna contradicción entre su defensa cerrada de la
                democracia y el sistema cubano al que proponía como modelo a seguir. Decía que era
                posible llegar al socialismo sin necesidad de violencia armada, sino mediante un
                proceso cabalmente democrático que se sustanciara en las urnas:</p>
            <disp-quote>
                <p>Nosotros vamos a hacer una democracia auténtica, porque va a participar el pueblo
                    y no una minoría como hasta ahora. Ahora, cuando un pueblo tiene conciencia de
                    las metas que debe alcanzar ese pueblo es capaz de sacrificios […] El pueblo va
                    a responder, ese es el gran aval que tengo yo: la entereza, el patriotismo y la
                    moral del pueblo chileno (<xref ref-type="bibr" rid="CIT20">Olivares,
                        1971</xref>).</p>
            </disp-quote>
            <p>Es el propio Salvador Allende quien, al hablar de «democracia auténtica», confirma la
                línea que separa la democracia real que proponía de la democracia formal, también
                apellidada burguesa o parlamentaria. Con esa convicción murió. Pocas semanas antes
                del golpe militar de Pinochet, en agosto de 1973, en uno de sus últimos discursos,
                Allende perseveraba en esa idea:</p>
            <disp-quote>
                <p>Con tranquilidad de conciencia y midiendo mis responsabilidades ante las
                    generaciones presentes y futuras, sostengo que nunca antes ha habido en Chile un
                    gobierno más democrático que el que me honro en presidir, que haya hecho más por
                    defender la independencia económica y política del país, por la liberación
                    social de los trabajadores (<xref ref-type="bibr" rid="CIT02">Alcàzar y Rodrigo,
                        2013</xref>).</p>
            </disp-quote>
            <p>Tampoco la derecha era particularmente firme en su concepción de la democracia y
                también tenía una visión instrumental de esa forma de organizar la vida política. No
                se podían cuestionar las vigas maestras del modelo de sociedad con el que se
                identificaba: ni los grandes valores morales y religiosos; ni la concepción del
                auténtico patriotismo, ni, bajo ningún concepto, la propiedad privada. Si esa
                arquitectura era amenazada, el recurso a la fuerza era la respuesta inmediata. El
                ateísmo, el materialismo y la socialización de la propiedad había que combatirlos a
                como diera lugar.</p>
            <p>El 11 de septiembre de 1973, el ejército –con el apoyo de esa derecha– salió a las
                calles y la fuerza aérea bombardeó sin piedad el Palacio de La Moneda, sede de la
                presidencia. Una Junta de Gobierno Militar tomó el poder, con Pinochet como
                presidente de la misma, y desató una cruenta y cruel represión contra los
                partidarios de Allende y la Unidad Popular. Se había instaurado en Chile una de las
                llamadas dictaduras de Seguridad Nacional, como otras en América Latina. Todas ellas
                arrancaban desde una convicción, la de la existencia de un enemigo interior («los
                comunistas», una etiqueta que se utilizaba sin ninguna preocupación por la precisión
                analítica), un enemigo tan peligroso como taimado, sin bandera ni uniforme
                identificativos, al que había que combatir; al que era necesario detectar y
                neutralizar a cualquier precio.</p>
        </sec>
        <sec id="S5">
            <title>V. El reflejo internacional de la derrota de Allende y la Unidad Popular</title>
            <p>Por lo que hace a la izquierda, no solo Allende suscribía aquella concepción de la
                democracia, de la auténtica, la popular. Era, como ya se ha dicho, una visión muy
                extendida en la izquierda política internacional del siglo XX.</p>
            <p>Un pequeño ejemplo. En España, el impacto de las noticias de Chile fue tremendo. El
                número 573 de la revista <italic>Triunfo</italic>, que salió a la calle el 22 de
                septiembre, once días después del golpe, presentaba una angustiosa portada negra con
                cinco grandes letras blancas: CHILE. El ejemplar recogía, entre otros, un artículo
                de Eduardo Haro Tecglen (curiosamente titulado «Fascismo en Chile», en sintonía con
                la tesis binaria de Fidel Castro), amargo y triste, en el que se deslizaba una sutil
                crítica a Salvador Allende, aduciendo que el error del presidente chileno había sido
                el mantener contra toda razón un inexplicable apego a la legalidad burguesa. Según
                Haro Tecglen, la legalidad no era sino el conjunto de normas que se daba la clase
                dominante para impedir los cambios estructurales y perpetuarse en el poder, por lo
                que cuando se producía un cambio de la clase dominante había de producirse un cambio
                de la legalidad. Allende debería haber utilizado, según el periodista, «la legalidad
                del cambio de legalidad», sintonizando así con su propio partido y, especialmente,
                con las tesis de su correligionario Altamirano. El artículo finalizaba insinuando
                que, quizá, el fracaso del doctor Allende estaba implícito en su propia doctrina
                    (<xref ref-type="bibr" rid="CIT02">Alcàzar, 2009</xref>).</p>
            <p>Lo que había ocurrido en Chile, el proceso en sí mismo y también su dramático y
                sangriento final, tuvo consecuencias políticas en el ámbito internacional, muy en
                particular por lo que respecta a la izquierda política y partidaria. Los análisis
                que se hicieron de lo que unos llamaron fracaso y otros llamaron derrota de la
                Unidad Popular fueron variados. El análisis más simple por acrítico fue el que se
                emitió desde Cuba. El más profundo e innovador fue el de los comunistas
                italianos.</p>
            <p>La lectura cubana fue oficializada por Fidel Castro en el acto del 28 de septiembre
                en la plaza de la Revolución ante la viuda y las hijas de Allende. Castro ya había
                sentenciado en 1967, en la reunión de la Organización Latinoamericana de Solidaridad
                (OLAS) celebrada en La Habana, que mentían quienes afirmaban que la revolución se
                podía hacer por la vía pacífica. Una acusación que debemos entender como una
                enmienda a la totalidad a la que sería la tesis central de la vía chilena al
                socialismo de Allende y la UP.</p>
            <p>Seis años después del encuentro de la OLAS, en aquel homenaje, Castro presentó su
                cinematográfica narración de la muerte de Allende. Lo que el Comandante vino a decir
                fue que Allende se había redimido en sus últimas horas, metralleta en mano. Que
                finalmente había salido de su error de creer que era posible alcanzar el socialismo
                sin la lucha armada, contrariamente al canon que Castro había establecido desde los
                años sesenta; y se había redimido de su inmenso error con la heroica defensa de La
                Moneda durante la terrible jornada del 11 de septiembre de 1973.</p>
            <p>El alcance y la violencia del golpe militar chileno fue para la Unión Soviética una
                sorpresa de grandes dimensiones que no solo obligó al Kremlin a una reflexión
                doctrinal sobre las luchas de liberación en América Latina, sino que le provocó
                grandes quebraderos de cabeza tanto con los que pronto serían llamados
                eurocomunistas como con los maoístas, con los cubanos y, en general, con sus amigos
                y simpatizantes de todo el llamado Tercer Mundo.</p>
            <p>En la que puede considerarse la primera reacción soviética, <italic>Pravda</italic>
                publicó el 14 de septiembre que el golpe había sido obra de los círculos
                reaccionarios de Chile y de fuerzas extranjeras imperialistas (sin identificarlas).
                La URSS rompió relaciones diplomáticas con el gobierno militar, se esforzó en
                mantener relaciones formales con el Partido Comunista de Chile (PCCh), el Partido
                Socialista de Chile (PSCh) y el Movimiento de Acción Popular Unitaria (MAPU) y,
                además, junto con sus aliados europeos y con Cuba recibieron a miles de exiliados
                chilenos.</p>
            <p>El problema más peliagudo para Moscú, sin embargo, fue el doctrinal, y es que el
                debate que se abrió en la izquierda de orientación comunista fue de grandes
                dimensiones. El PCUS debía, para no defraudar a sus partidarios repartidos por el
                mundo, encontrar un espacio propio, valedor como era del avance pacífico emprendido
                por frentes populares en el Tercer Mundo, ante la posición pro lucha armada de los
                cubanos y la crítica de los comunistas chinos al burocratismo soviético en general
                y, en este caso, al parlamentarismo de Allende.</p>
            <p>Sería ya en 1974 cuando los analistas soviéticos adoptasen una posición nítidamente
                perfilada. La conclusión a la que llegaron afirmaba que el fracaso de Allende no
                negaba la validez de la vía pacífica al socialismo. Para Boris Ponomariov,
                responsable del posicionamiento soviético, los hechos de Chile –primer ejemplo de
                «desarrollo revolucionario pacífico»– eran muy interesantes «para el
                marxismo-leninismo desde la perspectiva del perfeccionamiento de la estrategia y las
                tácticas revolucionarias» (<xref ref-type="bibr" rid="CIT28">Turrent, 1984</xref>).
                La experiencia chilena había demostrado –según el analista soviético– que un bloque
                de izquierdas liderado por la clase obrera y con una orientación marxista-leninista
                podía llegar al poder en un país capitalista sin violentar el ordenamiento
                constitucional. Ahora bien, lo que desde el PCUS se cuestionaba era el concepto de
                «vía pacífica» aplicado por Allende. Los analistas soviéticos concluyeron que era
                imperativo preparar tácticas ofensivas dentro del camino pacífico, de forma que, si
                fuera necesario, pudiera recurrirse a la violencia para defender los avances
                revolucionarios (<xref ref-type="bibr" rid="CIT28">Turrent, 1984</xref>). Por lo que
                hace a la situación de Chile tras el golpe militar, tanto los soviéticos como otros
                dirigentes de los países del bloque oriental no dudaron en calificarlo de
                fascista:</p>
            <disp-quote>
                <p>En las múltiples reuniones mantenidas por los dirigentes del Partido Comunista de
                    Chile el concepto central para referirse a la situación chilena es el de
                    ‘fascismo’. El concepto es usado por Ponomariov, Honecker y Zhivkov. Los
                    chilenos agradecen el discurso de Brezhnev en Sofía en septiembre de 1973,
                    cuando por primera vez se da esta característica al golpe chileno (<xref
                        ref-type="bibr" rid="CIT30">Ulianova, 2014</xref>).</p>
            </disp-quote>
            <p>Por lo que respecta a los comunistas italianos, el proceso chileno fue analizado por
                su secretario general, Enrico Berlinguer, en varios artículos que aparecieron en la
                revista ideológica oficial del Partido Comunista Italiano (PCI),
                    <italic>Rinascita</italic>, bajo un título genérico: «Reflexiones sobre Italia
                tras los hechos de Chile». De estos textos nacerán dos líneas de trabajo político
                que cambiarán la realidad de la izquierda partidaria europea: el <italic>Compromesso
                    Storico</italic>, en el que se abogaba por estrechar la relación entre el PCI y
                la Democracia Cristiana, y lo que poco después se llamaría eurocomunismo.</p>
            <p>Las dos propuestas arrancaban de una nueva interpretación del concepto de democracia,
                novedosa para la izquierda política en general y para la europea en particular. Una
                izquierda partidaria que siempre había desconfiado de aquella etiqueta política a la
                que siempre apellidaba con intención peyorativa: parlamentaria, liberal, burguesa,
                etc.</p>
            <p>La lectura que los comunistas italianos hicieron del proceso chileno que había
                desembocado en el golpe de la Junta Militar encabezada por Pinochet, transmitida a
                través de la prensa partidaria y de los numerosos actos de apoyo a los exiliados
                chilenos recibidos en Italia, enfatizaba los errores que habían conducido al golpe y
                las prioridades de la lucha contra la Junta Militar. El eje vertebrador del discurso
                desde el PCI fue siempre, de manera prácticamente exclusiva, la defensa firme del
                consenso político y partidario que consolidara los avances políticos y sociales
                promovidos por los comunistas. Se conectaba así con la tesis de Enrico Berlinguer de
                proponer el <italic>Compromesso Storico</italic> mediante el diálogo con la
                Democracia Cristiana (<xref ref-type="bibr" rid="CIT24">Santoni, 2014</xref>).</p>
            <p>En estos primeros años setenta, el objetivo perseguido era, debía ser, fortalecer al
                máximo el llamado Estado del bienestar, trabajosamente construido en la Europa
                occidental tras la II Guerra Mundial, que había establecido un novedoso escenario de
                progreso económico y social para los trabajadores y las clases populares.</p>
            <p>Visto el proceso chileno, los comunistas del PCI se convencieron de la necesidad de
                ir más allá de las débiles y vulnerables mayorías parlamentarias para ampliar los
                consensos que fortalecieran el edificio de la institucionalidad democrática con el
                objetivo de, mediante lo que llamaron un «reformismo fuerte», cerrarle el paso a las
                fuerzas políticas reaccionarias y autoritarias.</p>
            <p>Estos importantes cambios se extendieron hacia el sur de Europa, y en 1975 el PCI y
                su homólogo español, el PCE, declararon conjuntamente que la construcción del
                socialismo debía hacerse en paz y en libertad. Menos de dos años después, el
                eurocomunismo fue presentado en Madrid por los secretarios generales de los tres
                partidos comunistas más importantes de Europa: el PCF de Georges Marchais, el PCE de
                Santiago Carrillo y el PCI de Enrico Berlinguer.</p>
            <p>Cuatro décadas y media después, es cierto que ni el <italic>Compromesso
                    Storico</italic> ni el eurocomunismo han respondido a las expectativas que
                generaron, pero eso no ha tenido ninguna relación con Chile. No obstante, tanto la
                novedosa concepción de la democracia como la imperiosa necesidad de que las
                izquierdas construyan mayorías amplias de forma estratégica, parece evidente que sí
                son dos consecuencias de la lectura europea de aquel proceso político dirigido por
                Salvador Allende, al frente de la coalición de la Unidad Popular chilena.</p>
        </sec>
        <sec id="S6">
            <title>VI. Conclusiones</title>
            <p>Medio siglo después de la llegada de Salvador Allende al Palacio de La Moneda, al
                frente de la coalición de Unidad Popular, conviene recordar la tensión entre
                reformismo y revolución que ha caracterizado la historia reciente no solo de Chile,
                sino de América Latina. En el trienio 1970-1973 esa tensión dio lugar a lo que llamo
                «la paradoja de Allende», esto es: que el mandatario chileno era un simple
                reformista para una buena porción de sus votantes y un peligroso revolucionario para
                todos y cada uno de sus enemigos. Es por ello que en el texto se ha hecho especial
                referencia a la consideración que, sobre el particular, aportó Edward Korry, quien
                fuera embajador de Washington en Santiago. Un testimonio –muy poco trabajado– en el
                que el representante de la Administración Nixon confirma cuánto temían la Casa
                Blanca y el Departamento de Estado un posible eje La Habana-Santiago que reforzara
                la influencia soviética en América Latina.</p>
            <p>La llamada vía chilena al socialismo, vista desde nuestro presente, solo se puede
                entender –claro– en su contexto: el determinado por la Guerra Fría, global y también
                interamericana. Además, hay que añadir la poca consistencia efectiva del concepto de
                democracia en aquella época; y, finalmente, por la oposición entre «democracia
                formal» y «democracia real» que era propia de la izquierda política
                internacional.</p>
            <p>Chile, «el país de los tres tercios» [políticos], se contagió de un mundo que era
                crecientemente binario: el Este contra Occidente, comunistas [o asimilados] contra
                anticomunistas de estricta obediencia. Mucho se había ensalzado el supuesto
                constitucionalismo radical de los militares chilenos, que hasta Allende se
                felicitaba por ello. No obstante, desde antes de 1973, la inmensa mayoría de las
                Fuerzas Armadas del país tenían muy claro de qué lado estaban en el cada vez más
                polarizado enfrentamiento interno. El 11 de septiembre simplemente materializaron su
                adscripción al bloque anti-Allende y anti Unidad Popular. Y lo hicieron con los
                tanques en las calles, bombardeando desde el aire el Palacio de La Moneda e
                implantando una represión inmisericorde contra sus enemigos.</p>
            <p>Son explícitas, por otra parte, las diferencias de la respuesta de la juventud
                latinoamericana durante la década de los sesenta y los setenta respecto a la de su
                homóloga europea y norteamericana. Pacíficas y mayoritariamente pacifistas las
                segundas, la primera se decantó mayoritariamente por la lucha armada, influida por
                el canónico modelo cubano. En el caso chileno, que había sido la excepción hasta
                1973, a pesar de la presencia del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), la
                aparición del Frente Patriótico Manuel Rodríguez (FPMR) a mediados de los años
                ochenta cambió el escenario. Fue cuando el PCCh decidió que «todas las formas de
                lucha» [incluida la armada] era legítimas contra la dictadura de Pinochet. Una
                prueba de esa tensión entre reforma y revolución de la que hablábamos más arriba y,
                también, de la persistencia del llamado «modelo cubano».</p>
            <p>Sin embargo, de los análisis de lo que había ocurrido en Chile el más innovador y el
                de mayor calado fue el que se realizó en Italia, desde las filas del PCI y de la
                mano de su secretario general, Enrico Berlinguer. Se puede decir que fue entonces
                cuando el proceso chileno cambió la perspectiva de la izquierda política
                internacional en torno a la concepción de la democracia, hasta el punto de que es el
                hegemónico actualmente.</p>
            <p>La democracia era (es, desde entonces) para la izquierda europea el sistema político
                idóneo para avanzar y consolidar el progreso económico y social de los sectores
                populares. Ese «reformismo fuerte» propuesto desde el PCI era [es, desde entonces]
                la mejor política para hacer frente a las fuerzas políticas reaccionarias y
                autoritarias. En América Latina, no obstante, las izquierdas todavía se debaten en
                buena medida en otra lógica y esa es una línea en la que conviene seguir
                investigando.</p>
        </sec>
    </body>
    <back>
        <title>Notas</title>
        <fn-group>
            <fn id="NOTE1">
                <p>Sirva como ejemplo el celebrado en la Universidad de Santiago de Chile (USACH),
                    organizado por su Departamento de Historia, entre los días 9 y 10 de septiembre
                    de 2020, bajo el título «50 años de la Unidad Popular», un seminario
                    internacional en el que tuve la oportunidad de presentar una de las
                    ponencias.</p>
            </fn>
            <fn id="NOTE2">
                <p>Todas las citas referidas a la visita del comandante cubano a Chile proceden del
                    texto <italic>Fidel en Chile</italic> (1972).</p>
            </fn>
            <fn id="NOTE3">
                <p>Edward M. Korry ocupó el puesto de embajador de EE. UU. en Chile de 1967 a 1971.
                    Durante años fue sospechoso, erróneamente, de colaborar con los militares para
                    evitar que un marxista se convirtiera en presidente de Chile. El diario
                        <italic>El País</italic>, con motivo de su fallecimiento, en 2003, explicó
                    el resultado de la investigación del Senado norteamericano a propósito del papel
                    jugado por el embajador en la conspiración de la CIA para derrocar a Allende
                    (The New York Times, 2003).</p>
            </fn>
        </fn-group>
        <ref-list>
            <title>VII. BIBLIOGRAFÍA</title>
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